MIS BLOGS EN INTERNET
septiembre 23, 2007 a las 5:24 pm | Escrito en Uncategorized | Deja un comentarioPULSA SOBRE LA IMAGEN ANTERIOR
LISTA DE
MIS BLOGS
¡ATENCIÓN!
Haz una pausa y entra en este blog del Dpto. de Lengua. Pulsa esta imagen:
1. CURSO 2011-2012
Normas de funcionamiento 2º de ESO.
Autocontrol de trabajo de curso
Autocontrol de ortografía
Actividades de clase por internet:
-Primer trimestre: corrección de errores
> 1 a 25
> 26 a 49
> 50 a 100
-Segundo trimestre: chistes lingüísticos
-Tercer trimestre:
Calendario del curso 2011-12:
2. ENJAULA2
EL PERIÓDICO DEL INSTI
NUESTO BLOG: http://enjaula2.wordpress.com/
NUESTRO CORREO: enjaula2@gmail.com
NÚMERO 1. Mayo 2010
NÚMERO 2. Junio 2010
NÚMERO 3. Diciembre 2010
NÚMERO 4. Mayo 2011

3. GRUPOS
Puntuaciones de grupos de 3º de ESO.

Puntuaciones de grupos de 2º de ESO.
Normas y puntuaciones de grupos.

4. Concursos
EL BUSCALIBROS 2012
Maratón de lectura 2011-2012. ESO.
Concurso de preguntas. Tercer trimestre
LAS PONGO AQUÍ DIRECTAMENTE PARA LOS QUE TIENEN ALGÚN PROBLEMA PARA VERLAS
Concurso de preguntas. Segundo trimestre
Concurso de preguntas. Tercer trimestre
Interconocidos
Escondite (2º de ESO.)


5. LECTURAS VOLUNTARIAS
Blog con las fichas de libros realizadas por alumnos
Ficha de lectura voluntaria
Lista de libros para lectura voluntaria, por niveles
Tu lectura voluntaria en video por internet

6. EXPOSICIONES ORALES

¿QUÉ ES Y CÓMO SE HACE UNA EXPOSICIÓN ORAL?
¿CÓMO SE HACE UNA EXPOSICIÓN ORAL? con ejemplos
PRESENTAMOS UN LIBRO
Normas y ejemplos de cómo presentar un libro en clase. Sólo hay que cambiar un detalle: el argumento debemos resumirlo completo, hasta el final.
CASI SESENTA POEMAS
RELATOS PARA LA SEGUNDA EXPOSICIÓN. 2º DE ESO.:
- DEL 1 AL 19 Y NORMAS
- DEL 20 AL 39
TEMBIÉN LOS TENÉIS AL FINAL DE ESTA MISMA PÁGINA, TRAS LA IMAGEN DEL INSTITUTO.
7. LENGUA
Y
LITERATURA:

Repaso y refuerzo de Lengua, para 2º de ESO.
Repaso y refuerzo de Lengua, para 3º de ESO.
Repaso y refuerzo de Lengua, Literatura y Ortografía
Comunicación
Repaso de morfología
Repaso de sintaxis
y
Oraciones simples resueltas
Otra buena página de sintaxis
Ordena y entiende
Lexicosemántica
Lenguas y dialectos
Literatura española
Métrica española
La acentuación
La conjugación verbal
Ortografia
Reglas de ortografía y mucho más
Puntuación
Ejercicios variados
Tipos de texto: narración, exposición…
Textos periodísticos
El diálogo
La ficha
Lengua y procesador de textos
Las figuras literarias
Chistes lingüísticos
Diccionario cordobés
Conjugación verbal


8. ERRORES
Y DUDAS DE EXPRESIÓN:
¿”Ha” o “a”? y otras formas de “haber”
EL aguA frescA y LA frescA aguA
¿Fue o fué?
Corrige errores
¿La Coruña o A Coruña?
“Detrás de mí”, no “detrás mía”
Otras dudas lingüísticas
Corrige errores lingüísticos 1 a 25
Corrige errores lingüísticos 26 a 49
Corrige errores lingüísticos 50 a 100

9. BUSCAS:
CASOS POLICIACOS
Las vacaciones del joven Fernan. 2011-12. 2º trimestre
·2011-12: El Piola y el Jaiba, y el comisario Fernan
·Trimestre 1, 2011: El castillo del terror y otros casos policiacos
·Trimestre 2, 2011:El hombre lobo y otros
·Trimestre 3, 2011: Las joyas robadas y otros casos policiacos
· Casos policiacos 1 (1 a 20)
· Casos policiacos 2 (21 a 40)
· Casos policiacos 3 (41 a 60)
BUSCAS DEL TESORO
2010-11. BUSCA 1: El collar del dragón
2010-11. BUSCA 2: Trescientos
2010-11. BUSCA 3: El Cid Campeador
El primer tesoro de Córdoba
El segundo tesoro de Córdoba
El tercer tesoro de Córdoba
CIBERLABERINTOS
Dicciolaberinto
Ciberlaberinto 1
Ciberlaberinto 2
Ciberlaberinto 3 (27 de abril de 2011)
Ciberlaberinto 4
Ciberlaberinto 5 (20-10-2011)
Ciberlaberinto 6 (enero-2012)
OTRAS BUSCAS
· Los “irregulares” de Baker Street
· Busca alrededor del mundo
·Pon nombre a estos personajes literarios
·Viaje en el tiempo
· Buscapuntos
·Minibusca
·Trivialmas
·¿Quién soy?
·Palabras ocultas
· Únete al detective
· Personaje misterioso
Salva a las morsas


10. PÁGINAS INTERESANTES
·Una curiosa página con anagramas, crucigramas, insultos…
·Muchísimas actividades de lengua y literatura

11. JUEGOS
Crisis de familia (Y OTROS JUEGOS DE INGENIO)
¿Jugamos a analizar sintácticamente? 1
¿Jugamos a analizar sintácticamente?2
Etapas de la Literatura española (esquemático)
Buscar el sujeto de la oración
Aventura en la jungla
12. VARIOS
·Anacronismos
·Apadrinamos
·”Farsa y justicia del corregidor”.
Pulsad sobre la imagen siguiente:
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39 RELATOS PARA LA SEGUNDA EXPOSICIÓN ORAL:
PUNTOS QUE HAY QUE TRATAR EN LA SEGUNDA EXPOSICIÓN ORAL (el orden puede cambiar, y se puede añadir algún punto más, si el alumno lo considera necesario)
1. Presentación muy breve del autor y del relato.
2. Narrador: ¿Cómo es, de qué tipo? El escritor inventa o recrea una historia, pero el que la cuenta es el narrador. De él, tanto para entender una narración como para construirla nosotros mismos, hemos de conocer entre otros, los siguientes aspectos:
a. El narrador puede ser interno, es decir, estar dentro de la historia, como un personaje que vive los hechos y los cuenta en primera persona; o puede ser externo si se sitúa fuera del relato, como observador o testigo, y los narra en 3º persona.
b. El narrador puede ser omnisciente, lo sabe todo sobre sus personajes; o puede ser no omnisciente cuando relata solo lo que observa desde fuera, lo que los personajes dan a entender con sus hechos o dichos, con sus reacciones.
3. Argumento: Los hechos que se narran, ¿qué nos cuentan? Y aquí hacemos un breve resumen, organizado, del argumento completo, fijándonos sólo en las acciones principales.
4. Indicamos el tema, es decir, qué nos quiere decir el autor con esa historia. Siempre comenzaremos a decir el tema continuando las palabras: “El autor nos quiere decir que…”
5. Subtemas: Otros temas secundarios que aparecen en el relato.
6. Espacio donde se desarrollan los hechos y que puede ser determinado o indeterminado, es decir, claramente especificado o no. Indicaremos dónde sucede la acción, si son espacios reales o imaginarios…
7. Tiempo durante el cual se desarrollan los hechos. La época, al igual que el espacio, puede ser determinada o indeterminada.
8. Recursos literarios empleados, con ejemplos
9. Conclusiones y opinión personal
Y recordad: hay que justificar las opiniones con frases literales del texto que permitan asegurar que lo que decís es cierto cuando analizáis el narrador, tiempo, espacio, recursos literarios…
RELATO 1.
ADIÓS, ABUELO
Edmundo de Amicis
En la mañana de un día lluvioso de marzo, un chico vestido de aldeano, calado hasta los huesos y lleno de barro, se presentó en la portería del Hospital de los Peregrinos, con un fajo de ropa bajo el brazo, para preguntar por su abuelo. Llevaba una carta en la mano. Tenía una agraciada cara ovalada de color moreno pálido, ojos pensativos y gruesos labios entreabiertos, que permitían ver sus blanquísimos dientes. Provenía de un pueblecito de las cercanías de la ciudad. Su abuelo había salido de casa hacía un año para ir a Francia en busca de trabajo, y había vuelto, pero había enfermado repentinamente y había escrito a su familia anunciándoles su regreso y su entrada en el hospital. Su hija, que tenía una niña enferma y un bebé, no había podido viajar para atenderlo, por lo que mandó a su hijo mayor. El muchacho tuvo que recorrer diez leguas caminando, para socorrer a su abuelo.
El portero, después de dar una ojeada a la carta, llamó a un enfermero y le dijo que llevase al muchacho donde estaba su abuelo.
—¿Cómo se llama tu abuelo? —le preguntó el enfermero
El chico, temblando ante el temor de recibir una mala noticia, le dijo el nombre.
El enfermero no se acordaba de él.
—¿Es un viejo trabajador que ha llegado del extranjero? —preguntó el enfermero
— Trabajador, sí — respondió el muchacho—. Y sí, ha venido del extranjero.
— ¿Cuándo entró en el hospital?
El muchacho leyó una vez más la carta.
—Creo que hace cinco días.
El enfermero se quedó algo pensativo; luego recordó de pronto:
—¡Ah!, ya recuerdo. Es uno que está en la sala cuarta, en la cama del fondo.
—¿Está muy enfermo? ¿Cómo se encuentra? — preguntó el chico con ansiedad.
El enfermero lo miró sin responder. Luego dijo:
—Sígueme.
Al final de la sala cuarta, en una amplia habitación con varias camas a derecha e izquierda que olía a medicamentos y vigilados por Hermanitas de la Caridad, había una cortinilla que el enfermero separó y le dijo:
—Ahí tienes a tu abuelo.
El chico rompió a llorar y, dejando caer el envoltorio que llevaba, reclinó su cabeza sobre el hombro del enfermo, y le cogió una mano. El enfermo no se movió. El muchacho lloró más fuerte y el enfermo le dirigió entonces una larga mirada y pareció reconocerlo. Pero sus labios no se movían. Pobre abuelo, ¡qué cambiado estaba! Su nieto no le habría reconocido. Había encanecido, tenía la cara hinchada y enrojecida, con la piel tersa y reluciente, los ojos empequeñecidos, los labios abultados, toda la fisonomía alterada; tan solo conservaba iguales la frente y el arco de las cejas. Respiraba con dificultad.
—¡Abuelo, Abuelo! ¡Soy yo! ¿Es que no me conoces? Soy Cecilio, tu nieto Cecilio; he venido desde el pueblo por encargo de mamá. Fíjate en mí ¿No me reconoces? Dime una sola palabra.
Pero el enfermo cerró los ojos.
—¡Abuelo, abuelo! Soy yo, tu nieto Cecilio.
El hombre siguió respirando con dificultad sin hacer mucho caso a las palabras del muchacho.
Llorando a lágrima viva, el muchacho cogió una silla y se sentó a su lado, esperando sin apartar la vista de su cara. “Cuando venga un médico, me dirá lo que tiene”, y se sumergió en sus tristes pensamientos, recordando muchas cosas de su buen abuelo: el día de su partida, cuando le había dado su último adiós, la esperanza que la familia había puesto en aquel trabajo lejano que el abuelo había encontrado. La desolación de su madre al recibir la carta. Pensó en la muerte. Así permaneció durante mucho tiempo. Una suave mano le tocó en el hombro, y él se estremeció. Era una monja
—¿Qué tiene mi abuelo?
—¡Ah! ¿Es tu abuelo?
—Sí, es mi abuelo. Acabo de llegar. ¿Qué tiene?
—El médico te lo dirá —le respondió la hermana. Y se alejó sin decir nada más.
Al cabo de media hora entró el médico, acompañado por un practicante, una monja y un enfermero. Empezaron la visita, deteniéndose en cada cama. Cuando el médico llegó el chico volvió a llorar. El médico lo miró.
—Es el nieto del enfermo —dijo la hermanita— ha llegado esta mañana de su pueblo.
— Tiene una erisipela facial— dijo el médico—. Es cosa de cuidado, pero todavía hay esperanzas. No lo dejes solo. Tu presencia puede ser beneficiosa.
—¡No me ha conocido! —exclamó el chico con desolación.
—Te reconocerá…mañana. ¡Quién sabe! Confiemos que todo vaya bien. ¡Valor, hijo!
Cecilio hubiera querido preguntarle más, pero no se atrevió, y se quedó haciendo de enfermero de su abuelo: le arreglaba la ropa de la cama, le cogía la mano, lo atendía si lo oía gemir y le daba de comer pacientemente con una cucharilla o le llevaba el vaso a los labios. El enfermo lo miraba alguna que otra vez, pero no daba muestras de reconocerlo. Aunque su mirada se paraba en su cara, sobre todo cuando lo veía llorar. Por la noche el chico durmió sobre dos sillas.
Al día siguiente le pareció al nieto que el enfermo lo reconocía y le empezó a hablar cariñosamente, y le pareció que movió los labios como para decirle algo.
En los días siguientes el médico observó cierta mejoría. Al muchacho le pareció que le sonreía y él empezó a hablarle de su madre, de su padre, de sus hermanitas, de la vuelta a casa, y le daba ánimos empleando las palabras más cariñosas y alegres que se le ocurrían. Y, aunque no sabía si el abuelo lo entendía le pareció que al enfermo le agradaba escucharlo. Así pasaron el segundo, el tercero y el cuarto día, en los que se alternaban ligeras mejorías e imprevistos empeoramientos. Estaba tan ensimismado con los cuidados al abuelo que apenas comía un poco de pan y queso que le llevaban las hermanitas. Él permanecía sin moverse del lecho de su abuelo, atento, anhelante, sobresaltándose a cada suspiro y mirada y con el alma en un hilo entre una esperanza que le ensanchaba el pecho y un desaliento que le helaba la sangre de las venas.
Al quinto día el enfermo se puso repentinamente peor. El médico movió la cabeza cuando el chico le preguntó por el estado del enfermo, como queriendo decir que estaba llegando a su final, por lo que el muchacho se derrumbó en una silla y se puso a llorar. Sentía cierto consuelo al pensar que el abuelo lo iba reconociendo poco a poco. Cada vez lo miraba con una expresión más dulce, sólo quería tomar las medicinas que le daba Cecilio y cada vez se esforzaba más intentando decir algunas palabras.
—¡Ánimo, abuelo, te pondrás bien! Volveremos a casa con mamá. ¡Ten valor!
A las cuatro de la tarde oyó a su espalda una fuerte voz que dijo:
—Hasta luego, hermana.
Saltó de su silla, lanzando una exclamación que se le ahogó en su garganta. Miró hacia la puerta y vio entrar en la sala un hombre con un gran envoltorio en la mano, seguido de una hermana. El chico dio un grito y se quedó clavado en el sitio.
El hombre lo miró un instante y gritó a su vez:
— ¡Cecilio!- y corrió hacia él.
El muchacho cayó en los brazos de su abuelo como sin sentido. Las religiosas, el enfermero y el practicante acudieron apresuradamente y se quedaron estupefactos. El chico no podía recobrar la voz.
—¡Mi niño! —exclamó el abuelo, y sin dejar de besar al muchacho—. Cecilio, mi querido nieto. Pero ¿Qué ha sucedido? Te llevaron a la cama de otro enfermo. Yo estaba desesperado, porque tu madre me había escrito diciendo que venías. ¡Pobrecito Cecilio! ¿Cuántos días llevas aquí? Yo me he curado en poco tiempo y estoy perfectamente. Ya me han dado el alta y me marcho. ¡Vámonos, hijo! ¡Santo Dios! ¡Quién lo hubiera dicho!
—¡Qué contento estoy, abuelo! ¡Qué días tan malos he pasado!— decía mientras besaba a su abuelo.
Sin embargo no se movía.
—Venga, vámonos ¿Qué haces aquí? Aún podemos llegar esta tarde a casa.
El chico volvió la mirada hacia el enfermo. Y entonces le salieron del fondo de su alma un montón de palabras:
—Abuelo, espera… Mira, no puedo irme. Fíjate en este viejo al que he confundido contigo. Llevo aquí varios días cuidándolo y no deja de mirarme. Yo creía que eras tú y le he tomado cariño. Me mira y yo le doy de beber. Quiere que esté a su lado y ahora está muy malo; me da mucha lástima; mañana iré yo a casa; déjame estar aquí algo más, no debo abandonarlo. No sé quién es, pero me quiere y se moriría si me fuera. ¡Déjame estar aquí, abuelo!
El abuelo se quedó perplejo mirando a su nieto; luego se fijó en el enfermo
—¿Quién es? —preguntó
—Un campesino como usted, que vino del extranjero adonde había emigrado buscando trabajo y que ingresó en el hospital el mismo día que usted. Lo trajeron sin sentido y no pudo decir nada. Tal vez esté lejos su familia, quizá tenga hijos y nietos. Creerá que este es uno de ellos.
El enfermo no cesaba de mirar al muchacho, hasta que el abuelo dijo
—Quédate, Cecilio. Tienes buen corazón. Yo me voy enseguida para casa, pues tu madre debe estar muy intranquila. Toma dinero para tus gastos. Ven pronto. ¡Adiós!
Lo abrazó, lo miró fijamente con inmensa ternura, le dio un beso en la frente y se fue.
El niño volvió junto a la cama del enfermo que pareció sentirse consolado.
Cecilio lo cuidó como había hecho hasta entonces: le volvió a dar de beber, a arreglarse la ropa, a acariciarle la mano, a hablarle dulcemente para darle ánimos. Lo asistió durante aquella tarde y por la noche, y también al día siguiente. Pero el enfermo se iba agravando por momentos. En la visita de la tarde, el médico le dijo que no pasaría de aquella noche.
Aquella noche permaneció el chico en vela hasta que vio amanecer y apareció la hermana quien al aproximarse al lecho y ver al enfermo fue en busca del médico, pues comprendió que estaba en sus últimos momentos. El chico tomó la mano del enfermo, quien abrió los ojos, miró al muchacho y los volvió a cerrar. A Cecilio le pareció que le apretaba la mano.
—¡Me ha apretado la mano! —dijo
El médico lo separó de la cama del enfermo.
Una monita le trajo un ramo de violetas.
—Toma —le dijo—, es lo único que tengo. Llévatelo de viaje y se lo das a tu madre. Es para agradecerte lo bien que te has portado con este pobre anciano.
—Gracias, madre. Pero voy muy lejos y se me estropearían por el camino. Déjeselas a él… Es lo último que podemos hacer por él
La monjita lo cogió de la mano y lo llevó hasta la puerta. Él se volvió hacia la cama en la que había pasado aquellos días y dijo:
—¡Adiós… adiós, pobre abuelo!
Dicho lo cual salió a paso lento de la sala.
Comenzaba a despuntar el día.
Versión libre del cuento “El Enfermero del Tata”, en Corazón, de Edmundo de Amicis.
RELATO 2.
DOBLE PISTA
Agatha Christie
—Por encima de todo que no haya publicidad —dijo el señor Marcus Hardman por decimocuarta vez.
La palabra «publicidad» salió durante su conversación con la regularidad de un leimotif. El señor Hardman era un hombre bajo, regordete, con manos cuidadas con exquisitez y quejumbrosa voz de tenor. El hombre gozaba de cierta celebridad, y la vida ociosa de la sociedad opulenta constituía su profesión. Rico, aunque no un creso, gastaba celosamente su dinero en los placeres que proporcionan las reuniones sociales. Tenía alma de coleccionista y su pasión eran los encajes, abanicos y joyas, cuanto más antiguos mejor. Para el señor Marcus lo moderno carecía de valor.
Poirot y yo acudimos a su cita y lo hallamos debatiéndose en una agonía de indecisión. Debido a las circunstancias, llamar a la policía le resultaba incómodo. Por otra parte, no llamarla era aceptar la pérdida de unas gemas de su colección. Poirot fue la solución.
—Mis rubíes, monsieur Poirot y el collar de esmeraldas, que pertenecieron a Catalina de Médicis. ¡Sobre todo el collar de esmeraldas!
—¿Y si me explicase las circunstancias de su desaparición? —sugirió Poirot.
—Intento hacerlo. Ayer por la tarde di un pequeño té íntimo a media docena de personas. Era el segundo de la temporada y, si bien no debería decirlo, constituyó todo un éxito. Buena música… Nacoa, el pianista, y Katherine Bird, contralto australiana. »Bueno, a primeras horas de la tarde, enseñé a mis invitados la colección de joyas medievales, que guardo en una pequeña caja de caudales, dispuesta a modo de estuche forrado de terciopelo de color. Esto hace que las piedras luzcan más. Después contemplamos los abanicos ordenados en una vitrina. Y, a continuación, pasamos al estudio para oír música.
»Cuando todos se hubieron marchado, descubrí la caja vacía. Debí cerrarla mal y alguno aprovechó la oportunidad para llevarse su contenido. ¡Los rubíes, monsieur Poirot, el collar de esmeraldas… la colección de toda una vida! ¿Qué no daría por recuperarla? Sin embargo, ha de ser sin publicidad. ¿Entiende eso bien, monsieur Poirot? Son mis invitados, mis propios amigos. ¡Sería un escándalo!
—¿Quién fue el último en salir de esta habitación para ir al estudio?
—El señor Johnston. ¿Lo conoce? El millonario sudafricano. Vive en Abbotbury, en Park Lane. Se rezagó unos minutos, lo recuerdo. Pero, ¡seguro que no es él!
—¿Alguno de sus invitados regresó más tarde con algún pretexto?
—Esperaba esta pregunta, monsieur Poirot. Sí, tres de ellos: la condesa Vera Rossakoff, el señor Bernard Parker y lady Runcorn.
—Bien, cuente algo sobre ellos.
—La condesa Rossakoff es una rusa encantadora, miembro del antiguo régimen. Hace poco que vive en este país. Se había despedido de mí y, por lo tanto, me sorprendió encontrarla en esta habitación, aparentemente mirando hechizada mi vitrina de abanicos. ¿Sabe una cosa, señor Poirot? Cuanto más pienso en ello, más sospechoso me parece. ¿Usted qué dice a eso?
—Sí, es muy sospechosa; pero hábleme de los otros.
—Parker vino a recoger una caja de miniaturas que yo deseaba mostrar a lady Runcorn.
—¿Y lady Runcorn?
—Lady Runcorn es una señora de mediana edad que invierte la mayor parte de su tiempo en asuntos de caridad. Ella regresó a recoger su bolso que se había dejado en alguna parte.
—Bien, monsieur. Así, pues, tenemos cuatro posibles sospechosos. La condesa rusa, la gran dame inglesa, el millonario sudafricano y el señor Bernard Parker. ¿Qué es el señor Parker?
La pregunta pareció aturdir al señor Hardman.
—Es… un joven… bueno, un joven que conozco.
—Eso ya me lo imagino —replicó Poirot—. ¿A qué se dedica?
—Verá… frecuenta los casinos… claro que no navega muy bien, ¿me comprende?
—¿Puedo preguntar cómo se hizo amigo suyo?
—Pues… en una o dos ocasiones ha realizado pequeños encargos míos.
—Continúe, monsieur.
Hardman lo miró lastimeramente. Desde luego, lo último que deseaba era continuar. No obstante, el inexorable silencio de Poirot le hizo hablar.
—Verá… monsieur; usted ya conoce mi interés por las joyas antiguas. A veces surgen herencias familiares…, en fin, son joyas que nunca se venderían en el mercado o a través de un profesional. Ahora bien, esas familias se avienen cuando saben que son para mí. Parker arregla los detalles, sirve de puente y evita situaciones embarazosas. Por ejemplo, la condesa Rossakoff ha traído algunas joyas de Rusia y quiere venderlas. Parker es el encargado de tramitar los detalles de la operación.
—Comprendo —dijo Poirot pensativo—. ¿Y usted confía plenamente en él?
—No tengo motivos para otra cosa.
—Señor Hardman, de estas cuatro personas, ¿de cuál sospecha usted?
—¡Monsieur Poirot, qué pregunta! Son mis amigos. En realidad no sospecho de ninguno en particular, y, a la vez, sospecho de todos.
—No estoy de acuerdo. Usted piensa en uno de los cuatro. No en la condesa Rossakoff, ni en el señor Parker. Luego ha de ser lady Runcorn o el señor Johnston.
—Me acorrala, monsieur Poirot. Quiero que, sobre todo, se evite el escándalo. Lady Runcorn pertenece a una de las más antiguas familias de Inglaterra, pero, desgraciadamente, una tía suya, lady Carolina, padecía de… de una grave afección de cleptomanía. Claro que todos sus amigos lo sabían y nadie la censuró jamás. Su doncella devolvía las cucharillas, o lo que fuera, lo antes posible. ¿Me comprende?
—Sí. La tía de lady Runcorn era cleptómana. Muy interesante. Bien, ¿me permite que examine la caja de caudales?
Poco después Poirot abría la caja para examinar su interior. Los estantes forrados de terciopelo nos miraron con sus vacías cuencas.
—La puerta no cierra bien —murmuró Poirot, moviéndola de un lado a otro—. ¿Por qué? ¡Caramba! ¿Qué tenemos aquí? ¡Un guante cogido del gozne! Un guante de hombre.
Lo tendió al señor Hardman.
—No es mío.
—¡Aja! ¡Algo más! —Poirot extrajo un pequeño objeto del fondo de la caja. Era una cigarrera plana, hecha de moaré negro.
—¡Mi cigarrera! —gritó el señor Hardman.
—¿Suya? No, señor. Éstas no son sus iniciales.
Le enseñó dos letras de platino entrelazadas. Hardman la cogió.
—Tiene usted razón. Es muy parecida a la mía, pero las iniciales son distintas. Una «P» y una «B». ¡Cielos! ¡Es de Parker!
—Un joven muy descuidado, especialmente si el guante es suyo también —dijo Poirot—. Una doble pista. ¿No le parece?
—¡Bernard Parker! —murmuró Hardman—. ¡Qué alivio! Bien, monsieur Poirot, espero que recupere las joyas. Recurra a la policía si lo considera necesario. Claro, siempre que esté seguro de su culpabilidad.
—¿Ve, amigo mío? —me dijo Poirot mientras salíamos de la casa—. Hardman mide con una vara a los nobles y con otra a los plebeyos. Yo aún no he sido agraciado con un título, por lo tanto estoy en el bando de los últimos. Eso hace que me sienta inclinado favorablemente hacia el joven Parker. Cuando Hardman sospecha de lady Runcorn, de la condesa y de Johnston, resulta que hay pruebas contrarias a nuestro hombre.
—Y usted, ¿por qué sospecha de los otros dos?
—Pardieu! Es muy fácil ser condesa rusa exiliada y millonario sudafricano. Cualquier mujer puede llamarse a sí misma condesa y nada prohíbe que un hombre adquiera una casa en Park Lane y se diga millonario sudafricano. ¿Quién va a contradecirles? Estamos en la calle Bury. Nuestro descuidado joven vive aquí. Como se suele decir, golpeemos el hierro caliente.
Parker estaba en casa. Lo encontramos reclinado sobre almohadones, con un llamativo batín púrpura y naranja. Raras veces he sentido tan desagradable impresión como la experimentada al ver a este joven de rostro blanco, afeminado y de lenguaje pomposo.
—Buenos días, monsieur —dijo Poirot—. Vengo de casa del señor Hardman. Ayer, durante la fiesta, alguien robó todas sus joyas. Dígame, ¿este guante es suyo?
Los reflejos del joven, parecían embotados. Necesitó demasiado tiempo para estudiarlo, como si tratase de ganar minutos para así ordenar sus ideas. Al fin preguntó:
—¿Dónde lo encontró?
—¿Es suyo, monsieur?
El señor Parker se decidió:
—No, no lo es.
—¿Y esta cigarrera es suya?
—Tampoco. Siempre llevo una de plata.
—Muy bien, monsieur. Pondré el asunto en manos de la policía.
—¡Yo no haría eso si fuese usted! —gritó Parker—. ¡Recurrir a una gente tan antipática! Espere un poco. Iré a ver al viejo Hardman.
Seguí a Poirot, que se marchó sin hacerle caso.
—Le hemos dado algo en qué pensar —se rió—. Mañana sabremos lo ocurrido.
Sin embargo, el destino se empeñó en recordar el asunto Hardman aquella tarde. Sin previa advertencia, la puerta se abrió para dar paso a un torbellino de forma de mujer que vino a romper nuestra intimidad. La condesa Vera Rossakoff tenía una personalidad turbadora.
—¿Es usted monsieur Poirot? ¿Cómo se atreve a culpar a ese pobre muchacho? ¡Es una infamia! Ese joven es un polluelo, un cordero. ¡Jamás robaría! No pienso permitir que sea martirizado.
—Dígame, madame, ¿esta cigarrera es de él? —Poirot le enseñó la cigarrera de moaré negro.
La condesa empleó un momento en inspeccionarla.
—Sí, es suya. La conozco muy bien. ¿Y qué? ¿La encontró en casa del señor Hardman? Debió de perderla allí. Ustedes, los policías, son peores que la guardia roja.
—¿Es suyo este guante?
—¿Cómo voy a saberlo? Un guante se parece mucho a otro. Eso no justifica que se le prive de libertad. Tienen que aclarar su inocencia. ¿Lo hará usted? Venderé mis joyas y le pagaré bien por ello.
—Madame…
—¿De acuerdo, pues? No, no discuta. ¡Pobre muchacho! Vino a mí con lágrimas en los ojos. «Yo le salvaré —le dije—. ¡Iré a ver a ese hombre, a ese ogro, a ese monstruo!» Ahora ya está resuelto. Me voy.
Con la misma ceremonia que había entrado, desapareció de la estancia, dejando un intenso perfume de naturaleza exótica tras sí.
—¡Vaya mujer! —exclamé—. ¡Y qué pieles lleva!
—Sí, son auténticas. Una condesa falsificada no llevaría pieles auténticas. Hastings, realmente es rusa. Bien, bien, ahora resulta que nuestro joven fue sangrando a ella.
—La cigarrera es de él. Me gustaría saber si también lo es el guante.
Con una sonrisa Poirot se sacó del bolsillo un segundo guante y lo colocó junto al primero. Obviamente, se trataba del mismo par de guantes.
—¿Dónde lo consiguió, Poirot?
—Estaba con un bastón sobre la mesa del vestíbulo en la calle Bury. De veras, monsieur Parker es un joven muy descuidado. Bien, bien, mon ami. Sólo para cubrir el expediente haremos una visita a Park Lane.
Acompañé a mi amigo. Johnston no estaba, pero sí su secretario particular. Éste nos dijo que Johnston hacía poco que había regresado de Sudáfrica. En realidad nunca estuvo antes en Inglaterra.
—¿Le interesan las piedras preciosas? —preguntó Poirot.
—Las minas de oro, en todo caso, señores —se rió el secretario.
Poirot salió de la entrevista pensativo. Aquella noche lo encontré estudiando una gramática rusa.
—¡Cielos, Poirot! ¿Aprende ruso para conversar con la condesa en su propio idioma?
—Ciertamente no escucharía mi inglés, amigo mío.
—Los rusos de buena cuna hablan francés —dije yo.
—Es usted una mina de información, Hastings. Bien, renunciaré a los laberintos del alfabeto ruso.
Tiró el libro con gesto dramático. A mí no me satisfizo su modo de obrar, si bien advertí su peculiar parpadeo, signo inequívoco de que se hallaba satisfecho consigo mismo.
—¿Duda de que realmente sea rusa? ¿Piensa comprobarlo? —pregunté.
—Sé que es rusa.
—¿Cómo lo sabe?
—Si quiere distinguirlo personalmente, Hastings, le recomiendo Los primeros pasos de ruso; es una ayuda valiosísima.
Luego se rio y ya no dijo nada más. Recogí el libro del suelo y me puse a curiosearlo, pero fui incapaz de sacar algo en claro.
En la siguiente mañana no hubo noticias nuevas. Esto no pareció preocupar a mi amigo. A la hora del desayuno me anunció su propósito de visitar al señor Hardman. Lo encontramos en su casa con aspecto más tranquilo que el día anterior.
—Bien, monsieur Poirot, ¿hay noticias? —preguntó ansioso.
Poirot le tendió una hoja de papel.
—Aquí tiene escrito el nombre de la persona que robó las joyas. ¿Pongo el asunto en manos de la policía? ¿O prefiere usted que recupere las joyas sin que intervengan los estamentos oficiales?
El señor Hardman miraba el papel. Al fin dijo:
—¡Sorprendente! Prefiero soslayar un posible escándalo. Le concedo carta blanca, monsieur Poirot. Estoy seguro de que será discreto.
Un taxi nos condujo al hotel Carlton, donde Poirot se hizo anunciar a la condesa Rossakoff. Minutos después nos hallábamos en sus dependencias. La condesa salió a nuestro encuentro con las manos extendidas, envuelta en un bello conjunto de dibujos primitivos.
—¡Monsieur Poirot! —exclamó—. ¿Lo ha conseguido? ¿Está ya libre de acusación el pobre infante?
—Madame la comtesse, su amigo el señor Parker es inocente.
—¡Es usted un hombrecillo inteligente! ¡Soberbio! Y, además, muy rápido.
—También he prometido al señor Hardman que las joyas le serán devueltas hoy.
—¿Ah, sí?
—Madame, le agradecería muchísimo que me las entregase sin demora. Lamento tener que presionarla, pero me espera un taxi por si es necesario ir a Scotland Yard. Nosotros los belgas, madame, practicamos ese deporte que se llama economía.
La condesa había encendido un cigarrillo. Durante unos segundos quedó inmóvil, soplando anillas de humo, con los ojos fijos en Poirot. Luego estalló en carcajadas, se puso en pie, se encaminó hasta su secreter, abrió un cajón y sacó un bolso de seda negro, que echó a Poirot.
El tono de su voz fue suave, y con cierto deje de indiferencia.
—Nosotros los rusos, por el contrario, practicamos la prodigalidad. Y para esto, desgraciadamente, se necesita dinero. No es preciso que mire su interior. Están todas.
Poirot se levantó.
—Le felicito, madame, por su inteligencia y prontitud.
—Puesto que le aguarda un taxi, ¿puedo ayudarle…?
—Es usted muy amable, madame. ¿Se queda mucho tiempo en Londres?
—Temo que no, debido a usted.
—Acepte mis excusas.
—¿Nos veremos en otra ocasión?
—Así lo espero.
—Yo no lo deseo —exclamó la condesa riéndose—. El mío es un gran cumplido; hay muy pocos hombres en el mundo a quienes yo tema. Adiós, monsieur Poirot.
—Adiós, madame la comtesse. Ah, disculpe, me olvidaba; permítame que le devuelva su cigarrera.
Y con una inclinación, le entregó la pequeña cigarrera negra de moaré que habíamos hallado en la caja. La aceptó sin ningún cambio de expresión, salvo una ceja levantada al murmurar:
—Comprendo.
—¡Vaya mujer! —gritó Poirot entusiasmado mientras descendíamos las escaleras—. Mon Dieu, quelle femme! ¡Ni una palabra de protesta, ni una exclamación de protesta! Una mirada, y ya ha sabido cuál era su situación. Hastings, una mujer que encaja la derrota con una sonrisa, llega muy lejos. Es peligrosa; tiene los nervios de acero.
Su entusiasmo no le permitió ver dónde pisaba y su tropezón fue más que aparatoso.
—Será mejor que modere sus ánimos y mire dónde pisa —sugerí—, ¿Cuándo sospechó de la condesa?
—Mon ami, el guante y la cigarrera constituían una doble pista demasiado clara. Bernard Parker podía extraviar una de las dos cosas, pero no ambas. Por otra parte, si alguien hubiese intentado que las sospechas recayesen sobre Parker, con una sola tenía suficiente. Eso me llevó a la conclusión de que uno de los dos objetos no era de él.
»Al principio le supuse dueño de la cigarrera. Ahora bien, tan pronto supe que el guante era suyo, intuí a quién pertenecía la otra pieza. ¿De quién, pues, era la cigarrera? Lady Runcorn quedó descartada en el caso, ya que las iniciales no coincidían. ¿El señor Johnston? Sólo si utilizaba un nombre falso. Sin embargo, la entrevista que sostuvimos con su secretario me proporcionó la evidencia de su situación legal. Luego, el señor Johnston nada tenía que ver con el asunto.
»¿La condesa, pues? Ella había traído joyas de Rusia, y le bastaba con sacar las piedras de sus monturas. Realmente hubiera sido muy difícil reconocerlas luego.
»Nada más fácil para la condesa que apropiarse de uno de los guantes de Parker, dejados en el vestíbulo aquel día, y olvidárselo en la caja. Claro es que no tuvo el propósito de abandonar también su propia cigarrera.
—Pero si la cigarrera es suya, ¿por qué tiene las iniciales «B. P.»? Las suyas son «V. R.».
Poirot se sonrió.
—Exacto, mon ami. Sólo que en el alfabeto ruso, B es V y P es R.
—¡Oh! ¿No esperaría que yo adivinase eso? No sé ruso.
—Ni yo, Hastings. Por esto compré aquel librito… y le sugerí que lo repasase.
Suspiré, vencido una vez más.
Después de un breve silencio, Poirot continuó:
—¡Una mujer extraordinaria! Tengo un presentimiento, amigo mío. Sí, presiento que volveré a encontrármela en algún sitio. ¿Dónde? ¡No lo sé!
RELATO 3.
EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES
Jean Giono
Para que el carácter de un ser humano excepcional muestre sus verdaderas cualidades, es necesario contar con la buena fortuna de poder observar sus acciones a lo largo de los años. Si sus acciones están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que las dirige es una de generosidad sin ejemplo, si sus acciones son aquellas que ciertamente no buscan en absoluto ninguna recompensa más que aquella de dejar sus marcas visibles; sin riesgo de cometer ningún error, estamos entonces frente a un personaje inolvidable.
Hace aproximadamente cuarenta años, yo hacía una larga travesía a pie, en las regiones altas, absolutamente desconocidas para los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra hasta La Provenza.
Esta región está delimitada al sureste por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Marabeau; al norte por el curso superior del Drome, después de su nacimiento, justo al oeste, por las planicies de Comtant Venaissin y al pie de monte de Mont-Ventoux. Comprende toda la parte norte del Departamento de Bases – Alpes, el sur del Drome y un pequeño enclave de Vaucluse.
En el momento en el que emprendí este largo viaje, entre los 1200 y 1300 metros de altitud, el paisaje estaba dominado por desiertos, eran tierras tomadas por la monotonía. Lo único que podía crecer ahí eran lavandas silvestres.
Yo pasaba por esta región en su parte más ancha cuando después de tres días de camino me encontré en medio de una desolación sin igual. Acampaba al lado del esqueleto de un pueblo abandonado. Ya no tenía agua. La que me quedaba del día anterior la había utilizado durante la vigilia y necesitaba encontrar más. No pude encontrarla. Las casas, de lo que alguna vez había sido un poblado, estaban aglomeradas alrededor de unas ruinas apiladas, lo que me hizo pensar que en algún tiempo ahí debió haber habido una fuente o un pozo. El arreglo de las cinco o seis casitas de piedra con techos volados y lavados por el viento, y la pequeña capilla daban la apariencia de un pueblo habitado. Sin embargo, cualquier resquicio de vida había desaparecido.
Era un hermoso día de junio, pleno de sol, pero en estas tierras sin abrigo, y a estas alturas del cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. La fuerza con la que el viento golpeaba las carcasas de las casas era tan violenta como el de una bestia salvaje que es interrumpida durante sus alimentos.
Era necesario mover mi campamento. A cinco horas de marcha, no había encontrado agua, ni ningún otro indicio que pudiera darme la esperanza de encontrarla. Por todas partes era la misma aridez, las mismas hierbas leñosas. Me pareció percibir a lo lejos una pequeña silueta negra, de pie. De primera instancia pensé que se trataba de la sombra de un tronco solitario. Por casualidad, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de corderos yacían sobre la tierra ardiente reposando cerca de él.
Me dio de beber agua de su botella, y un poco más tarde él me condujo hasta su casita en una ondulación de la meseta. El obtenía su agua -excelente, por cierto- de un pozo natural muy profundo, en el que él mismo había instalado un malacate muy rudimentario.
Este hombre hablaba poco. Esta es una práctica común entre aquellos que viven solos. Sin embargo, se le percibía como un hombre seguro de sí mismo, confiado en sus convicciones. Me parecía insólita su presencia en estos lugares tan desprovistos de todo. No vivía en una cabañita, sino en una verdadera casa de piedra donde saltaba a la vista claramente que él mismo había restaurado las ruinas con las que se encontró a su arribo. El techo era sólido y estaba bien fijo. El viento que golpeaba las tejas del techo producía un ruido similar al del mar cuando golpea en las playas.
Sus muebles y pertenencias estaban en orden, su vajilla estaba lavada, el piso estaba pulcramente trapeado, su rifle estaba engrasado; su sopa hervía en el fuego. Fue entonces cuando me di cuenta de que también estaba recién afeitado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos y que su ropa estaba cuidadosamente remendada, a tal punto, que los parches eran casi invisibles.
Compartió su sopa conmigo y después de cenar yo le ofrecí tabaco de mi saquito. Él me comentó que ya no fumaba. Su perro era tan silencioso como él, era amigable sin llegar a ser ruin.
Rápidamente entendí que pasaría la noche ahí, el poblado más cercano se encontraba todavía a más de un día y medio de marcha. Más aún, ya había tenido la oportunidad de conocer el raro carácter de los habitantes de esta región. Que por cierto, no era en absoluto recomendable. En las laderas de estas montañas, entre los matorrales de encinas blancos que están en los extremos de los caminos aptos para vehículos, hay cuatro o cinco poblados dispersos, lejos los unos de los otros. Estos poblados están habitados por talamontes que hacen carbón con la madera. Son lugares donde se vive mal; en las garras de la exasperación. Las familias viven unas en contra de las otras, en un clima hostil, de rudeza excesiva, ya sea en el verano o en el invierno, viven amagando su egoísmo aún más por la irracional desmesura en su deseo de escapar de este ambiente.
Los hombres llevaban su carbón al pueblo en sus camiones y, después regresaban. Las más sólidas cualidades se rompen bajo este perpetuo baño escocés. Las mujeres cocinaban a fuego lento sus rencores. Había competencia en todo, desde la venta del carbón hasta las bancas de la iglesia; las virtudes se combaten entre ellas, los vicios y las virtudes se arrebatan unas a otras haciendo un revoltijo sin reposo. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos de locura casi siempre fatales.
El pastor, que no fumaba, saco un pequeño saco y vació su contenido sobre la mesa, formando una pila de bellotas. Se puso a examinarlas una por una, poniendo muchísima atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. Él me respondió que esto era asunto suyo. En efecto, viendo la devoción y cuidado que ponía a su trabajo, decidí no insistir más. Esa fue toda nuestra conversación durante la noche. Cuando hubo terminado de separar todas las bellotas que estaban en buen estado, entonces las contó y las puso en montoncitos de diez. De esta manera iba haciendo una selección más, eliminando aquellas bellotas que eran muy pequeñas o aquellas que tenían ligeras grietas. Al terminar, una vez más las examinaba gravemente. Cuando tuvo enfrente de él cien bellotas perfectas detuvo su tarea, y entonces nos retiramos a dormir.
La compañía de éste hombre me daba paz. Al día siguiente, le pedí permiso para quedarme todo el día con él. Él lo encontró perfectamente natural, o con mayor exactitud, él me daba la impresión de que nada podría distraerlo. Este descanso no me era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado, quería saber más acerca de este hombre. Antes de salir, sumergió en una cubeta con agua el pequeño saco donde había puesto las bellotas que habían sido seleccionadas y contadas previamente con tanto cuidado.
Me di cuenta de que su cayado tenía un triángulo de fierro tan grueso como un dedo pulgar y de alrededor de un metro cincuenta de largo. Yo me fui siguiendo una ruta paralela a la suya. La pastura de sus corderos yacía en el fondo de un pequeño valle. Él dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia la derecha donde yo me encontraba parado. Me temía que hubiera venido a reprocharme por mi indiscreción, pero este no fue el caso de ninguna manera. Era su propio camino, y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. Continuamos unos doscientos metros más hacia arriba.
Cuando llegamos al lugar que el quería, comenzó a enterrar su triángulo de fierro en la tierra. Este hacía un pequeño agujero en él que el ponía una de las bellotas, que posteriormente cubriría de tierra nuevamente. Él estaba plantando árboles de encina. Entonces le pregunté si la tierra le pertenecía. Él me respondió que no.
-¿Sabe de quién es?
Él no lo sabía. Suponía que se trataba de una tierra comunal, o quizás podría ser que se tratara de tierras a cuyos propietarios no les interesara. De esta manera, él plantó cien bellotas con mucho cuidado.
Después de los alimentos del medio día, él comenzó una vez más a seleccionar semillas. Creo que puse demasiada insistencia en mis preguntas, porque él las respondió una a una. A tres años de haber comenzado, él continuaba plantando árboles en esta soledad. Él había plantado ya cien mil. De estos cien mil, veinte mil habían germinado. De estos veinte mil, él consideraba que todavía se perderían la mitad, por causa de los roedores o por cualquier otro designio de la Providencia imposible de predecir. Quedarían entonces diez mil encinas que podrían crecer en este lugar donde antes no había sobrevivido nada.
Fue en este momento en el que comencé a preguntarme sobre la edad de este hombre. Era evidente que se trataba de un hombre de más de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier. Solía tener una granja en las planicies, donde había vivido la mayor parte de su vida. Había perdido a su único hijo y después a su mujer. Se retiro a la soledad donde acogió el placer de vivir lentamente con su rebaño de corderos y su perro. El había juzgado que este país se estaba muriendo porque le faltaban árboles. Añadió entonces que no teniendo nada más importante que hacer había tomado la resolución de poner remedio a este estado de las cosas.
Viviendo yo mismo en ese momento una vida solitaria, y a pesar de mi juventud, sabía como acercarme con delicadeza a aquellas almas solitarias. Aún así, cometí un error. Fue precisamente mi juventud la que me forzó a imaginar el porvenir en mis propios términos, y en cierta medida también un anhelo en la búsqueda por felicidad. Le comenté que dentro de treinta años estos cien mil encinas serían majestuosos. Me respondió con tal simpleza, que si Dios le prestaba vida, en treinta años él habría plantado tantos otros que estos diez mil serían tan sólo como una gota en el mar.
Él había comenzado también a estudiar la propagación de las hayas. Cerca de su casa había instalado un pequeño vivero donde crecían los arbolitos. Los sujetos que había protegido de sus corderos con una pequeña barda, que funcionaba como barrera, estaban creciendo hermosamente. Él estaba considerando plantar también algunos abedules que serían muy convenientes para las partes bajas de los valles, donde aclaro que había en estado latente un poco de humedad que se extendía sobre la superficie del suelo por algunos metros.
Al siguiente día, nos separamos.
Al año siguiente la guerra del catorce había comenzado. Yo estuve comprometido en ella por cinco años. Un soldado de infantería apenas y podía pensar en árboles. A decir verdad, todo este asunto no me había dejado ninguna impresión. En lo personal la considere como un hobby pueril, como una colección de timbres y la olvidé.
Al terminar la guerra me encontré al frente a una pequeña desmovilización y con un gran deseo de tomar un pequeño respiro de aire puro. Sin ninguna otra preconcepción más allá de tomar un nuevo aliento. Fue así que retomé el camino hacia aquellas tierras desérticas.
La región no había cambiado. Sin embargo, más allá de ese poblado abandonado percibí a la distancia una especie de neblina grisácea que convergía en las alturas de las colinas como una alfombra. A partir de ese momento no deje de pensar en el pastor que plantaba árboles. Diez mil encinas, me dije: ocupan un gran espacio verdaderamente.
Había visto morir a mucha gente durante esos cinco años de guerra, pero no me podía imaginar de ninguna manera la muerte de Eleazar Bouffier, a pesar de que un hombre de veinte años piense que un hombre de cincuenta es ya tan viejo que no le resta más que morir. Él no estaba muerto, en efecto, estaba lleno de vitalidad. Había cambiado la materia de su interés. Ahora sólo tenía cuatro corderos, pero tenía un centenar de colmenas. Se había desecho de los corderos porque amenazaban los retoños de los árboles. Él me comentó entonces que la guerra no lo había distraído en absoluto, como yo mismo me pude dar cuenta, él continuó con su labor de cultivador de árboles imperturbablemente.
Los encinas de 1910 ahora tenían 10 años y eran más altos que yo y que él mismo. El espectáculo era impresionante. Yo me quede literalmente privado de la palabra. Como él, no podía hablar más. Pasamos todo el día en silencio caminando por su bosque. Estaba divido en tres secciones, el largo total era de once kilómetros, y en su punto más ancho la sección era de tres kilómetros. Cuando caí en la cuenta de que todo esto había florecido de las manos y del alma de este único hombre solo, sin ningún avance técnico en su herramienta, comprendí que los hombres pueden llegar a ser tan eficaces como Dios en otros dominios además del de la destrucción.
Él había perseguido su ideal, prueba fehaciente de ello era que las hayas habían alcanzado mis hombros y se habían extendido tan lejos como la vista podía alcanzar. Los encinas eran ahora robustos y frondosos, habían ya pasado la edad en la que estaban a la merced de los roedores y en cuanto a los designios de la Providencia, si deseaba destruir la obra creada, se necesitaría de un ciclón. Él me mostró sus admirables parcelas de abedules que databan de cinco años atrás, es decir de 1915; cuando yo tuve que estar combatiendo en Verdún. Él los había plantado en las partes bajas del valle, donde había sospechado, con justa razón, que había humedad justo a flor de tierra. Eran tan tiernos como jóvenes adolescentes, y muy decididos.
La creación estaba en el aire, por doquiera, se veía como la sucesión estuviera tomando su propio camino. Él no se preocupaba, se ocupaba. Perseguía obstinadamente su objetivo. Era tan simple como eso. Al descender por el poblado, pude ver agua correr en los arroyos que en la memoria de los hombres, habían estado siempre secos. Era la más extraordinaria reacción en cadena la que este hombre me había dado la oportunidad de presenciar. Estos arroyos secos que en tiempos muy antiguos habían llevado agua, habían vuelto a florecer. Algunos de estos tristes poblados, de los que había comentado al comienzo de mi relato, estaban construidos sobre edificios de antiguas ciudades galo-romanas, donde aún quedaban algunos trazos de estas antiguas culturas. Ahí, los arqueólogos habían encontrado anzuelos de pesca, en lo que en tiempos más recientes habían sido cisternas para abastecer de un poco de agua a estos secos lugares.
El viento dispersaba también algunas semillas. Al mismo tiempo que el agua reapareció, reaparecieron los sauces, las enredaderas, los prados, los jardines, las flores y positivas razones para vivir.
Realmente la transformación había tenido lugar de manera tan paulatina que había penetrado y se había instalado en la costumbre sin provocar ningún sobresalto o sorpresa. Los cazadores que subían a la soledad de las montañas para perseguir liebres o jabalíes habían constatado también la presencia de pequeños árboles. Sin embargo, atribuían los cambios a los procesos naturales de la tierra. Esta era la razón por la que nadie había tocado su obra, porque nadie en absoluto había llegado a estar en contacto con este hombre. Era insólito. ¿Quién podría imaginar que en estos poblados y administraciones, que existiera alguien con tal obstinación y poseedor de una generosidad extrema que llegase al punto de ser sublime?
A partir de 1920, no dejé pasar más de un año sin ir a visitar a Eleazar Bouffier. Jamás lo vi decaer, ni dudar. A pesar de que sólo Dios sabe los sin sabores que hubo de superar. Para obtener el éxito en su empresa fue necesario superar muchas adversidades y luchar contra la desesperación. Baste decir que durante un año había logrado plantar diez mil arces y todos murieron. Al siguiente año de este suceso, decidió abandonar los arces y volver a plantar hayas. Estas lograron crecer sanas y con mayor esplendor que los encinas.
Para tener una idea más precisa del carácter excepcional de nuestro personaje, no hace falta más que recordar que vivía en una soledad total, sí total, a tal punto que hacía el final de su vida había perdido la costumbre de hablar. O quizás: ¿Era que ya no había visto la necesidad de hacerlo?
En 1933 recibió la visita de un guardia forestal atolondrado. Este funcionario le advirtió de no provocar fuegos a la intemperie, ya que podría a poner en riesgo el bosque “natural”. Fue la primera vez que un hombre le dijera de forma tan pueril que había visto crecer este bosque por sí solo, de manera espontánea. En este tiempo él estaba pensando en plantar hayas en un claro a doce kilómetros de su casa. Para evitar el ir y venir de ese sitio, – ya que para aquel entonces él contaba ya con setenta y cinco años de edad-, estaba ambicionando construir una pequeña casita de piedra en el lugar mismo donde se encargaría de plantar los árboles. Esto fue lo que hizo al año siguiente.
En 1935, un verdadero delegado de la administración vino a examinar “el bosque natural”. Había con él un personaje importante del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado y técnicos. Se pronunciaron muchas palabras inútiles. Se decidieron hacer algunas cosas y, afortunadamente, no se hizo nada; excepto por una medida verdaderamente útil: se puso al bosque bajo la salvaguarda del Estado, y se prohibió que se viniera a hacer carbón. Era evidente que era imposible no ser subyugado ante la belleza de estos jóvenes árboles plenos de salud. Este bosque ejercía sus poderes seductivos incluso en el mismo diputado.
Yo tenía un amigo entre los directores del departamento forestal que estaban en la delegación. Le explique lo que para él era un misterio. Un día de la siguiente semana, fuimos los dos juntos a buscar a Eleazar Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte kilómetros del sitio donde se había realizado la inspección anterior.
Este capitán forestal no era mi amigo nada más porque sí. Él conocía el verdadero valor de la cosas. El sabía permanecer en silencio. Le ofrecí algunos huevos que había traído conmigo como regalo; dividimos nuestros alimentos en tres y pasamos algunas horas sin decir ninguna palabra, en la contemplación del paisaje.
La ladera donde estábamos estaba cubierta por árboles de seis a siete metros de alto. Yo recordé el aspecto del sitio en 1913: un desierto… El trabajo apacible y regular, el aire lleno de vitalidad de las alturas, la frugalidad, y sobretodo la serenidad de su alma le habían dado a este hombre una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas hectáreas más él habría todavía de cubrir con árboles.
Antes de partir, mi amigo hizo una simple sugerencia concerniente a algunas especies de árboles para las que el terreno parecía especialmente adecuado. Él no insistió más. Por una muy buena razón. Me aclaro después. Este buen hombre sabe mucho más que yo. A una hora más de camino, – esta idea se le había fijado en su pensamiento, y entonces agregó:”Él sabe mucho más que todo el mundo”. Él había encontrado un motivo para sentirse orgulloso y feliz.
Fue gracias a este capitán forestal que no solamente el bosque fue protegido, sino que junto con él la felicidad de este hombre. Hizo nombrar a tres guardias forestales para la protección de los territorios. Los ubico de tal manera que permanecieran indiferentes a cualquier cantidad de vino que los talamontes pudieran ofrecer como soborno.
La obra no estuvo en riesgo grave, salvo en la guerra de 1939; cuando los automóviles comenzaron a entrar por madera, pues nunca había suficiente. Comenzaron a talar algunos de los encinas de las parcelas de 1910. Por suerte, estos bosques están tan lejos de cualquier arroyo o camino que no resultó costeable seguir extrayendo la madera y la compañía decidió pronto abandonar esta extracción. El pastor no vio nada. Él estaba a treinta kilómetros del sitio, y continuaba pacíficamente con su labor, tan imperturbable por la guerra de 39 como lo había estado por la guerra de 14.
Vi por última vez a Eleazar Bouffier en 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Yo había retomado de nueva cuenta el camino del desierto, sólo para encontrarme ahora con lo que a pesar de todo había dejado como legado la guerra en esa región. Había un carro que hacía la ruta entre el Valle del Durance y la montaña. Yo me apreste a tomar este relativamente rápido medio de transporte, pues los cambios eran tan grandes que yo no pude reconocer el lugar de mis últimas visitas. Me pareció también que el trayecto me hacía pasar por lugares nuevos. Me vi obligado a preguntar el nombre del poblado, para estar bien seguro que esta era la región que en otros tiempos había visto en ruinas y desolación. El carro me dejó en Vergons.
En 1913, en este pequeño caserío había diez o doce casas con tres habitantes. Estas gentes eran salvajes, detestándose los unos a los otros, siempre en eterno conflicto y pillaje. Física y moralmente, ellos parecían hombres prehistóricos. Eran devorados por el contorno de las paredes de las casas abandonadas. Su condición era de total desesperanza. Parecía que sólo estaban esperando a que la muerte los encontrara. Una condición que claramente no los predisponía a cultivar ninguna virtud.
Todo había cambiado. Incluso el aire mismo. En el lugar de borrascas secas que en otros tiempos había sido, ahora soplaba suavemente una brisa con dulce olor. Un sonido que recuerda el del correr del agua que cae de las alturas. Pasaba lo mismo con el viento que ululaba entre los árboles del bosque. En fin, lo más asombroso de todo era que se escuchaba el ruido del agua que circulaba hacía un verdadero pozo. Vi que habían construido una fuente, y que había abundante agua en ella; lo que me estremeció más es que junto a esta fuente habían plantado limoneros que tenían por lo menos cuatro años y que ya habían crecido gruesos. Eran un símbolo de la indisputable resurrección.
Más aún Vergons mostraba ya signos de trabajo, de aquellos que tienen por condición necesaria la presencia de la esperanza. La esperanza había retornado. Habían limpiado las ruinas, habían tirado las paredes rotas, y habían reconstruido las cinco casas. El poblado contaba ahora con veintiocho habitantes que incluía a cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas, recién remozadas estaban rodeadas por jardines, hortalizas y verduras entremezcladas con malezas alineadas, había legumbres y flores, coles y rosales, puerros y albahaca, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde cualquiera estaría encantado de vivir.
A partir de este poblado seguí mi camino a pie. La guerra de la que a penas estábamos saliendo, no nos permitía más que reincorporarnos pausadamente a la vida. Sin embargo, Lázaro estaba fuera de su tumba. En los flancos de las montañas vi campos verdes de cebada y de centeno en hierba. Al fondo podía ver algunas praderas que reverdecían.
Nos separan ahora ocho años desde que vi a toda esta región florecer con una suave ligereza que resplandecía de verdor. Los despojos de las ruinas que había visto en 1913, ahora mantenían granjas prósperas, que proporcionaban una vida feliz y confortable. Los viejos manantiales eran alimentados por agua de lluvia y nieve que ahora podía ser alojada y retenida por los bosques; el agua volvía a correr recuperando su ciclo natural. Parte del agua se había acanalado. Bordeando a cada granja había arboledas de pinos y arces, los manantiales de agua estaban bordeados por carpetas de mentas frescas. Los poblados estaban siendo reconstruidos poco a poco. Una población venida de las planicies donde la tierra era muy cara llegó a establecerse, trayendo juventud, movimiento y espíritu de aventura. Ahora se encuentran por los caminos hombres y mujeres bien nutridos, jóvenes y muchachas que saben reír, y que han retomado el gusto por las fiestas de la campiña. Si reencontramos a la antigua población, ahora veremos que es irreconocible por su dulzura y plenitud por la vida. Contando a los nuevos llegados, tenemos a más de diez mil personas que le deben su felicidad a Eleazar Bouffier.
Cuando reflexiono que un solo hombre confiado en sus simples recursos físicos y morales fue suficiente para hacer surgir de un desierto esta tierra de Canaán, me doy cuenta que a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero, cuando hago un recuento de lo que puede crear, la constancia, la generosidad y la grandeza de un alma resuelta a lograr su objetivo, soy presa de un inmenso respeto por aquel viejo campesino sin cultura que a su manera supo como materializar una obra digna de Dios.
Eleazar Bouffier murió apaciblemente en 1947 en el asilo de Banon.
RELATO 4.
CORDERO ASADO
Roald Dahl
(Cuento publicado en “Relatos de lo inesperado”)
La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo. De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.
Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.
Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.
—¡Hola, querido! —dijo ella.
—¡Hola! —contestó él.
Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho, antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.
—¿Cansado, querido?
—Sí —respondió él—, estoy cansado.
Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.
Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.
—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.
—Siéntate —dijo él secamente.
Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.
—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? —Le observó mientras él bebía el whisky —. Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día.
Él no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.
—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.
—No —dijo él.
—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.
Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.
—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.
—No quiero —dijo él.
Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.
—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.
—No me apetece —dijo él.
—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.
Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.
—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.
—Vamos —dijo él—, siéntate.
Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. Él había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.
—Tengo algo que decirte.
—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?
El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.
—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.
Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.
—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.
Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.
—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.
Esta vez él no contestó.
Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.
Era una pierna de cordero.
Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.
Se detuvo.
—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.
En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.
La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.
Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.
«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»
Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?
Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.
Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.
—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.
—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.
Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.
Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.
—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.
—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?
—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.
El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.
—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.
—¿Quiere carne, señora Maloney?
—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.
—¡Oh!
—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?
—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?
—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.
—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?
—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?
El hombre echó una mirada a la tienda.
—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.
—Magnífico —dijo ella—, le encanta.
Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:
—Gracias, Sam. Buenas noches.
Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.
«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»
Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.
—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.
Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.
Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:
—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!
—¿Quién habla?
—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.
—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?
—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.
—Iremos en seguida —dijo el hombre.
El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. Él la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.
—¿Está muerto? —preguntó ella.
—Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?
Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.
Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.
Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.
—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.
Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.
«…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…»
Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.
—No —dijo ella.
No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.
—Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.
—No —dijo ella.
Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.
La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.
—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.
Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.
—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?
—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.
—¿Y un atizador?
—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.
La búsqueda continuó.
Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.
—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?
—Sí, claro. ¿Quiere whisky?
—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor —Le tendió el vaso.
—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.
—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.
Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.
El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:
—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?
—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!
—¿Quiere que vaya a apagarlo?
—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.
Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.
—Jack Nooan —dijo.
—¿Sí?
—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?
—Si está en nuestras manos, señora Maloney…
—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.
—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.
—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.
Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.
—¿Quieres más, Charlie?
—No, será mejor que no lo acabemos.
—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.
—Bueno, dame un poco más.
—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.
—Por eso debería ser fácil de encontrar.
—Eso es lo que a mí me parece.
—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:
—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.
—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?
En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.
RELATO 5.
LOS GIGANTES DE LA LUNA.
G. Moure Trenor
En una gran duna de arena blanca, bajo la luz de las estrellas, un niño dejó de llamarse Pablo para convertirse en Hiliaiyin. Nunca olvidaría aquella noche en la que encontró un fabuloso tesoro de plata, aunque no fuera el tesoro que él esperaba…
Todo empezó cuando Naísma, una niña saharaui de la misma edad que Pablo, diez años, llegó a su casa para pasar el verano en España. La familia de Pablo se había ofrecido para albergar a un niño, pero a última hora les dijeron que tenía que ser niña. Naísma, además, estaba gravemente enferma, aunque ella no lo supiera. Pablo se enfadó, porque soñaba con un compañero de juegos saharaui, y una niña enferma no era lo mismo. Sus padres le explicaron que no estaban encargando un juguete, sino ofreciendo a un pequeño saharaui, niño o niña, daba igual, un verano lejos de la pobreza de los campamentos de refugiados y su espantoso calor: más de cincuenta grados a la sombra.
No fue tan mal como Pablo suponía. Naísma no era un niño, pero le gustaba jugar tanto como a él. Aprendió a nadar en menos de una semana, y con la bici se las arreglaba muy bien. Además, Naísma, que en su lengua significaba “Pequeña Estrella”, era muy bonita: piel oscura, pelo tan negro como una noche sin luna y los ojos más grandes y misteriosos que Pablo había visto nunca. Naísma estudiaba español en su campamento, y pronto hablaba con Pablo en largas conversaciones llenas de curiosidad mutua. Iban juntos a la playa en la que veraneaban y charlaban durante horas. Ella intentaba convencer a Pablo de que fuera a los campamentos en invierno, pero a él le daba miedo, porque no sabía lo que podía encontrar allí, ni lo que comerían, ni si sería capaz de vivir en medio de tanta pobreza.
Fue la palabra pobreza la que lo cambió todo.
-¿Pobreza? -dijo Naísma, apoyando la cabeza en la mano y el codo en la arena-. Pues yo sé dónde hay un tesoro enorme.
Pablo se rio. ¡Un tesoro, en un campamento de refugiados! Pero Naísma le dijo que una tía suya, Magalis, era adivina, “guessenna”, en su lengua. Magalis tenía “baraka”: adivinaba el futuro y dónde estaban las cosas perdidas. Era ella la que le había contado a Naísma la historia del barco de los gigantes de la luna:
“Hace miles de años, el Sahara era un mar, y los montes del desierto, islas. En ellas vivía un pueblo antiguo y misterioso, los hilialyin, los gigantes de la luna. Medían más de dos metros, y de ellos sólo quedan sus enormes tumbas en el sur del desierto. Pero e! mar se retiraba y la tierra se iba quedando seca. Los hilialyin embarcaron todas sus riquezas en el último barco y trataron de huir, hasta que quedaron varados. Tuvieron que dejar atrás lo que más pesaba, la plata, y se fueron en camellos tras el mar. Nunca más se supo de ellos. El barco, repleto de plata, quedó en medio del desierto. Poco a poco, la arena fue cubriéndolo. Y así se formó la gran duna de Tinduf, “el gerd”, una enorme montaña de arena con un corazón de plata, a pocos kilómetros de los campamentos, que los extranjeros visitaban”, dijo Naísma, “sin saber lo que oculta.”
Pablo decidió de inmediato viajar a los campamentos para poder ir a la duna y encontrar el tesoro. Sin embargo, aunque Naísma le ayudaba, no lograba convencer a sus padres. El día que Naísma se fue. acabado el verano, se dieron un beso. -Iremos a la duna -le susurró Pablo al oído. No podía saber que nunca podrían ir juntos: dos meses después llegó, como un mazazo, la noticia de la muerte de Naísma. La enfermedad oculta había acabado con ella. Pablo lloró con amargura, y descubrió el significado del amor: algo que nos mueve incluso por encima de la muerte.
Conmovidos por la tragedia, sus padres cedieron: irían allí, a visitar a la dolorida familia de la niña.
Naísma, los hilialyin, la duna y la plata poblaron los sueños de invierno de Pablo. Y el día del viaje llegó. Abrazar a los padres y hermanos de Naísma fue emocionante. Ella ya no estaba, pero vivía tanto en su gente como en la memoria de Pablo, en la que sus ojos, sus dientes y su risa eran los mismos de siempre.
Durante unos días fueron tratados como príncipes, y les llevaron de la mano a ver su campamento: limpio, digno y sereno en su deslumbrante simplicidad. La jaima era lo que más le gustaba a Pablo. La familia de Naísma dormía en los cuartitos de adobe, pero Pablo y sus padres prefirieron hacerlo en la jaima. Suelo de alfombras, paredes de tela naranja, un brasero encendido, aroma de incienso… Aquello de lo que Naísma le había hablado tanto, y que ahora le hacía llorar, en la oscuridad de la noche.
Por fin, Pablo conoció a Magalis. Era alta, delgada, de edad imposible de calcular, y cubría su cabeza con un turbante negro. Desde que la vio, Pablo tuvo la seguridad de que leía sus pensamientos, sus sueños de plata, su roto amor de niño por Naísma.
El porte de Magalis era tan majestuoso, su mirada tan profunda, que cuando entraba en la jaima y arrojaba un poco de incienso en el brasero, no hacía falta hablar. Todos sonreían y disfrutaban del rumor de la brisa en las paredes de tela y las ventanas de la jaima.
Una mañana, con gran emoción, Pablo oyó que harían una excursión, sólo los niños, a la duna. Fueron en tres jeeps viejos, atravesando desolados campos de piedras en los que, de vez en cuando, se veía un árbol solitario. Y, al fin, la duna, “el gerd”. La tierra palideció cuando se elevó ante sus ojos la enorme masa de arena blanca. Su cresta era como la curva de una inacabable mejilla femenina, y la brisa le arrancaba un hilo de polvo blanquísimo. El corazón le latía tan fuerte a Pablo que creía que todos lo podían oír. Durante una hora, jugó con los hermanos de Naísma y los demás niños, subiendo hasta lo más alto de la duna para después dejarse caer, rodando por la blanda pendiente. Risas y jadeos en el corazón del silencio.
Cuando cayeron rendidos y se acercaba el final de la excursión, Pablo decidió quedarse en la duna. El improvisado campamento se levantaba. Los conductores, que habían estado haciendo té sobre la arena, daban palmas y gritos, y los niños se dirigían hacia los jeeps. Pablo cogió uno de los vasitos de cristal en los que habían escanciado el té y se escondió en la duna, tratando de contener el estruendo de su corazón.
Voces, risas, motores arrancando, el crepitar de las ruedas sobre el suelo de piedras… Levantó la cabeza y vio los tres jeeps alejándose, dejando tras de sí tres columnas de polvo. Luego, nada. Silencio.
Contempló la duna, ante él. ¿Dónde estaría el barco de plata de los gigantes de la luna? Su imagen inspiraba ternura: un niño con un vaso de cristal en la mano, enfrentado a una montaña de arena. Subió hasta la cima. El sol descendía y el desierto se incendiaba en los rosas y violetas del atardecer. Ya nada en el horizonte, ni el rastro de los jeeps, nada.
Se arrodilló, y comenzó a excavar con su pequeño vaso de vidrio. Arrojaba la arena por la ladera, la veía caer formando olas blancas sobre blanco. Un vaso, diez. mil… Sentía a Naísma cerca de él, y hubiera querido que le ayudara.
Cuando levantó la cabeza, era de noche. Respiró hondo. Había removido mucha arena, sí, pero la duna parecía intacta y no había ni rastro del barco de la plata. Y Naísma tampoco estaba allí. Le invadió la congoja. De pronto, se veía ridículo, intentando excavar con un vaso de cristal una duna levantada por los siglos. Sabía que jamás podría alcanzar el tesoro.
Se tumbó de bruces en la arena y sollozó. Añoraba a sus padres, deseaba que todo fuera un sueño, abrir los ojos y verse con Naísma en la playa española. Pero sólo se escuchaba el siseo de la brisa en la duna. Quería volver, se daba cuenta de que estaba perdido, y tenía miedo. Sus sollozos debieron impedirle oír nada, porque cuando despegó sus manos de los ojos llenos de lágrimas, los vio. ¡Los gigantes de la luna! ¡HiliaIyin! Caminaban por la cresta de la duna hacia él, en silencio, tan altos que sus cabezas parecían enredarse en las puntas de fuego helado de las estrellas. Dos, tres… Sus largos brazos, sus largas túnicas.
Le habían sorprendido tratando de robar su tesoro, el tesoro de su pueblo arrojado del paraíso. Pensó que su vida iba a acabar allí, sobre el barco de plata, y que, él también, acabaría enterrado en la duna.
Pero el primero de los gigantes se sentó a su lado, sobre la arena. Su perfil era tan negro como su turbante.
-Pequeño español, ¿qué haces aquí?
Sólo entonces Pablo se dio cuenta. No era un gigante. Era uno de los conductores. Los otros dos se habían sentado cerca, en silencio.
-Busco el tesoro.
-¿Qué tesoro?
Se lo confesó todo. El hombre no se rio de Pablo. Pasó una mano por su cabeza helada y sonrió. Tomó en el cuenco de su mano un puñado de arena y lo arrojó por la pendiente, sacudiendo la cabeza.
-Aquí no hay riquezas, pequeño español -le dijo, con voz dulce y serena, después de un largo silencio-. Pero Magalis y Naísma no te engañaron. Aquí hay no un barco, sino un océano de plata.
Levantó la mirada. Y Pablo lo vio. Sus ojos habían estado demasiado sumidos en la arena, en el suelo, como para ver la grandeza del cielo. Cientos, miles de estrellas apiñadas, compitiendo por un trocito de terciopelo negro.
-Ya lo has visto en los campamentos -decía el conductor. -Nuestro pueblo no tiene nada, pero lo tiene todo. Un pueblo que no inclina la cabeza tiene las estrellas en sus ojos, y nunca será pobre porque siempre tendrá un tesoro.
Pablo no captó el significado de aquellas palabras de inmediato. Sus pensamientos aún se dirigían hacia el barco cargado de plata. Tardó en comprenderlo, pero allí, sobre la duna blanda, al menos lo intuyó. Se podía ser rico sin tener nada. Inmensamente rico teniendo inmensamente nada. Empezaba a entender todo lo que Naísma le había dicho en la playa. Volvía a estar con él, en la cresta de la duna. Una de aquellas estrellas era ella, Naísma, “Pequeña Estrella”.
Por última vez Pablo miró hacia el sepulcro de arena, y volvió a levantar, ya para siempre, su rostro hacia las estrellas.
Silencio. Plata. Sus ojos ya no podían abrirse más. Alargó el vaso de cristal, su ingenua pala de buscar tesoros. -Esto es suyo.
El conductor, con un dedo índice tan largo y seco como una rama, le tocó el pecho, mientras aceptaba el vaso con los otros dedos.
-Ahora ya lo sabes. Compartes el secreto con la “guessena”, con Naísma, conmigo, y con los gigantes de la luna. Tú ya eres uno de ellos, para siempre. Llevarás su nombre: Hiliaiyin.
Pablo se abrazó a su pecho. El turbante olía a incienso y leña y aquellos aromas le hacían pensar aún más en Naísma.
Se levantaron y el conductor tomó a Pablo, a Hilialiyin, de la mano. Se volvió a agachar para decirle:
-Hiliaiyin… Qué pequeño puede parecer un gigante de la luna, si lo miras de cerca. Y sonrió con una barca de dientes blancos entre sus labios.
RELATO 6.
LECCIÓN DE HISTORIA
Arthur C.Clark
Nadie podía recordar cuando la tribu había comenzado su largo viaje: el país de las grandes llanuras ondulantes que había sido su primer hogar no era ya más que un sueño semiolvidado. Durante muchos años, Shann y su pueblo habían estado huyendo a través de un país de bajas colinas y resplandecientes lagos, y ahora se enfrentaban con las montañas. Aquel verano tenían que cruzar las tierras del sol, y quedaba poco tiempo que perder.
El blanco terror que había descendido desde los polos, pulverizando continentes y helando al aire mismo por delante, estaba a menos de un día de marcha tras ellos. Shann se preguntaba si los glaciares podrían trepar las montañas del frente, y se atrevía a encender en su corazón una pequeña llama de esperanza. Podrían quizá constituir una barrera frente a la cual incluso el despiadado hielo golpease en vano. En las tierras del sur, de las que hablaban las leyendas, su pueblo tal vez encontrase por fin un refugio.
Tardaron muchas semanas en descubrir un paso a través del cual pudiera avanzar la tribu y sus animales. A medio verano habían acampado en un solitario valle donde el aire era tenue y las estrellas brillaban con un resplandor que nadie había nunca visto antes. El verano se iba alejando cuando Shann y sus dos hijos salieron a explorar el camino. Treparon durante tres días, y durante tres noches durmieron lo mejor que pudieron sobre las heladas piedras. Y a la cuarta mañana ya no quedaba más frente a ellos sino una suave pendiente hasta un montículo de piedras grises elevado por otros viajeros, hacía ya siglos.
Shann sintió que temblaba, y no de frío, mientras caminaban hacia la pequeña pirámide de piedras. Sus hijos se habían rezagado, y nadie hablaba, pues era mucho lo que se jugaba. Dentro de poco sabrían si todas sus esperanzas habían sido traicionadas.
Al este y al oeste, la pared de montañas se curvaba como abrazando las tierras del llano. Abajo yacían inacabables kilómetros de llanura ondulante, y un gran río serpenteaba a su través formando enormes lazos. Era tierra fértil; tierra en la cual la tribu podría trabajar en sus cultivos, sabiendo que no sería necesario huir antes de la cosecha.
Y entonces Shann levantó sus ojos hacia el sur y vio la ruina de todas sus esperanzas. Pues allí, al borde del mundo, resplandecía la luz mortal que tantas veces había visto hacia el norte: el brillo del hielo bajo el horizonte.
No se podía adelantar. Durante todos los años de huida, los glaciares del sur habían estado avanzando a su encuentro. Pronto serían aplastados entre las movedizas paredes de hielo…
Los glaciares del sur no llegaron a las montañas hasta una generación más tarde. En aquel último verano, los hijos de Shann llevaron los sagrados tesoros de la tribu al solitario montículo de piedras que dominaba la llanura. El hielo, que había antaño resplandecido bajo el horizonte, estaba ahora casi a sus pies; por la primavera estaría astillándose contra las paredes de la montaña.
Ahora nadie entendía los tesoros; procedían de un pasado demasiado distante para la comprensión de ningún hombre. Sus orígenes se perdían en las nieblas que rodeaban la Edad de Oro, y el cómo habían pasado finalmente a poder de esa tribu trashumante, era una historia que ahora nunca sería contada. Pues era la historia de una civilización que había pasado más allá de todo recuerdo.
En un tiempo, todas aquellas melancólicas reliquias habían sido guardadas como un tesoro por alguna buena razón, y luego se habían convertido en sagradas, pero su significado se había perdido. La letra de los viejos libros se había desvanecido hacía siglos, si bien mucho era aún legible, si hubiese habido alguien para leerlo. Pero habían pasado muchas generaciones desde que alguien había sabido utilizar un tomo de logaritmos de siete cifras, un atlas del mundo, y la partitura de la Séptima Sinfonía de Sibelius, impresa, según rezaba la cubierta, por H. K. Chu e Hijos, en la ciudad de Pekín, en el año 2021 de J. C.
Colocaron reverentemente los libros en la pequeña cripta que había sido construida para recibirlos. Luego siguió una abigarrada colección de fragmentos; monedas de oro y platino, una teleobjetivo fotográfico roto, un reloj, una lámpara de luz fría, un micrófono, la cuchilla de una máquina de afeitar eléctrica, algunas minúsculas válvulas de radio, la escoria que había quedado cuando la gran marea de la civilización bajó para siempre. Todo ello fue cuidadosamente guardado en su lugar de reposo. Luego venían tres reliquias más, las más sagradas de todas por ser las que eran menos comprendidas.
La primera era una pieza de metal de forma extraña, del matiz del calor intenso. En cierto modo era el más melancólico de todos aquellos símbolos del pasado, pues hablaba de la mayor hazaña del Hombre, y del futuro que pudo haber conocido. El pie de caoba sobre el cual estaba montado llevaba una placa de plata con la inscripción:
«Encendedor auxiliar del chorro de estribor de la nave espacial Estrella Matutina. Tierra-Luna, 1985 de J. C.»
Luego seguía otro milagro de la ciencia antigua: una esfera de plástico transparente con piezas de metal de raras formas incrustadas en su interior. En su centro había una pequeña cápsula de un elemento radiactivo sintético, rodeado de las pantallas de conversión que desplazaba su radiación hasta la parte baja del espectro. En tanto que el material permaneciese activo, la esfera sería una pequeña estación transmisora de radio que emitía en todas direcciones. Solamente se habían construido unas cuantas de esas esferas, destinadas a ser faros perpetuos de las órbitas de los Asteroides. Pero el Hombre nunca alcanzó los Asteroides, y los faros nunca fueron utilizados.
Finalmente había una lata circular plana, muy ancha en relación con su profundidad. Estaba muy bien sellada, y cuando se la agitaba emitía un ruido. La tradición de la tribu predecía un desastre si jamás era abierta, y nadie sabía que contenía una de las mayores obras de arte de hacía cerca de mil años.
Se había terminado el trabajo. Los dos hombres hicieron rodar las piedras colocándolas en su lugar, y comenzaron lentamente a descender la montaña. Incluso al fin, el Hombre había pensado en el futuro, y había tratado de conservar algo para la posteridad.
Aquel invierno las grandes oleadas de hielo comenzaron su primer asalto a las montañas, atacando por el norte y por el sur. Los pies de las colinas fueron avasallados al primer empuje, y los glaciares las pulverizaron. Pero las montañas se mantuvieron firmes, y cuando llegó el verano el hielo se retiró por un tiempo.
Y así, invierno tras invierno, continuó la batalla, y el rugido de los aludes, el rechinar de las rocas y las explosiones del astillado hielo llenaron de fragor el aire. Ninguna de las guerras del Hombre había sido tan feroz, ni había sumergido al globo más completamente que ésta. Hasta que al fin las olas de la marea del hielo comenzaron a abatirse y a descender lentamente a lo largo de las laderas de las montañas que no habían nunca dominado del todo; a pesar que los pasos y los valles estaban aún firmemente en su poder. La lucha no se había decidido, pues los glaciares habían encontrado un digno rival.
Pero su derrota había llegado demasiado tarde para ser de alguna utilidad al hombre.
Así fueron transcurriendo los siglos, hasta que ocurrió algo que tiene que suceder por fuerza, por lo menos una vez en la historia de cada uno de los mundos del universo, por remotos y solitarios que sean.
La nave de Venus llegó cinco mil años demasiado tarde, pero su tripulación nada sabía de ello. Desde muchos millones de kilómetros de distancia, los telescopios habían visto el gran sudario de hielo que hacía de la Tierra el objeto más brillante del cielo después del mismo Sol. Aquí y allá la deslumbradora sábana se veía manchada por negras motas que revelaban la presencia de montañas casi enterradas. Eso era todo. Los océanos, las llanuras y los bosques, los desiertos y los lagos, todo que había sido el mundo del Hombre, estaba sellado bajo el hielo, quizá para siempre.
La nave se acercó a la Tierra y estableció una órbita a unos mil kilómetros de distancia. Durante cinco días circundó al planeta, mientras las cámaras fotografiaban todo lo que quedaba a la vista, y cien instrumentos recogían información que daría años de trabajo a los científicos venusianos. No se tenía intención de aterrizar, pues no se veía razón para ello. Pero al sexto día el cuadro cambió. Un avisador panorámico, al límite de su amplificación, detectó la agonizante radiación del viejo faro de cinco mil años. A través de los siglos había estado enviando sus señales, con fuerza cada vez menor, a medida que su corazón radiactivo iba constantemente debilitándose.
El avisador sintonizó la frecuencia del faro. En el cuarto de mandos, una campana demandó atención. Un poco más tarde, la nave venusiana salió de su órbita y descendió inclinándose hacia la Tierra, en dirección a una cordillera que aún emergía orgullosa del hielo, y hacia un montículo de piedras grises que los años habían apenas tocado.
* * *
El gran disco del sol ardía ferozmente en un cielo que no estaba ya velado por las nubes, pues las nubes que otrora ocultaran a Venus, se habían desvanecido por completo. La fuerza que había ocasionado el cambio en la radiación solar, había condenado una civilización, pero dado la vida a otra. Hacía menos de cinco mil años que las gentes semisalvajes de Venus habían visto el sol y las estrellas por vez primera. La ciencia de la Tierra había comenzado con la astronomía, y lo mismo había ocurrido con la de Venus, y en aquel mundo cálido y rico que el Hombre nunca había visto, el progreso había sido increíblemente rápido.
Quizá los venusianos habían sido afortunados. No conocieron nunca la Edad del Oscurantismo que había mantenido encadenado al hombre durante mil años; se evitaron el largo camino indirecto a través de la química y de la mecánica, y llegaron inmediatamente a las leyes más fundamentales de la física de la radiación. En el tiempo que el hombre había requerido para pasar de las Pirámides a las astronaves propulsadas por cohetes, los venusianos habían pasado del descubrimiento de la agricultura a la misma antigravitación, el secreto final que el Hombre nunca había aprendido.
El tibio océano, que todavía contenía la mayor parte de la vida del cálido planeta, proyectaba lánguidamente sus olas contra la playa arenosa. Tan nuevo era aquel continente que incluso las arenas eran gruesas y agudas; el mar no había tenido aún tiempo de suavizarlas. Los científicos estaban echados, sumergidos a medias en el agua, y sus hermosos cuerpos de reptiles brillaban a la luz del sol. Las mejores mentes de Venus se habían congregado en aquella orilla desde todas las islas del planeta. No sabían aún lo que iban a oír, excepto que se refería al Tercer Mundo y a la raza misteriosa que lo había poblado antes de la llegada del hielo.
El Historiador estaba sobre tierra, pues a los instrumentos que iba a emplear no les gustaba el agua. A su lado había una gran máquina que atrajo muchas curiosas miradas de sus colegas. Estaba evidentemente relacionada con la óptica, pues llevaba un sistema de lentes dirigido hacia una pantalla de material blanco emplazada a una docena de metros.
El Historiador comenzó a hablar. Recapituló brevemente lo poco que se había descubierto referente al Tercer Planeta y su gente. Mencionó los siglos de investigación infructuosa que habían fracasado en la investigación de uno solo de los escritos de la Tierra. Aquel planeta había sido habitado por una raza de gran habilidad técnica; eso, por lo menos, quedaba demostrado por las escasas piezas de maquinaria que habían sido halladas bajo el montón de piedras de la montaña.
-No sabemos por qué se extinguió una civilización tan avanzada. Casi con seguridad sabía lo suficiente para sobrevivir un Período Glacial. Debe haber habido algún otro factor del cual nada sabemos. Quizá fue culpa de alguna enfermedad o de alguna degeneración racial. Ha sido, incluso, sugerido que los conflictos de tribu, endémicos en nuestra propia especie en tiempos prehistóricos, pueden haber continuado en el Tercer Planeta después de la introducción de la tecnología. Algunos filósofos mantienen que los conocimientos de maquinaria no implican necesariamente un elevado grado de civilización, y que es teóricamente posible que haya guerras en una sociedad que posea fuerza mecánica, navegación aérea e incluso radio. Tal concepción es extraña a nuestras ideas, pero debemos admitir su posibilidad, y evidentemente explicaría la perdición de aquella raza.
»Se había siempre supuesto que nunca sabríamos algo respecto a la forma física de las criaturas que habitaron el Tercer Planeta. Durante siglos nuestros artistas han estado representando escenas de la historia de aquel mundo muerto, poblándolo de toda clase de seres fantásticos. La mayor parte de tales creaciones se nos han asemejado más o menos, a pesar que se ha indicado con frecuencia que el hecho que nosotros seamos reptiles no significa que toda la vida inteligente deba necesariamente ser reptil. Ahora conocemos la respuesta a uno de los problemas más desconcertantes de la historia. Por fin, después de quinientos años de investigación, hemos descubierto la forma exacta y la naturaleza de la vida rectora del Tercer Planeta.
De los científicos allí reunidos se alzó un murmullo de asombro. A algunos les tomó tan de sorpresa, que desaparecieron un rato en la comodidad del océano, como acostumbran a hacer todos los venusianos en momentos de tensión. El Historiador esperó hasta que sus colegas hubiesen reaparecido sobre el elemento que tan poco les agradaba. Él mismo se sentía cómodo, gracias a las pequeñas salpicaduras que le llegaban continuamente al cuerpo; debido a ellas, podía vivir muchas horas sobre tierra, sin tener que retornar al océano.
La agitación se calmó lentamente y el conferenciante prosiguió:
-Uno de los objetos más desconcertantes entre los hallados en el Tercer Planeta era un recipiente metálico plano que contenía una gran cinta de material plástico transparente, perforado por los bordes y arrollado apretadamente formando un carrete. Esa cinta transparente pareció al principio estar desprovista de rasgos característicos, pero al ser examinada con el nuevo microscopio subelectrónico se vio que no era así. A lo largo de la superficie del material, e invisibles a nuestros ojos, pero perfectamente definidas bajo una radiación adecuada, hay literalmente miles de pequeñas imágenes. Se cree que fueron impresas sobre el material por algún procedimiento químico, y que se han desvanecido al correr el tiempo.
»Tales imágenes forman, al parecer, un documento de la vida tal como era sobre el Tercer Planeta en el apogeo de su civilización. No son independientes; imágenes consecutivas son casi idénticas, difiriendo solamente en detalles de movimiento. El objeto de tal grabación es obvio; solamente se requiere proyectar las escenas en rápida sucesión para crear la ilusión de un movimiento continuo. Hemos construido una máquina para hacerlo, y aquí tengo una reproducción exacta de la serie de imágenes.
»Las escenas que ahora van a contemplar, nos transportan a muchos miles de años atrás, a los grandes días del planeta hermano. Presentan una civilización muy compleja, muchas de cuyas actividades sólo podemos comprender vagamente. La vida parece haber sido muy violenta y muy enérgica, y mucho de lo que verán, es bastante desconcertante.
»Es evidente que el Tercer Planeta estaba habitado por cierto número de especies, ninguna de las cuales era reptil. Eso es un golpe para nuestro orgullo, pero la conclusión es inevitable. El tipo de vida dominante parece haber sido un bípedo de dos brazos, que caminaba erguido y cubría su cuerpo con una especie de material flexible, seguramente para resguardarse contra el frío, ya que incluso antes de la Edad de Hielo aquel planeta estaba a una temperatura muy inferior a la de nuestro propio mundo.
»Pero no quiero abusar más de vuestra paciencia. Ahora verán la grabación de la que les he estado hablando.
Una brillante luz salió del proyector. Se oyó un suave zumbido, y aparecieron sobre la pantalla cientos de extraños seres que se movían algo rígidamente de un lado a otro. La imagen se ensanchó para abarcar a una de aquellas criaturas, y los científicos pudieron comprobar que la descripción del Historiador había sido correcta. La criatura poseía dos ojos, colocados bastante juntos, pero los demás adornos faciales resultaban algo confusos. Había un gran orificio en la parte inferior de la cabeza que estaba continuamente abriéndose y cerrándose, y que posiblemente estaba en cierto modo relacionado con la respiración de la criatura.
Los científicos contemplaron fascinados cómo aquellos extraños seres se veían complicados en una serie de aventuras fantásticas. Había una lucha increíblemente violenta con otra criatura algo diferente. Parecía cierto que ambos debían resultar muertos, pero no; al terminar, ninguno de los dos parecía haber sufrido nada. Luego venía una furiosa carrera sobre kilómetros de campo en un artefacto mecánico de cuatro ruedas capaz de extraordinarias hazañas de locomoción. La carrera terminaba en una ciudad llena de otros vehículos que se movían en todas direcciones a velocidades de espanto. Nadie se sorprendió al ver que dos de las máquinas chocaban de frente, con resultado devastador.
Después de aquello, los acontecimientos resultaban aún más complicados. Era evidente que se requerirían muchos años de investigación para analizar todo lo que allí ocurría. Se comprendía también claramente que aquello era una obra de arte, algo estilizada, más bien que una reproducción exacta de la vida tal como había sido sobre el Tercer Planeta.
Cuando terminó la sucesión de imágenes, la mayor parte de los científicos estaban anonadados. Había una ráfaga final de movimiento, durante la cual la criatura que había sido el centro del interés, se veía envuelta en una catástrofe tremenda, pero incomprensible. La imagen se contrajo hasta quedar reducida a un círculo, centrado en la cabeza de aquella criatura. La última escena era la imagen ampliada de su cara, que evidentemente expresaba alguna fuerte emoción, sin que pudiera adivinarse si era de rabia, pena, desafío, resignación, u otro sentimiento.
La imagen se desvaneció; por un instante aparecieron en la pantalla algunas letras, y luego todo terminó.
Durante varios minutos reinó un completo silencio, salvo por el susurro de las olas sobre la arena. Los científicos estaban demasiado anonadados para hablar. Aquella pasajera visión de la civilización de la Tierra había producido un efecto devastador sobre sus mentes. Y entonces comenzaron a hablar en pequeños grupos, comentando, primeramente en murmullos, y luego en voz más alta, a medida que aparecía más claro el significado de lo que acababan de ver. Luego el Historiador reclamó de nuevo su atención:
-Proyectamos ahora -comenzó-, un vasto programa de investigación para extraer de esa grabación toda la información posible. Ya se darán cuenta de los problemas planteados; especialmente los psicólogos se enfrentan con una tarea inmensa. Pero no dudo que tendremos éxito. Dentro de otra generación, ¿quién sabe lo que habremos llegado a saber de esa maravillosa raza? Antes de terminar, contemplemos nuevamente a nuestros remotos parientes, cuya sabiduría quizá sobrepasó la nuestra, pero de quienes tan poco ha sobrevivido.
Una vez más apareció sobre la pantalla la imagen final, inmóvil esta vez, pues se había detenido el proyector. Con un sentimiento semejante al respeto, los científicos contemplaron aquella estática figura del pasado, mientras a su vez el pequeño bípedo les contemplaba con su característica expresión de un mal genio arrogante.
Para siempre este sería el símbolo de la raza humana. Los psicólogos de Venus analizarían sus acciones y observarían todos sus movimientos hasta que pudiesen reconstruir su mente. Se escribirían sobre él miles de libros. Se idearían complicadas filosofías para explicar su comportamiento. Pero todo aquel trabajo, toda aquella investigación, sería en vano.
Quizá aquella solitaria y orgullosa figura de la pantalla sonreía sardónicamente a los científicos, que comenzaban su trabajo, interminable e inútil. Su secreto estaría seguro en tanto durase el universo, pues nadie conseguiría nunca leer el perdido lenguaje de la Tierra. Millones de veces en los siglos por venir, resplandecerían sobre la pantalla aquellas últimas palabras, y nadie adivinaría nunca su significado:
“Una Producción Walt Disney”.
RELATO 7.
ADIÓS, CORDERA
Leopoldo Alas (“Clarín”)
¡Eran tres, siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.
El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el césped.
Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que aplicado al oído parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo ignorado; ella no tenía curiosidad por entender lo que los de allá, tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba? Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio.
La Cordera, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella efectivamente, como cosa muerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse. Era una vaca que había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona, llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más sosegadas y doctrinales odas de Horacio.
Asistía a los juegos de los pastorcitos encargados de pastorearla, como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la Cordera, no se extralimitase, no se metiese por la vía del ferrocarril ni saltara a la heredad vecina. ¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!
Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y después sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca.
“El xatu (el toro), los saltos locos por las praderas adelante…, ¡todo eso estaba tan lejos!”
Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose; más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera. En Pinín y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después fue un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella emoción de contemplar la marcha vertiginosa, acompañada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas.
Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso era lo de menos: un accidente pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el prao Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol, a veces entre el zumbar de los insectos, la vaca y los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado, hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles y de las peñas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros, empezaban a brillar algunas estrellas en lo más oscuro del cielo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la dulce serenidad soñadora de la solemne y seria naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy estrepitosos, sentados cerca de la Cordera, que acompañaba el augusto silencio de tarde en tarde con un blanco son de perezosa esquila.
En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto, de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera recordaría a un poeta la zavala del Ramayana, la vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pausados y nobles movimientos, aire y contornos de ídolo destronado, Caído, contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios falso. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla.
Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura, y para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo.
En tiempos difíciles Pinín y Rosa habían hecho por la Cordera los imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva. Años atrás la Cordera tenía que salir a la gramática, esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y callejas de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino.
En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba y el narvaso para estrar el lecho caliente de la vaca faltaba también, a Rosa y a Pinín debía la Cordera mil industrias que le hacían más suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo de la nación y el interés de los Chintos, que consistía en robar a las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente indispensable para que el ternero subsistiese! Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de la Cordera, y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban el recental que, ciego y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita, diciendo, a su manera:
-Dejad a los niños y a los recentales que vengan a mí.
Estos recuerdos. Estos lazos son de los que no se olvidan. Añádase a todo que la Cordera tenía la mejor pasta de vaca sufrida del mundo. Cuando se veía emparejada bajo el yugo con cualquier compañera, fiel a la gamella, sabía meter su voluntad a la ajena, y horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida, en incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra.
Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un corral propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera vaca, la Cordera. y no pasó de ahí: antes de poder comprar la segunda se vio obligado, para pagar atrasos al amo, el dueño de la casería que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de sus entrañas, la Cordera, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos años de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas de maíz. Ya Chinta, musa de la economía en aquel hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, señalándola como salvación de la familia.
“Cuidadla; es vuestro sustento”. Parecían decir los ojos de la pobre moribunda, que murió extenuada de hambre y de trabajo. El amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera; el regazo, que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba al calor de la vaca, en el establo, y allá en el Somonte. Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta necesaria no había que decir palabra a los niños. Un sábado de julio, al ser de día, de mal humor, Antón echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante sin más atavío que el collar de esquila. Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes. El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la Cordera. “Sin duda, mío pá la había llevado al xatu.” No cabía otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana; creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos acababa por perderlos pronto, sin saber cómo ni cuándo.
Al oscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. El padre no dio explicaciones, pero los hijos adivinaron el peligro.
No había vendido porque nadie había querido llegar al precio que a él se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se abroquelaba. Hasta el último momento del mercado estuvo Antón de Chinta en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. “No se dirá -pensaba- que yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la Cordera en lo que vale.” Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo, volvió a emprender el camino par la carretera de Candás, adelante, entre la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias.
En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el de Chinta a quedarse sin la Cordera: un vecino de Carrió que le había rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le dio el último ataque, algo borracho.
El de Carrió subía, subía, luchando entre la codicia y el capricho de llevar la vaca. Antón, como una roca. Llegaron a tener las manos enlazadas, parados en medio de la carretera, interrumpiendo el paso… Por fin la codicia pudo más; el pico de los cincuenta los separó como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tiró por su lado; Antón, por una calleja que, entre madreselvas que aún no florecían y zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.
Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio.
El amo no esperaba más. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle.
El sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carne, que eran los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila. Detrás caminaban Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.
“¡Se iba la vieja!”, pensaba con el alma destrozada Antón el huraño.
“¡Ella será una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela!”
Aquellos días, en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Cordera, que ignoraba su suerte, descansaba y pacía como siempre, sub specie aeternitatis, como descansaría y comería un minuto antes de que el brutal porrazo 1a derribase muerta. Pero Rosa y Pinín yacían desolados, tendidos sobre la hierba, inútil en adelante. Miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. Era aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado y por otro, el que les llevaba su Cordera.
El viernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el comisionado, y se sacó a la quintana la Cordera. Antón había apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tantos y tantos xarros de leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz… Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho, recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral oscuro.
Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera, que iba de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que separarse. Antón, malhumorado, clamaba desde casa:
-¡Bah, bah, neños, acá vos digo; basta de pamemes! -así gritaba de lejos el padre, con voz de lágrimas.
Caía la noche; por la calleja oscura, que hacían casi negra los altos setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tintán pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas.
-¡Adiós, Cordera! -gritaba Rosa deshecha en llanto-. ¡Adiós, Cordera de mío alma!
-¡Adiós, Cordera! -repetía Pinín, no más sereno.
-Adiós -contestó por último, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de julio en la aldea-.
Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa fueron al prao Somonte. Aquella soledad no lo había sido nunca para ellos triste; aquel día, el Somonte sin la Cordera parecía el desierto.
De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos, vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas, miraban por aquellos tragaluces.
-¡Adiós, Cordera! -gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca abuela.
-¡Adiós, Cordera! -vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren, que volaba camino de Castilla.
Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo:
-La llevan al Matadero… Carne de vaca, para comer los señores, los indianos.
-¡Adiós, Cordera! -¡Adiós, Cordera!
-Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía, el telégrafo, los símbolos de aquel mundo enemigo que les arrebataba, que les devoraba a su compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones . . . -¡Adiós, Cordera! . . .
-¡Adiós, Cordera! . .
Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín que, por ser, era como un roble.
Y una tarde triste de octubre, Rosa en el prao Somonte, sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera, multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.
Pinín, con medio cuerpo afuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba exclamando. como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:
-Adiós, Rosa! . . . ¡Adiós, Cordera!
-¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mío alma! ….
“Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos: carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas.”
Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba así la pobre hermana viendo el tren perderse a lo lejos, silbando triste, con silbidos que repercutían los castaños, las vegas y los peñascos…
¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí, que era un desierto el prao Somonte.
-¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!
Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh!. bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado como un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte.
En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:
-¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!
NOTAS:
Narvaso: Cañas y hojas de maíz, sin las mazorcas, con que se alfombraba el suelo de tierra.
Estrar: cubrir o alfombrar el suelo.
Nación: La cría recién nacida.
Gamella: Pareja o yunta de animales -casi siempre bovinos- para arar los campos y uncidos por el yugo.
Pá: papá.
Corrada: Corral o cercado delantero de una casa campesina.
Cucho:: estiércol o excremento del animal.
RELATO 8.
UN CUENTO DE REYES
Ignacio Aldecoa
El ojo del negro es el objetivo de una máquina fotográfica. El hambre del negro es un escorpioncito negro con los pedipalpos mutilados. El negro Omicrón Rodríguez silba por la calle, hace el visaje de retratar a una pareja, siente un pinchazo doloroso en el estómago. Veintisiete horas y media sin comer; doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar; la mayoría de las de su vida, silbando.
Omicrón vivía en Almería y subió, con el calor del verano pasado, hasta Madrid. Subió con el termómetro. Omicrón toma, cuando tiene dinero, café con leche muy oscuro en los bares de la Puerta del Sol; y copas de anís vertidas en vasos mediados de agua, en las tabernas de Vallecas, donde todos le conocen. Duerme, huésped, en una casita de Vallecas, porque a Vallecas llega antes que a cualquier otro barrio la noche. Y por la mañana, muy temprano, cuando el sol sale, da en su ventana un rayo tibio que rebota y penetra hasta su cama, hasta su almohada. Omicrón saca una mano de entre las sábanas y la calienta en el rayo de sol, junto a su nariz de boxeador principiante, chata, pero no muy deforme.
Omicrón Rodríguez no tiene abrigo, no tiene gabardina, no tiene otra cosa que un traje claro y una bufanda verde como un lagarto, en la que se envuelve el cuello cuando, a cuerpo limpio, tirita por las calles. A las once de la mañana se esponja, como una mosca gigante, en la acera donde el sol pasea sólo por un lado, calentando a la gente sin abrigo y sin gabardina que no se puede quedar en casa, porque no hay calefacción y vive de vender periódicos, tabaco rubio, lotería, hilos de nylon para collares, juguetes de goma y de hacer fotografías a los forasteros.
Omicrón habla andaluza y onomatopéyicamente. Es feo, muy feo, feísimo, casi horroroso. Y es bueno, muy bueno; por eso aguanta todo lo que le dicen las mujeres de la boca del Metro, compañeras de fatigas.
—Satanás, muerto de hambre, ¿por qué no te enchulas con la Rabona?
—No me llames Satanás, mi nombre es Omicrón.
—¡Bonito nombre! Eso no es cristiano. ¿Quién te lo puso, Satanás?
—Mi señor padre.
—Pues vaya humor. ¿Y era negro tu padre?
Omicrón miraba a la preguntante casi con dulzura:
—Por lo visto.
De la pequeña industria fotográfica, si las cosas iban bien, sacaba Omicrón el dinero para sustentarse. Le llevaban veintitrés duros por la habitación alquilada en la casita de Vallecas. Comía en restaurantes baratos platos de lentejas y menestras extrañas. Pero días tuvo en que se alimentó con una naranja, enorme, eso sí, pero con una sola naranja.
Y otros en que no se alimentó.
Veintisiete horas y media sin comer y doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar, son muchas horas hasta para Omicrón. El escorpión le pica una y otra vez en el estómago y le obliga a contraerse. La vendedora de lotería le pregunta:
—¿Qué, bailas?
—No, no bailo.
—Pues, chico, ¡quién lo diría!, parece que bailas.
—Es el estómago.
—¿Hambre?
Omicrón se azoró, poniendo los ojos en blanco, y mintió:
—No, una úlcera.
—¡Ah!
— ¿Y por qué no vas al dispensario a que te miren?
Omicrón Rodríguez se azoró aún más:
—Sí tengo que ir, pero…
—Claro que tienes que ir, eso es muy malo. Yo sé de un señor, que siempre me compraba, que se murió de no cuidarla.
Luego añadió, nostálgica y apesadumbrada:
—Perdí un buen cliente.
Omicrón Rodríguez se acercó a una pareja que caminaba velozmente.
—¿Una foto? ¿Les hago una foto?
La mujer miró al hombre y sonrió:
—¿Qué te parece, Federico?
—Bueno, como tú quieras…
—Es para tener un recuerdo. Sí, háganos una foto.
Omicrón se apartó unos pasos. Le picó el escorpioncito. Por poco le sale movida la fotografía. Le dieron la dirección: Hotel…
La vendedora de lotería le felicitó:
—Vaya, has empezado con suerte, negro.
—Sí, a ver si hoy se hace algo.
—Casilda, ¿tú me puedes prestar un duro?
—Sí, hijo, sí; pero con vuelta.
—Bueno, dámelo y te invito a un café.
—¿Por quién me has tomado? Te lo doy sin invitación.
—No, es que quiero invitarte.
La vendedora de lotería y el fotógrafo fueron hacia la esquina. La volvieron y se metieron en una pequeña cafetería. Cucarachas pequeñas, pardas, corrían por el mármol donde estaba asentada la cafetera exprés.
—Dos con leche.
Les sirvieron. En las manos de Omicrón temblaba el vaso alto, con una cucharilla amarillenta y mucha espuma. Lo bebió a pequeños sorbos. Casilda dijo:
—Esto reconforta, ¿verdad?
—Sí
El «sí» fue largo, suspirado.
Un señor, en el otro extremo del mostrador, les miraba insistentemente. La vendedora de lotería se dio cuenta y se amoscó.
—¿Te has fijado, negro, cómo nos mira aquel tipo? Ni que tuviéramos monos en la jeta. Aunque tú, con eso de ser negro, llames la atención, no es para tanto.
Casilda comenzó a mirar al señor con ojos desafiantes. El señor bajó la cabeza, preguntó cuánto debía por la consumición, pagó y se acercó a Omicrón:
—Perdonen ustedes.
Sacó una tarjeta del bolsillo.
—Me llamo Rogelio Fernández Estremera, estoy encargado del Sindicato del… de organizar algo en las próximas fiestas de Navidad.
—Bueno —carraspeó—, supongo que no se molestará. Yo le daría veinte duros si usted quisiera hacer el Rey negro en la cabalgata de Reyes.
Omicrón se quedó paralizado.
—¿Yo?
—Sí, usted. Usted es negro y nos vendrá muy bien y, si no, tendremos que pintar a uno, y cuando vayan los niños a darle la mano o besarle en el reparto de juguetes se mancharán. ¿Acepta?
Omicrón no reaccionaba. Casilda le dio un codazo:
—Acepta, negro, tonto… Son veinte «chulís» que te vendrán muy bien.
El señor interrumpió:
—Coja la tarjeta. Lo piensa y me va a ver a esta dirección. ¿Qué quieren ustedes tomar?
—Yo, un doble de café con leche —dijo Casilda—, y éste, un sencillo y una copa de anís, que tiene esa costumbre.
El señor pagó las consumiciones y se despidió.
—Adiós, píenselo y venga a verme.
Casilda le hizo una reverencia de despedida.
—Orrevuar, caballero. ¿Quiere usted un numerito del próximo sorteo?
—No, muchas gracias, adiós.
Cuando desapareció el señor, Casilda soltó la carcajada.
—Cuando cuente a las compañeras que tú vas a ser Rey, se van a partir de risa.
—Bueno, eso de que voy a ser Rey… —dijo Omicrón.
Omicrón Rodríguez apenas se sostenía en el caballo. Iba dando tumbos.
Le dolían las piernas. Casi se mareaba. Las gentes, desde las aceras, sonreían al verle pasar. Algunos padres alzaban a sus niños.
—Mírale bien, es el rey Baltasar.
A Omicrón Rodríguez le llegó la conversación de dos chicos:
—¿Será de verdad negro o será pintado?
Omicrón Rodríguez se molestó. Dudaban por primera vez en su vida si él era blanco o negro, y precisamente cuando iba haciendo de Rey.
La cabalgata avanzaba. Sentía que se le aflojaba el turbante. Al pasar cercano a la boca del Metro, donde se apostaba cotidianamente, volvió la cabeza, no queriendo ver reírse a Casilda y sus compañeras. La Casilda y sus compañeras estaban allí, esperándole; se adentraron en la fila; se pusieron frente a él y, cuando esperaba que iban a soltar la risa, sus risas guasonas, temidas y estridentes, oyó a Casilda decir:
—Pues, chicas, va muy guapo, parece un rey de verdad.
Luego, unos guardias las echaron hacia la acera.
Omicrón Rodríguez se estiró en el caballo y comenzó a silbar tenuemente.
Un niño le llamaba, haciéndole señas con la mano:
—¡Baltasar, Baltasar!
Omicrón Rodríguez inclinó la cabeza solemnemente. Saludó.
—¡Un momento, Baltasar!
Los flashes de los fotógrafos de prensa lo deslumbraron.
RELATO 9.
EL DESVÁN DE LAS MARAVILLAS
Fernando Molero Campos
Cuando murió el abuelo de unas fiebres contraídas en una recóndita selva sudamericana, aguijoneado por un insecto o la punta envenenada de un minúsculo dardo salvaje, legó a Jacobo, su único nieto, el más preciado de sus tesoros: el desván de la casa familiar con todas sus pertenencias.
La abuela lo enterró como debe enterrarse a los grandes hombres, con todos los honores: féretro en calesa tirada por cuatro caballos percherones, un par de mozos vestidos de alguaciles custodiándolo y el esquema de una banda de música compuesta por una trompeta, un trombón, un clarinete, una tuba y un bombo con la badana gastada de tanto aporreo. Por nada quería la buena mujer quebrar sus ilusiones en el tránsito de éste al otro mundo; y celebrar una ceremonia fúnebre vulgar y al uso sería reconocer en público la chifladura de aquel aventurero que apenas salía de casa.
Jacobo recibió las llaves del desván de unas manos que eran hueso y puro pellejo sin brillo. Los dedos largos del abuelo acariciaron su palma al hacerle la entrega. Ahí está todo cuanto necesitas para ser feliz, le dijo con el guiño de un ojo cansado y la sonrisa de quien ha visto suficientes maravillas como para dejar que la muerte le gane el pulso a la vida.
Acababa de cumplir Jacobo catorce años y ya se advertían en su cuerpo algunas de las mutaciones propias de la adolescencia. Los pies, atrapados en unas malolientes deportivas, semejaban por su tamaño a los de un troll, los brazos le colgaban a la manera de un simio, el pecho se le hundió como isla ahogada por las aguas de un océano, la nariz creció cercada por la orografía lunar de un mar de espinillas y la voz le cambió tanto que cuando abría la boca las palabras le salían con la consistencia del plomo. Por no hablar de aquellos cambios que le despertaban algunas noches bañado en sudor y con el pantalón del pijama manchado por la inexplicable gracia de una polución nocturna.
Nadie lo felicitó por aquella singular herencia. Todos en la familia temían que el chico contrajera la misma enfermedad que el abuelo, un mal sin cura para el que los doctores no habían inventado un nombre, pero que ellos calificaban como una enfermiza imaginación que acarreaba no distinguir con nitidez las fronteras entre la fantasía y la realidad.
La primera vez que el muchacho introdujo la llave en la cerradura del desván y entornó la puerta, un intenso tufo a tierra húmeda, a nubes de algodón rosa, a niebla, a agua salada y rescoldos de un fuego a medio apagar inundó sus fosas nasales. Jamás había olido nada igual. Entró y cerró por dentro.
Del techo pendía una lámpara con forma de globo que servía de tálamo y tramoya de arañas. El suelo, cubierto de alfombras, acogía objetos de variopinta procedencia, desde ánforas rescatadas de un naufragio anterior al mismísimo Cristo hasta huérfanas lámparas sin genio o katanas de aguerridos samuráis. En el centro de la habitación, un baúl recamado de barroca piel repujada y remaches herrumbrosos recibía el lánguido haz de luz de la lámpara polvorienta. De una de las paredes colgaba un gran mapamundi de varios siglos de antigüedad, adherido a una superficie de madera. De otra, una colorista representación de una inconmensurable galaxia. Jacobo abrió el baúl esperando encontrar una suma incalculable de pequeños cachivaches, pero sólo dos libros que pesaban una tonelada cada uno, una colección de bonitos cuadernos de pastas duras y hojas blancas como la nieve no hollada y una estilográfica dorada lo saludaron desde el fondo. Los cuadernos estaban inmaculados, sin estrenar, y en la portada de uno de los volúmenes leyó: Las más grandes maravillas al alcance de los hombres; el otro rezaba: Seres inolvidables: desde los cazadores prehistóricos de mamuts hasta los alienígenas violetas del planeta Wroclaw.
Tras el primer registro, Jacobo echó un vistazo a su alrededor con más detenimiento. Un aleteo en el mapamundi reclamó su atención. Se acercó hasta que pudo ver, clavado en algún lugar de la Cuenca del Amazonas, un pequeño dardo terminado en una vistosa cola de plumas multicolores. ¿No es ahí donde el abuelo dijo que le habían comenzado las fiebres?, se preguntó. Arrancó el dardo del panel y separándose de la pared, a modo de juego, lo lanzó al azar sobre la imagen plana de nuestro planeta. El dardo silbó en el aire como una exótica ave canora y fue a clavarse en un lugar de la lejana Islandia. Atraído por una fuerza invisible, el chico se aproximó al mapa y leyó el nombre de Arnastapi; luego la mente se le nubló, como presa de un sueño hipnótico o algo parecido. Se vio trasladado a un inhóspito paraje en el que hubo de luchar contra un gigante al que derrotó, después de sustraerle una de las piedras que conformaban la pétrea anatomía de sus extremidades inferiores. El gigante cayó de bruces al suelo, convertido de inmediato en un amasijo de pedruscos informes. Tras la derrota del enemigo regresó la conciencia. El muchacho dio un respingo, como si fuera a ser aplastado por una mole rocosa y fue a dar con su cuerpo junto al baúl. Tomó el primer libro y buscó Arnastapi. Después abrió un cuaderno por la primera hoja y escribió: Hoy he viajado a Arnastapi. Los acantilados rebosaban de gaviotas que han volado hacia mí con su batir de alas y su poseso piar. Detrás de ellas apareció la estatua viviente del semidiós vikingo Bárður Snæfellsás, protector del glaciar Snæfellsjökull. Utilicé mi ingenio para acabar con su amenaza. Me siento más vivo y feliz que nunca, como si hubiera madurado años en unos minutos.
Sus padres y la abuela lo esperaban al pie de la escalera cuando bajó. ¿Qué tal te ha ido?, preguntó el padre. ¿Has encontrado algo que te resulte agradable, cariño?, se interesó la madre. ¿Has sentido el espíritu del abuelo en esas cuatro paredes?, preguntó la abuela. Jacobo respondió: Bien, muchas cosas y sí, creo que sí, abuela, y se retiró a su cuarto. Quería llamar por teléfono a Marta para preguntarle por el examen del próximo jueves. Quedaron para estudiar el día de antes.
Marta era una compañera de clase por la que se sentía especialmente atraído. Se conocían desde niños. El miércoles por la tarde, aprovechando la ausencia de sus padres y la abuela, que andaban todavía de papeleos y notaría, la invitó a subir al desván. En la mesa de su habitación olvidaron en un ordenado caos los ejercicios de análisis morfosintácticos y los libros abiertos por las páginas correspondientes a los diferentes complementos del verbo.
¡Qué lugar más raro!, dijo la muchacha nada más entrar. ¡Y qué olor! Jacobo le enseñó los libros y lo que había escrito ya en el primer cuaderno. Luego, tomándola de la mano, le pidió que lanzara el dardo a cualquiera de las paredes. Ella pensó que se trataba de un juego tonto y él tuvo que insistir. Finalmente, accedió tirando el dardo de mala gana sobre aquélla en la que se encontraba la galaxia. Una súbita somnolencia se apoderó de su cuerpo. Se desmayó en los brazos de Jacobo. Al instante, como si regresara de un larguísimo viaje, Marta abrió los ojos. Rebosaban de asombro y felicidad. Con la cabeza recostada en su regazo le contó su aventura al amigo. Había viajado a un planeta piramidal gobernado por un tirano al que con ayuda de los seres trimétricos que lo habitaban consiguió derrocar. ¿Ha sido real o sólo una ilusión?, preguntó. No lo sé, respondió Jacobo justo antes de besarla. La deseaba con locura. Le desabrochó la camisa y el sujetador y acarició sus pechos tiernos a la manera artesanal en que un panadero amasa el pan para hornearlo. Y si no pasó a mayores no fue por falta de ganas, sino porque el río detenido tras la tela del pantalón se le derramó sin que viera el mar.
Cuando Marta se marchó, él regresó al desván y escribió en otro cuaderno distinto: Marta ha viajado hoy por primera vez a una lejana galaxia. En el planeta Polidros, como una heroína de tebeo, ha librado a los aborígenes trimétricos, con tres extremidades, tres ojos, tres orejas… de la tiranía de Zakarus, un sátrapa que los esclavizaba en las minas de papironita, el mineral más preciado de su planeta.
En el examen de Lengua, Marta sacó un nueve y Jacobo un ocho por culpa de unos complicados complementos predicativos. En los de Geografía, Historia y Ciencias, sin embargo, sus notas, a partir de ese día, no bajaron nunca del diez.
Los chicos se hicieron mayores al tiempo que compartían viajes y algo más en el desván que el abuelo le legara a Jacobo. Cada uno de ellos, bien en solitario, bien juntos, quedó convenientemente registrado en aquellos cuadernos impolutos que se poblaron de relatos maravillosos cuyos protagonistas siempre eran ellos. Lo mismo sufrían los rigores térmicos de una pequeña aventura en el desierto de Atacama, enfrentados a una dotación experimental de la NASA, que corrían mil y un peligros en las volcánicas regiones de un astro llamado Amok; igual se las veían con cazadores furtivos y bestias salvajes en el vergel del Serengeti que con belicosos extraterrestres en las temibles guerras entre Xion y Quar.
Jacobo acabó convertido en profesor universitario, doctor y catedrático de Geografía e Historia, y Marta, que se decantó por estudiar Filología Románica y todo tipo de lenguas extranjeras -cuantas más mejor-, terminó trabajando de traductora simultánea en cuantos simposios internacionales se celebraban en la ciudad.
La abuela murió como suelen morir muchos ancianos, replegada en su propio cuerpo, arrugada como uva pasa, con la cabeza perdida y llamando en sus últimas horas al abuelo, al que se refirió como su amado, el único que sabía cómo hacerla feliz con sus cuentos. Tuvo una ceremonia menos exótica. Ni dóciles caballos, ni alguaciles, ni banda de música la acompañaron a la tumba. Gastos inútiles, alegaron los padres.
Ellos, después de que Jacobo decidiera casarse con Marta, le cedieron la vivienda. Aquel caserón era demasiado para dos viejos. Se compraron a precio de oro un pisito de dos dormitorios en el centro y se instalaron en él sin que mostraran, ni siquiera antes de irse, el más mínimo interés por los mundos que cada día visitaban su hijo y su nuera, y por las vidas intensas que vivían entre sus cuatro paredes.
No puede decirse que Jacobo y Marta no aplaudieran aquella decisión. Al fin estarían solos, sin que nadie les molestara, y se podrían entregar cuando quisieran a aquel vicio viajero. Pero a diferencia del abuelo, que supo compaginar con generosidad y equilibrio ambos mundos, a ellos los fue devorando un lento egoísmo y un afán desmesurado de conquista, de acción y recreación.
Al principio controlaban el tiempo empleado en aquellas aventuras; luego, poco a poco, buscaron mil y una excusas en sus respectivos trabajos para pasar cuanto más horas mejor en el desván.
Aunque a veces echaban de menos tener una familia al completo, alguien a quien algún día dejar en herencia el desván de las maravillas, se negaron los hijos para evitar interferencias. Hasta las esporádicas visitas de sus padres, que se fueron suspendiendo con el tiempo, les resultaban tediosas y molestas. Los padres de Jacobo murieron sin que el hombre que era ya sintiera la más mínima pena.
Sus vidas transcurrieron en un continuo peregrinar por todos los mundos conocidos y los que aún no lo eran. Los cuadernos rebosaban de mil y un relatos narrados al amparo de la memoria más inmediata. De cuando en cuando, a Marta y Jacobo les gustaba sentarse tranquilamente en sus tronos artúricos y leerse en voz alta historias antiguas que recreaban con el jovial entusiasmo de unos chiquillos con juguetes nuevos.
Pero como todo tiene su fin, y en aquellos universos del desván no había lugar para la eternidad, un accidente fortuito acabó con la vida de Marta sin que Jacobo pudiera hacer nada por salvarla. En cierta ocasión, el dardo de ella se clavó en la antigua Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates. En uno de los barrios más conflictivos de una devastada Bagdad, la posguerra era una intermitente contienda entre fuerzas dispares. La buena fortuna, que tanto les había sonreído en todos aquellos años, les abandonó. A Marta, una bala perdida le abrió el pecho en dos. Murió en brazos de Jacobo en el desván. Con lágrimas en los ojos, todavía con su cuerpo caliente abrazado escribió en el último cuaderno de ella: Hoy ha muerto Marta. Embarcada en un proyecto internacional de ayuda a la reconstrucción de un país destruido por las bombas, fue alcanzada por un proyectil del llamado fuego amigo. Su corazón, que era todo amor, ha quedado destrozado. Mi insustituible compañera de viaje se ha ido para siempre y yo me siento huérfano, vacío. Nunca pensé que esto pudiera suceder. Nos creíamos invencibles, inmortales.
Jacobo continuó con su dardo y sus peripecias vitales en aquellos otros mundos. Sin embargo, el entusiasmo casi juvenil de antaño se trocó en una especie de vertiginosa huida hacia delante, como si quisiera reencontrarse pronto con Marta allí donde estuviera. Tardó más de lo deseado, pero al fin encontró lo que buscaba. Y fue en el planeta Pritch, donde un virus que había mermado la población de alienígenas redondos y livianos como pompas de jabón, se le coló en su organismo y lo fue royendo por dentro, dejándolo sin defensas, apagándolo y muriéndolo lentamente, como cirio en procesión.
De vuelta en el desván, y con la certeza de que su fin estaba demasiado cerca, tuvo tiempo todavía de dejar por escrito noticia de su última aventura. Pritch está a millones de años luz de la Tierra. Sus habitantes son de un azulado traslúcido y flotan felices en su atmósfera. Al verme aparecer, asombrados por mi extraña apariencia, me han elevado a una categoría divina. Creen que soy la respuesta a sus plegarias. Se mueren. Un virus de origen desconocido está acabando con ellos. Me pidieron ayuda y yo traté de dársela con nulos resultados. Ahora yo también he contraído la enfermedad y me muero en este desván de las maravillas que mi abuelo me legó siendo un muchacho. Como no existen herederos, concedo a la divina providencia o a quien leyera estas palabras la potestad para continuar nuestras aventuras. No me arrepiento de nada. A mi manera, he sido muy feliz. Marta me espera. Adiós.
Alertados por los compañeros de trabajo, a los que no respondían al teléfono, y por los vecinos, que no los veían entrar o salir, las fuerzas del orden violentaron la cerradura, entraron en la casa y la registraron hasta dar con el desván. Allí hallaron los cuerpos en descomposición de un hombre y una mujer de unos cincuenta años.
Después de echar un vistazo, calibrar el valor de las piezas que en él había, hojear los libros y confiscar los cuadernos en los que habían quedado registrados todos los viajes de Jacobo y Marta, el inspector Tamayo, por mera curiosidad, se acercó a una de las paredes y vio el dardo clavado en algún lugar de un lejano astro. Como movido por una fuerza invisible a la que no se pudo negar, lo arrancó del panel, se retiró y lo arrojó con fuerza al tablero. De inmediato cayó en un profundo sueño hipnótico del que regresó unos segundos después, zarandeado por uno de sus subordinados al grito de ¿Se encuentra bien, jefe? ¿Le ocurre algo? El inspector Tamayo negó, aturdido todavía, con la cabeza. Sopesaba si sería buena idea o no contarles a sus hombres que había liberado a una especie de ninfa submarina de un monstruo tricéfalo que pretendía comérsela. A cambio, se limitó a decir No toquéis nada y averiguad a nombre de quién está la casa y quiénes son sus herederos.
En su libreta de anotaciones escribió desde un rincón del desván de las maravillas: Estamos ante un caso extraño. Hemos encontrado a un hombre y a una mujer muertos en el desván de su casa, rodeados de antigüedades y objetos curiosos. He lanzado un dardo a un gran cuadro del espacio y me he teletransportado a un país de ninfas, sirenas, centauros, grifos y monstruos mitológicos. Uno de ellos, una especie de gigante cancerbero, quería devorar a una chiquilla a la que tenía presa en sus garras. De tres certeros disparos he acabado con su vida. La ninfa me ha besado antes de arrojarse a un lago profundo en el que ha desaparecido. Jamás he sentido semejante felicidad. Hay otras vidas además de la anodina vida que llevo y están aquí, al alcance de mi mano.
Mientras impartía las últimas órdenes a sus subordinados, por su cabeza cruzó como un rayo la idea de que debía comprar aquella casa al precio que fuera.
RELATO 10.
ME ALQUILO PARA SOÑAR
Gabriel García Márquez
A LAS NUEVE de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.
Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa mañana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, casi niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso, del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían presentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:
—Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más te gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinios.
—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atragantó con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: “Sueño”. Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
—He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo que hubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Rangún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo te parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun, contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo, devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante, Y me dijo en voz muy baja:
—Hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.
—Sólo la poesía es clarividente —dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. —Me contó que había vendido sus propiedades de Austria y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. “Sigues tan atrevido como siempre”, me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
—A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena.
Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.
—Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
—Soñé con esa mujer que sueña —dijo.
Matilde quiso que le contara el sueño.
—Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
—Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado. —¿Ya está escrito?
—Si no está escrito se va a escribir alguna vez —le dije . Será uno de sus laberintos.
Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
—Soñé con el poeta —nos dijo.
Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
—Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. “No se imagina lo extraordinaria que era”, me dijo. “Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella”. Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista. que me permitiera una conclusión final.
—En concreto —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
—Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.
Marzo 1980.
RELATO 11.
LA LUZ ES COMO EL AGUA
García Márquez
En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un
muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de reinos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
-EI bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo
ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
-Felicitaciones -les dijo el papá -, ¿ahora qué?
-Ahora, nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada v fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el
padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.
-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro. Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían “El último tango en París”, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es una prueba de madurez -dijo.
-Dios te oiga -dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían “La Batalla de Argel”, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso , y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños. Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.
ESPANTOS DE AGOSTO
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
RELATO 12.
EL AVIÓN DE LA BELLA DURMIENTE
Gabriel García Márquez
Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambilias. “Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y, desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.
Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera.
Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que se demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. “Claro que sí”, me dijo. “Los imposibles son los otros”. Siguió con la vista fija en la pantalla de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no fumar.
-Me da lo mismo -le dije con toda intención-, siempre que no sea al lado de las once maletas.
Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
-Escoja un número -me dijo-:tres, cuatro o siete.
-Cuatro.
Su sonrisa tuvo un destello triunfal.
-En quince años que llevo aquí -dijo-, es el primero que no escoge el siete.
Marcó en la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
-¿Hasta cuándo?
-Hasta que Dios quiera -dijo con su sonrisa-. La radio anunció esta mañana que será la nevada más
grande del año.
Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, los vastos sementeras de Roissy devastados por los leones. Después del mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico, transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar.
A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. “Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería”, pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.
Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.
Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiano que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, v aun así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.
Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
-A tu salud, bella.
Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y límpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. “Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados”, pensé, repitiendo en la cresta de espumas, de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunarl Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.
-Quién iba a creerlo -me dije, con el amor propio exacerbado por la champaña-: Yo, anciano japonés a estas alturas.
Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, Y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del mío yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté de la dicha mezquina de no recogerlos.
Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran tan terribles los estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volví sobre mis pasos, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. “Carajo”, me dije, con un gran desprecio. “¡Por qué no nací Tauro!”. Despertó sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la amazonia de Nueva York.
junio 1982.
RELATO 13.
LEYENDA DEL ALBAÑIL Y EL TESORO ESCONDIDO
Anónima
Hace muchos años, vivió en Granada un maese albañil, tan buen creyente, que nunca dejaba de cumplir con los preceptos y festividades señalados por la religión cristiana. Pero su fe sufría una ruda prueba. Sus esfuerzos para conseguir trabajo sólo eran recompensados por un aumento de la pobreza y el hambre que pasaba, habitualmente, su numerosa familia.
Una noche, en uno de los pocos momentos que disfrutaba de felices sueños, fuertes golpes dados en la puerta de la mísera casucha lo arrancaron del camastro. Encendió un candil y corrió la tranca que aseguraba la entrada. Como por encanto, su mal humor se transformó en asombro y luego en terror.
Frente a él tenía a un monje que le pareció altísimo, cuyo rostro delgado y de una extrema palidez no alcanzaba a cubrir la oscura capucha.
-Vengo en tu busca -dijo el monje con voz cavernosa-, sabiendo que eres buen cristiano y que no te negarás a efectuar una tarea que no admite demora.
-Estoy a tus órdenes, buen padre -contestó el maese, algo repuesto de la impresión-, siempre que me pagues de acuerdo con el trabajo.
-Serás bien recompensado. No tendrás quejas, pero como el asunto requiere cierto secreto, me acompañarás con los ojos vendados.
Nada opuso a esta condición el albañil, ansioso como estaba de ganar algunos céntimos. Largo fue el andar por tortuosos caminos, hasta que el monje se detuvo ante la puerta de un sombrío caserón. Rechinó, la cerradura al abrir y gimieron los goznes al cerrar. Un intenso escalofrío sacudió el cuerpo del maese albañil cuando una mano lo tomó del brazo guiándolo a través de un silencioso pasaje. Al quitarle la venda se encontró en un gran patio, escasamente alumbrado.
-Aquí -dijo el monje señalando una fuente morisca- harás el trabajo. A tu lado están los materiales necesarios.
-¿Qué he de hacer, buen padre?
-Una pequeña bóveda, que tratarás de terminar esta noche.
La impresión aceleraba el ritmo de su tarea, pero ella requería más tiempo del calculado. El canto de los gallos anunciaba la cercanía del alba, cuando el monje, que no se había apartado de su lado, interrumpió la labor.
-Por esta noche es suficiente -dijo-; toma tu paga y deja que te vende los ojos. Te guiaré hasta tu casa.
El maese albañil no opuso reparo. Durante el camino de regreso no dejó de apretar la moneda de oro que le entregara el monje. Al llegar, éste le preguntó si al día siguiente estaba dispuesto a finalizar el trabajo.
-Vivo para eso, buen padre, pero espero que el pago sea igual al de hoy.
-Estaré aquí mañana a medianoche.
Y sin decir más, se perdió en la semioscuridad del amanecer. La impaciencia abrumó todo el día al albañil. La curiosidad atormentaba a su buena mujer. Pero de estas preocupaciones no participaba su numerosa prole, que no hacía otra cosa que comer, desquitándose del hambre de muchos meses.
Llegada la hora convenida y tomando las mismas precauciones de la noche anterior, volvió el albañil a continuar su obra. Al poner término al trabajo, el monje, cuya voz sonaba más cavernosa, dijo:
-Sólo falta que me ayudes a traer los bultos que has de enterrar en esta bóveda.
Un nuevo escalofrío sacudió al albañil. La sospecha de que su trabajo se relacionaba con algún asunto macabro lo inmovilizó unos instantes. Sintió erizársele los cabellos. Gruesas gotas de sudor perlaron su frente. Fue necesario un nuevo pedido del religioso para que sus piernas, sacudidas por violentos temblores, pudieran arrastrarlo hasta la última
habitación de la casa.
Allí, recién el aliento volvió a su alma. Contra lo que esperaba, sólo vio en un rincón cuatro cofres destinados a guardar dinero. Grandes fueron los esfuerzos que debieron realizar para arrastrarlos hasta la bóveda. Una vez depositados allí, fácil resultó cerrarla, cuidando de borrar las señales que delataran su trabajo.
Después de entregarle dos monedas de oro, vendarle los ojos y conducirlo por un camino mucho más largo que las veces anteriores, el monje, antes de desaparecer, murmuró a su oído:
-Detente aquí y espera a que suenen las campanas de la Catedral. Una terrible desgracia caerá sobre ti y sobre tu familia si antes te vence la curiosidad.
Para que ello no ocurriera, grato entretenimiento se proporcionó el albañil con el alegre tintinear de las monedas de oro. Una vez que sonaron las campanas y pudo arrancarse la venda, se encontró a orillas de un ría, desde donde le era fácil volver a su casa.
La alegría del buen comer sólo alcanzó a durar dos semanas. Falto nuevamente de dinero y trabajo, su familia volvió a caer en el más mísero estado.
Pasaron así algunos meses. Un atardecer estaba sentado frente a su destartalada casa reflexionando sobre su mala suerte, cuando una discreta tosecilla lo trajo a la realidad. Reconoció en el que interrumpía sus meditaciones a uno de los viejos más ricos y avaros que habitaban en la ciudad.
-Parece, maese albañil, que no te sonríe la fortuna -dijo el anciano con
voz chillona.
-Así es, señor; malos son los tiempos que corren.
-Entonces, tomarás a bien que te ayude con un trabajillo, siempre está, que me cobres barato.
-En cuanto a eso, no tenga temor, no hay en Granada quien trabaje por menos precio.
-Por eso te busco, buen hombre. Necesito que me remiendes una casa en forma suficiente como para que no se venga abajo.
-Quedo a sus órdenes, señor.
-Mañana al amanecer, te vendré a buscar y empezarás tu trabajo.
Al día siguiente, el viejo avaro llevó al albañil a un caserón al que apenas sostenían las paredes. Después de recorrer las habitaciones fijando las reparaciones necesarias, llegaron a un patio cuyo centro adornaba una fuente morisca. El albañil se detuvo, meditando, al parecer, sobre el precio que debía cobrar por su trabajo.
-Quien habitó aquí -dijo a modo de comentario- se contentaba con bien poco.
-Era suficiente para mi inquilino, un viejo y mísero clérigo, muerto hace algunos meses -explicó el avaro-. Se le creía dueño de una gran fortuna, pero, como sabrás, las apariencias engañan. Lo mismo dicen de mí, porque tengo dos arruinadas fincas.
-Mucho es lo que hay que hacer y largo el tiempo a emplear. Creo haber encontrado una solución. -Siempre que ella no aumente el precio.. .
-Por el contrario. Lo mejor será que habite esta casa mientras la reparo: yo me ahorro el alquiler y usted la mano de obra.
La alegría del propietario no tuvo límites. El arreglo le resultaba en esa forma mucho más barato de lo calculado. Al día siguiente los viejos y escasos muebles del albañil fueron trasladados al derruido caserón. Con la mudanza pareció cambiar la suerte de la familia. El hambre huyó de la casa. A la antigua pobreza la reemplazó un bienestar que aumentaba con el tiempo. Tal situación convirtió al maese albañil en propietario de varias fincas, entre las que se incluía el viejo caserón. La Iglesia recibió importantes donaciones. Los pobres, generosa ayuda. Por largos años gozó de sus riquezas y el aprecio de los habitantes de Granada.
Un día, sintiendo que la vida lo abandonaba, llamó a su hijo mayor.
-Eres mi heredero -dijo- y por lo tanto depositario del secreto de nuestra fortuna.
-Si es tu deseo, padre mío -respondió el hijo, cuya pena no alcanzaba a borrar la visión del dinero-, te escucho.
Y con voz que parecía un murmullo, el antiguo albañil contó a su primogénito cómo la casualidad lo había llevado al sitio en que había enterrado un tesoro, y del cual solamente había gastado una tercera parte.
RELATO 14.
UN ARTISTA
Manuel Mújica Láinez
En la “Hostería de la Manzana de Adán” tenían sus cuarteles unos cuantos literatos y desocupados que solían ir a filosofar frente a su bien abastecida chimenea. Era un viejo mesón cuyas paredes morunas, blanqueadas con cal, brillaban a la luz de la luna.
Allí, entre el humo de las pipas y el chocar de los vasos, los bohemios hacían derroche de espíritu y buen humor. Una vez, por mera curiosidad, visité dicho establecimiento.
El interior constaba de una sala en la que cabrían hasta veinte mesas. A la luz vaga de los candelabros, apenas se advertían los rostros de los jubilosos escritores; pero sonoras carcajadas delataban su presencia. Recuerdo que llamó mi atención un hombre que, con aristocrático desdén, no parecía querer unirse a los demás.
La luz vacilante de un cirio le daba de lleno en el rostro, en el que ponía largas pinceladas de oro. Era alto y fino. Evocaba los lienzos borrosos de Holbein y de los maestros flamencos.
Los lacios cabellos y la barba rubia le prestaban cierto parecido con San Juan Evangelista. Pero lo que más me impresionó fueron sus ojos, maravillosamente puros y azules, llenos de dulzura. Estaba de pie, apoyado contra el dintel de una puerta, y fumaba lentamente en una larga pipa de porcelana alemana. Ignoro de qué modo trabé relación con él. Como por artes mágicas me vi sentado frente a él, ante una mesa en que brillaban dos gruesos vasos de cerveza.
Me fijé, entonces, en su raído traje y en la corbata romántica, anudada con despreocupación, y pensé: un poeta. Era un pintor. Así me lo dijo mientras que, en el desvencijado pianillo, una mujer de grandes ojos rasgados comenzó a tocar un nocturno de Chopin.
Se apagaron los profanos murmullos. Suavemente, con voz musical que parecía seguir el ritmo doloroso del Nocturno, mi pintor habló. Pertenecía a la escuela de los artistas que quieren revivir en sus telas el arte muerto de Bizancio. Con los ojos cerrados, acariciándose la barba, narró el fasto de las opulentas ciudades de Teodora.
Fue un verdadero friso, un bajorrelieve, el que puso ante mis ojos deslumbrados.
Y había en él patriarcas severos, emperadores indolentes y cortesanas suntuosas, envueltos todos en el fulgor extraño de las joyas. Los inmensos palacios de mármol y mosaicos se levantaban, piedra a piedra, en mi imaginación. Veía el brillo de las tierras y el de los pesados anillos en las manos imperiales. Athenais… Irene… Las cúpulas de las basílicas se erigían como metálicos yelmos sarracenos.
Hechizado, lo escuchaba yo. Este hombre era un artista. Un verdadero artista. Hablaba de su arte, de sus ideales, con religioso fervor, como puede un sacerdote hablar de su culto.
Luego, sin transición, fija la mirada en un punto inaccesible, el desconocido me contó su vida, azarosa y miserable. A pesar de su profundo conocimiento de la historia antigua y de sus notables estudios bizantinos, el triunfo no había coronado sus esfuerzos.
Ahora, indiferente, vivía su vida interior sin preocuparse de lo que lo rodeaba. Tenía una gran indulgencia para con todos y su única defensa contra las adversidades y el hastío era encogerse de hombros.
-Ahí tiene usted a esos pobres muchachos -me dijo, señalando un grupo de jóvenes melenudos-. No hay ni uno de ellos que valga y, sin embargo, véalos usted felices, alegres, llamándose “maestro” mutuamente… A veces, vienen y me leen sus versos.
En sus sienes las venas azules y bien marcadas se hinchaban. Yo miraba sus manos de marfil viejo que, exhaustas, descansaban sobre la mesa. Temblaron un poco sus labios finos y sonrió con amargura.
En ese instante, el San Juan Evangelista se borró por completo de mi mente. Me parecía mi interlocutor un soberano oriental, un sátrapa persa, despreocupado y lánguido, como esos cuyo perfil voluptuoso se esfuma suavemente en las viejas monedas de oro del Asia Menor.
Se levantó y me dio la mano. Partía. Me dijo que se llamaba Diego Narbona y vivía allí cerca. Quedé solo en mi mesa. Allá lejos, la chimenea murmuraba su triste cantar.
El humo era tan espeso que parecía envolvernos una densa niebla. Del grupo de los jóvenes melenudos uno recitaba… Mon âme est une Infante en robe de parade. Yo pensaba en mi pintor. Lo veía revistiendo el manto imperial de Justiniano, y elevando, con las manos cargadas de anillos, una pesada diadema. Una mujer hermosísima, hincada ante él, aguardaba el instante solemne de la coronación. Y esa mujer era la Belleza.
Aux pieds de son fautiel allongés noblement, deux lévriers d’Ecosse aux yeux mélancoliques…
Alguien, con el pie, marcaba el fin de cada verso. Detrás del mostrador, la hostelera miraba con admiración a sus parroquianos. A veces sonreía, mostrando un diente negro.
Encima de una mesa descansaba un grueso Diccionario Enciclopédico, y un muchachito pecoso lo hojeaba lentamente, leyendo por lo bajo: “Asur… Asur… Asurbanipal…”
Despertándome bruscamente de un sueño recién comenzado, la puerta de entrada se abrió de par en par, y una mujer joven y bonita entró, llorando desesperadamente.
Su brazo sangraba.
-¿Otra vez aquí? -gruñó la mesonera de malhumor.
El más joven de los poetas se acercó a ella.
-¿Te ha pegado de nuevo? -dijo.
-Sí… Porque dejé que se quemara la tortilla…
Yo me aproximé. Parecíame imposible que un hombre pudiera maltratar a una mujer tan frágil… ¡Ah! Si mi amigo el pintor estuviera aquí, ¡cómo sabría consolarla! ¡Con qué suaves inflexiones de voz calmaría…! Compasivo, me acerqué más aún.
Ideas vengativas cruzaron por mi cerebro al verla tan bella, tan débil.
-¿Cómo se llama su marido? -rugí.
Ella levantó hacía mí sus ojos claros y azules que me recordaban otros dos ojos claros y azules, llenos de dulzura y pureza:
-Diego Narbona -me dijo…
FIN
RELATO 15.
BERNARDINO
Ana María Matute
Siempre oímos decir en casa, al abuelo y a todas las personas mayores, que Bernardino era un niño mimado.
Bernardino vivía con sus hermanas mayores, Engracia, Felicidad y Herminia, en “Los Lúpulos”, una casa grande, rodeada de tierras de labranza y de un hermoso jardín, con árboles viejos agrupados formando un diminuto bosque, en la parte lindante con el río. La finca se hallaba en las afueras del pueblo y, como nuestra casa, cerca de los grandes bosques comunales.
Alguna vez, el abuelo nos llevaba a “Los Lúpulos”, en la pequeña tartana, y, aunque el camino era bonito por la carretera antigua, entre castaños y álamos, bordeando el río, las tardes en aquella casa no nos atraían. Las hermanas de Bernardino eran unas mujeres altas, fuertes y muy morenas. Vestían a la moda antigua -habíamos visto mujeres vestidas como ellas en el álbum de fotografías del abuelo- y se peinaban con moños levantados, como roscas de azúcar, en lo alto de la cabeza. Nos parecía extraño que un niño de nuestra edad tuviera hermanas que parecían tías, por lo menos. El abuelo nos dijo:
-Es que la madre de Bernardino no es la misma madre de sus hermanas. Él nació del segundo matrimonio de su padre, muchos años después.
Esto nos armó aún más confusión. Bernardino, para nosotros, seguía siendo un ser extraño, distinto. Las tardes que nos llevaban a “Los Lúpulos” nos vestían incómodamente, casi como en la ciudad, y debíamos jugar a juegos necios y pesados, que no nos divertían en absoluto. Se nos prohibía bajar al río, descalzarnos y subir a los árboles. Todo esto parecía tener una sola explicación para nosotros:
-Bernardino es un niño mimado -nos decíamos. Y no comentábamos nada más.
Bernardino era muy delgado, con la cabeza redonda y rubia. Iba peinado con un flequillo ralo, sobre sus ojos de color pardo, fijos y huecos, como si fueran de cristal. A pesar de vivir en el campo, estaba pálido, y también vestía de un modo un tanto insólito. Era muy callado, y casi siempre tenía un aire entre asombrado y receloso, que resultaba molesto. Acabábamos jugando por nuestra cuenta y prescindiendo de él, a pesar de comprender que eso era bastante incorrecto. Si alguna vez nos lo reprochó el abuelo, mi hermano mayor decía:
-Ese chico mimado… No se puede contar con él.
Verdaderamente no creo que entonces supiéramos bien lo que quería decir estar mimado. En todo caso, no nos atraía, pensando en la vida que llevaba Bernardino. Jamás salía de “Los Lúpulos” como no fuera acompañado de sus hermanas. Acudía a la misa o paseaba con ellas por el campo, siempre muy seriecito y apacible.
Los chicos del pueblo y los de las minas lo tenían atravesado. Un día, Mariano Alborada, el hijo de un capataz, que pescaba con nosotros en el río a las horas de la siesta, nos dijo:
-A ese Bernardino le vamos a armar una.
-¿Qué cosa? -dijo mi hermano, que era el que mejor entendía el lenguaje de los chicos del pueblo.
-Ya veremos -dijo Mariano, sonriendo despacito-. Algo bueno se nos presentará un día, digo yo. Se la vamos a armar. Están ya en eso Lucas, Amador, Gracianín y el Buque… ¿Queréis vosotros?
Mi hermano se puso colorado hasta las orejas.
-No sé -dijo-. ¿Qué va a ser?
-Lo que se presente -contestó Mariano, mientras sacudía el agua de sus alpargatas, golpeándolas contra la roca-. Se presentará, ya veréis.
Sí: se presentó. Claro que a nosotros nos cogió desprevenidos, y la verdad es que fuimos bastante cobardes cuando llegó la ocasión. Nosotros no odiábamos a Bernardino, pero no queríamos perder la amistad con los de la aldea, entre otras cosas porque hubieran hecho llegar a oídos del abuelo andanzas que no deseábamos que conociera. Por otra parte, las escapadas con los de la aldea eran una de las cosas más atractivas de la vida en las montañas.
Bernardino tenía un perro que se llamaba “Chu”. El perro debía de querer mucho a Bernardino, porque siempre le seguía saltando y moviendo su rabito blanco. El nombre de “Chu” venía probablemente de Chucho, pues el abuelo decía que era un perro sin raza y que maldita la gracia que tenía. Sin embargo, nosotros le encontrábamos mil, por lo inteligente y simpático que era. Seguía nuestros juegos con mucho tacto y se hacía querer en seguida.
-Ese Bernardino es un pez -decía mi hermano-. No le da a “Chu” ni una palmada en la cabeza. ¡No sé cómo “Chu” le quiere tanto! Ojala que “Chu” fuera mío…
A “Chu” le adorábamos todos, y confieso que alguna vez, con mala intención, al salir de “Los Lúpulos” intentábamos atraerlo con pedazos de pastel o terrones de azúcar, por ver si se venía con nosotros. Pero no: en el último momento “Chu” nos dejaba con un palmo de narices y se volvía saltando hacia su inexpresivo amigo, que le esperaba quieto, mirándonos con sus redondos ojos de vidrio amarillo.
-Ese pavo… -decía mi hermano pequeño-. Vaya un pavo ese…
Y, la verdad, a qué negarlo, nos roía la envidia.
Una tarde en que mi abuelo nos llevó a “Los Lúpulos” encontramos a Bernardino raramente inquieto.
-No encuentro a “Chu” -nos dijo-. Se ha perdido, o alguien me lo ha quitado. En toda la mañana y en toda la tarde que no lo encuentro…
-¿Lo saben tus hermanas? -le preguntamos.
-No -dijo Bernardino-. No quiero que se enteren…
Al decir esto último se puso algo colorado. Mi hermano pareció sentirlo mucho más que él.
-Vamos a buscarlo -le dijo-. Vente con nosotros, y ya verás como lo encontraremos.
-¿A dónde? -dijo Bernardino-. Ya he recorrido toda la finca…
-Pues afuera -contestó mi hermano-. Vente por el otro lado del muro y bajaremos al río… Luego, podemos ir hacia el bosque. En fin, buscarlo. ¡En alguna parte estará!
Bernardino dudó un momento. Le estaba terminantemente prohibido atravesar el muro que cercaba “Los Lúpulos”, y nunca lo hacía. Sin embargo, movió afirmativamente la cabeza.
Nos escapamos por el lado de la chopera, donde el muro era más bajo. A Bernardino le costó saltarlo, y tuvimos que ayudarle, lo que me pareció que le humillaba un poco, porque era muy orgulloso.
Recorrimos el borde del terraplén y luego bajamos al río. Todo el rato íbamos llamando a “Chu”, y Bernardino nos seguía, silbando de cuando en cuando. Pero no lo encontramos.
Íbamos ya a regresar, desolados y silenciosos, cuando nos llamó una voz, desde el caminillo del bosque:
-¡Eh, tropa!…
Levantamos la cabeza y vimos a Mariano Alborada. Detrás de él estaban Buque y Gracianín. Todos llevaban juncos en la mano y sonreían de aquel modo suyo, tan especial. Ellos sólo sonreían cuando pensaban algo malo.
Mi hermano dijo:
-¿Habéis visto a “Chu”?
Mariano asintió con la cabeza:
-Sí, lo hemos visto. ¿Queréis venir?
-Bernardino avanzó, esta vez delante de nosotros. Era extraño: de pronto parecía haber perdido su timidez.
-¿Dónde está “Chu”? -dijo. Su voz sonó clara y firme.
Mariano y los otros echaron a correr, con un trotecillo menudo, por el camino. Nosotros les seguimos, también corriendo. Primero que ninguno iba Bernardino.
Efectivamente: ellos tenían a “Chu”. Ya a la entrada del bosque vimos el humo de una fogata, y el corazón nos empezó a latir muy fuerte. Habían atado a “Chu” por las patas traseras y le habían arrollado una cuerda al cuello, con un nudo corredizo. Un escalofrío nos recorrió: ya sabíamos lo que hacían los de la aldea con los perros sarnosos y vagabundos. Bernardino se paró en seco, y “Chu” empezó a aullar, tristemente. Pero sus aullidos no llegaban a “Los Lúpulos”. Habían elegido un buen lugar.
-Ahí tienes a “Chu”, Bernardino -dijo Mariano-. Le vamos a dar de veras.
Bernardino seguía quieto, como de piedra. Mi hermano, entonces, avanzó hacia Mariano.
-¡Suelta al perro! -le dijo-. ¡Lo sueltas o…!
-Tú, quieto -dijo Mariano, con el junco levantado como un látigo-. A vosotros no os da vela nadie en esto… ¡Como digáis una palabra voy a contarle a vuestro abuelo lo del huerto de Manuel el Negro!
Mi hermano retrocedió, encarnado. También yo noté un gran sofoco, pero me mordí los labios. Mi hermano pequeño empezó a roerse las uñas.
-Si nos das algo que nos guste -dijo Mariano- te devolvemos a “Chu”.
-¿Qué queréis? -dijo Bernardino. Estaba plantado delante, con la cabeza levantada, como sin miedo. Le miramos extrañados. No había temor en su voz.
Mariano y Buque se miraron con malicia.
-Dineros -dijo Buque.
Bernardino contestó:
- No tengo dinero.
Mariano cuchicheó con sus amigos, y se volvió a él:
-Bueno, pos cosa que lo valga…
Bernardino estuvo un momento pensativo. Luego se desabrochó la blusa y se desprendió la medalla de oro. Se la dio.
De momento, Mariano y los otros se quedaron como sorprendidos. Le quitaron la medalla y la examinaron.
-¡Esto no! -dijo Mariano-. Luego nos la encuentran y… ¡Eres tú un mal bicho! ¿Sabes? ¡Un mal bicho!
De pronto, les vimos furiosos. Sí; se pusieron furiosos y seguían cuchicheando. Yo veía la vena que se le hinchaba en la frente a Mariano Alborada, como cuando su padre le apaleaba por algo.
-No queremos tus dineros -dijo Mariano-. Guárdate tu dinero y todo lo tuyo… ¡Ni eres hombre ni… ná!
Bernardino seguía quieto. Mariano le tiró la medalla a la cara. Le miraba con ojos fijos y brillantes, llenos de cólera. Al fin, dijo:
-Si te dejas dar de veras tú, en vez del chucho…
Todos miramos a Bernardino, asustados.
-No… -dijo mi hermano.
Pero Mariano gritó:
-¡Vosotros a callar, o lo vais a sentir…! ¿Qué os va en esto? ¿Qué os va…?
Fuimos cobardes y nos apiñamos los tres juntos a un roble. Sentí un sudor frío en las palmas de las manos. Pero Bernardino no cambió de cara. (“Ese pez…”, que decía mi hermano). Contestó:
-Está bien. Dadme de veras.
Mariano le miró de reojo, y por un momento nos pareció asustado. Pero en seguida dijo:
-¡Hala, Buque…!
Se le tiraron encima y le quitaron la blusa. La carne de Bernardino era pálida, amarillenta, y se le marcaban mucho las costillas. Se dejó hacer, quieto y flemático. Buque le sujetó las manos a la espalda, y Mariano dijo:
-Empieza tú, Gracianín…
Gracianín tiró el junco al suelo y echó a correr, lo que enfureció más a Mariano. Rabioso, levantó el junco y dio de veras a Bernardino, hasta que se cansó.
A cada golpe mis hermanos y yo sentimos una vergüenza mayor. Oíamos los aullidos de “Chu” y veíamos sus ojos, redondos como ciruelas, llenos de un fuego dulce y dolorido que nos hacía mucho daño. Bernardino, en cambio, cosa extraña, parecía no sentir el menor dolor. Seguía quieto, zarandeado solamente por los golpes, con su media sonrisa fija y bien educada en la cara. También sus ojos seguían impávidos, indiferentes. (“Ese pez”, “Ese pavo”, sonaba en mis oídos).
Cuando brotó la primera gota de sangre Mariano se quedó con el mimbre levantado. Luego vimos que se ponía muy pálido. Buque soltó las manos de Bernardino, que no le ofrecía ninguna resistencia, y se lanzó cuesta abajo, como un rayo.
Mariano miró de frente a Bernardino.
-Puerco -le dijo-. Puerco.
Tiró el junco con rabia y se alejó, más aprisa de lo que hubiera deseado.
Bernardino se acercó a “Chu”. A pesar de las marcas del junco, que se inflamaban en su espalda, sus brazos y su pecho, parecía inmune, tranquilo, y altivo, como siempre. Lentamente desató a “Chu”, que se lanzó a lamerle la cara, con aullidos que partían el alma. Luego, Bernardino nos miró. No olvidaré nunca la transparencia hueca fija en sus ojos de color de miel. Se alejó despacio por el caminillo, seguido de los saltos y los aullidos entusiastas de “Chu”. Ni siquiera recogió su medalla. Se iba sosegado y tranquilo, como siempre.
Sólo cuando desapareció nos atrevimos a decir algo. Mi hermano recogió del suelo la medalla, que brillaba contra la tierra.
-Vamos a devolvérsela -dijo.
Y aunque deseábamos retardar el momento de verle de nuevo, volvimos a “Los Lúpulos”. Estábamos ya llegando al muro, cuando un ruido nos paró en seco. Mi hermano mayor avanzó hacia los mimbres verdes del río. Le seguimos, procurando no hacer ruido.
Echado boca abajo, medio oculto entre los mimbres, Bernardino lloraba desesperadamente, abrazado a su perro.
RELATO 16.
MISS AMNESIA
Mario Benedetti
LA MUCHACHA ABRIÓ los ojos y se sintió apabullada por su propio desconcierto. No recordaba nada. Ni su nombre, ni su edad, ni sus señas. Vio que su falda era marrón y que la blusa era crema. No tenía cartera. Su reloj pulsera marcaba las cuatro y cuarto. Sintió que su lengua estaba pastosa y que las sienes le palpitaban. Miró sus manos y vio que las uñas tenían un esmalte transparente. Estaba sentada en el banco de una plaza con árboles, una plaza que en el centro tenía una fuente vieja, con angelitos, y algo así como tres platos paralelos. Le pareció horrible. Desde su banco veía comercios, grandes letreros. Pudo leer: Nogaró, Cine Club, Porley Muebles, Marcha, Partido Nacional. Junto a su pie izquierdo vio un trozo de espejo, en forma de triángulo. Lo recogió. Fue consciente de una enfermiza curiosidad cuando se enfrentó a aquel rostro que era el suyo. Fue como si lo viera por primera vez. No le trajo ningún recuerdo. Trató de calcular su edad. Tendré dieciséis o diecisiete años, pensó. Curiosamente, recordaba los nombres de las cosas (sabía que esto era un banco, eso una columna, aquello una fuente, aquello otro un letrero), pero no podía situarse a sí misma en un lugar y en un tiempo. Volvió a pensar, esta vez en voz alta: “Sí, debo tener dieciséis o diecisiete”, sólo para confirmar que era una frase en español. Se preguntó si además hablaría otro idioma. Nada. No recordaba nada. Sin embargo, experimentaba una sensación de alivio, de serenidad, casi de inocencia. Estaba asombrada, claro, pero el asombro no le producía desagrado. Tenía la confusa impresión de que esto era mejor que cualquier otra cosa, como si a sus espaldas quedara algo abyecto, algo horrible. Sobre su cabeza el verde de los árboles tenía dos tonos, y el cielo casi no se veía. Las palomas se acercaron a ella, pero enseguida se retiraron, defraudadas. En realidad, no tenía nada para darles. Un mundo de gente pasaba junto al banco, sin prestarle atención. Sólo algún muchacho la miraba. Ella estaba dispuesta a dialogar, incluso lo deseaba, pero aquellos volubles contempladores siempre terminaban por vencer su vacilación y seguían su camino. Entonces alguien se separó de la corriente. Era un hombre cincuentón, bien vestido, peinado impecablemente, con alfiler de corbata y portafolio negro. Ella intuyó que le iba a hablar. ¿Me habrá reconocido?, pensó. Y tuvo miedo de que aquel individuo la introdujera nuevamente en su pasado. Se sentía tan feliz en su confortable olvido. Pero el hombre simplemente vino y preguntó: “¿Le sucede algo, señorita?” Ella lo contempló largamente. La cara del tipo le ínspiró confianza. En realidad, todo le inspiraba confianza. “Hace un rato abrí los ojos en esta plaza y no recuerdo nada, nada de lo de antes.” Tuvo la impresión de que no eran necesarias más palabras. Se dio cuenta de su propia sonrisa cuando vio que el hombre también sonreía. Él le tendió la mano. Dijo: “Mi nombre es Roldán, Félix Roldán”. “Yo no sé mi nombre”, dijo ella, pero estrechó la mano. “No importa. Usted no puede quedarse aquí. Venga conmigo. ¿Quiere?” Claro que quería. Cuando se incorporó, miró hacia las palomas que otra vez la rodeaban, y reflexionó: Qué suerte, soy alta. El hombre llamado Roldán la tomó suavemente del codo, y le propuso un rumbo. “Es cerca”, dijo. ¿Qué sería lo cerca? No importaba. La muchacha se sentía como una turista. Nada le era extraño y sin embargo no podía reconocer ningún detalle. Espontáneamente, enlazó su brazo débil con aquel brazo fuerte. El traje era suave, de una tela peinada, seguramente costosa. Miró hacia arriba (el hombre era alto) y le sonrió. Él también sonrió, aunque esta vez separó un poco los labios. La muchacha alcanzó a ver un diente de oro. No preguntó por el nombre de la ciudad. Fue él quien le instruyó: “Montevideo”. La palabra cayó en un hondo vacío. Nada. Absolutamente nada. Ahora iban por una calle angosta, con baldosas levantadas y obras en construcción. Los autobuses pasaban junto al cordón y a veces provocaban salpicaduras de un agua barrosa. Ella pasó la mano por sus piernas para limpiarse unas gotas oscuras. Entonces vio que no tenía medias. Se acordó de la palabra medias. Miró hacia arriba y encontró unos balcones viejos, con ropa tendida y un hombre en pijama. Decidió que le gustaba la ciudad.
“Aquí estamos”, dijo el hombre llamado Roldán junto a una puerta de doble hoja. Ella pasó primero. En el ascensor, el hombre marcó el piso quinto. No dijo una palabra, pero la miró con ojos inquietos. Ella retribuyó con una mirada rebosante de confianza. Cuando él sacó la llave para abrir la puerta del apartamento, la muchacha vio que en la mano derecha él llevaba una alianza y además otro anillo con una piedra roja. No pudo recordar cómo se llamaban las piedras rojas. En el apartamento no había nadie. Al abrirse la puerta, llegó de adentro una bocanada de olor a encierro, a confinamiento. El hombre llamado Roldán abrió una ventana y la invitó a sentarse en uno de los sillones. Luego trajo copas, hielo, whisky. Ella recordó las palabras hielo y copa. No la palabra whisky. El primer trago de alcohol la hizo toser, pero le cayó bien. La mirada de la muchacha recorrió los muebles, las paredes, los cuadros. Decidió que el conjunto no era armónico, pero estaba en la mejor disposición de ánimo y no se escandalizó. Miró otra vez al hombre y se sintió cómoda, segura. Ojalá nunca recuerde nada hacia atrás, pensó. Entonces el hombre soltó una carcajada que la sobresaltó, “Ahora decime, mosquita muerta. Ahora que estamos solos y tranquilos, eh, vas a decirme quién sos.” Ella volvió a toser y abrió desmesuradamente los ojos. “Ya le dije, no me acuerdo.” Le pareció que el hombre estaba cambiando vertiginosamente, como si cada vez estuviera menos elegante y más ramplón, como si por debajo del alfiler de corbata o del traje de tela peinada, le empezara a brotar una espesa vulgaridad, una inesperada antipatía. “¿Miss Amnesia? ¿Verdad?” Y eso ¿qué significaba? Ella no entendía nada, pero sintió que empezaba a tener miedo, casi tanto miedo de este absurdo presente como del hermético pasado. “Che, miss Amnesia”, estalló el hombre en otra risotada, “¿sabes que sos bastante original? Te juro que es la primera vez que me pasa algo así. ¿Sos nueva ola o qué?” La mano del hombre llamado Roldán se aproximó. Era la mano del mismo brazo fuerte que ella había tomado espontáneamente allá en la plaza. Pero en rigor era otra mano. Velluda, ansiosa, casi cuadrada. Inmovilizada por el terror, ella advirtió que no podía hacer nada. La mano llegó al escote y trató de introducirse. Pero había cuatro botones que dificultaban la operación. Entonces la mano tiró hacia abajo y saltaron tres de los botones. Uno de ellos rodó largamente hasta que se estrelló contra el zócalo. Mientras duró el ruidito, ambos quedaron inmóviles. La muchacha aprovechó esa breve espera involuntaria para incorporarse de un salto, con el vaso todavía en la mano. El hombre llamado Roldán se le fue encima. Ella sintió que el tipo la empujaba hacia un amplio sofá tapizado de verde. Sólo decía: “Mosquita muerta, mosquita muerta”. Se dio cuenta de que el horrible aliento del tipo se detenía primero en su pescuezo, luego en su oreja, después en sus labios. Advirtió que aquellas manos poderosas, repugnantes, trataban de aflojarle la ropa. Sintió que se asfixiaba, que ya no daba más. Entonces notó que sus dedos apretaban aún el vaso que había tenido whisky. Hizo otro esfuerzo sobrehumano, se incorporó a medias, y pegó con el vaso, sin soltarlo, en el rostro de Roldán. Éste se fue hacia atrás, se balanceó un poco y finalmente resbaló junto al sofá verde. La muchacha asumió íntegramente su pánico. Saltó sobre el cuerpo del hombre, aflojó al fin el vaso (que cayó sobre una alfombrita, sin romperse), corrió hacia la puerta, la abrió, salió al pasillo y bajó espantada los cinco pisos. Por la escalera, claro. En la calle pudo acomodarse el escote, gracias al único botón sobreviviente. Empezó a caminar ligero, casi corriendo. Con espanto, con angustia, también con tristeza y siempre pensando: Tengo que olvidarme de esto, tengo que olvidarme de esto. Reconoció la plaza y reconoció el banco en que había estado sentada. Ahora estaba vacío. Así que se sentó. Una de las palomas pareció examinarla, pero ella no estaba en condiciones de hacer ningún gesto. Sólo tenía una idea obsesiva: Tengo que olvidarme, Dios mío haz que me olvide también de esta vergüenza. Echó la cabeza hacia atrás y tuvo la sensación de que se desmayaba.
Cuando la muchacha abrió los ojos, se sintió apabullada por su desconcierto. No recordaba nada. Ni su nombre, ni su edad, ni sus señas. Vio que su falda era marrón y que su blusa, en cuyo escote faltaban tres botones, era de color crema. No tenía cartera. Su reloj marcaba las siete y veinticinco. Estaba sentada en el banco de una plaza con árboles, una plaza que en el centro tenía una fuente vieja, con angelitos y algo así como tres platos paralelos. Le pareció horrible. Desde el banco veía comercios, grandes letreros. Pudo leer: Nogaró, Cine Club, Porley Muebles, Marcha, Partido Nacional. Nada. No recordaba nada. Sin embargo, experimentaba una sensación de alivio, de serenidad, casi de inocencia. Tenía la confusa impresión de que esto era mejor que cualquier otra cosa, como si a sus espaldas quedara algo abyecto, algo terrible. La gente pasaba junto al banco. Con niños, con portafolios, con paraguas. Entonces alguien se separó de aquel desfile interminable. Era un hombre cincuentón, bien vestido, peinado impecablemente, con portafolio negro, alfiler de corbata y un parchecito blanco sobre el ojo. ¿Será alguien que me conoce? pensó ella, y tuvo miedo de que aquel individuo la introdujera nuevamente en su pasado. Se sentía tan feliz en su confortable olvido. Pero el hombre se acercó y preguntó simplemente: “¿Le sucede algo, señorita?” Ella ló contempló largamente. La cara del tipo le inspiró confianza. En realidad, todo le inspiraba confianza. Vio que el hombre le tendía la manó y oyó que decía: “Mi nombre es Roldán. Félix Roldán”. Después de todo, el nombre era lo de menos. Así que se incorporó y espontáneamente enlazó su brazo débil con aquel brazo fuerte.
RELATO 17.
LA RAMA SECA
Ana María Matute
Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, cerrada con llave, y le decían:
-Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a doña Clementina.
Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con “Pipa”.
Doña Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría el ventanuco tras el cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba.
-¿Qué haces, niña?
La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate.
-Juego con “Pipa” -decía.
Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego, poco a poco, fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a través de las ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se pasaba el día hablando, al parecer, con alguien.
-¿Con quién hablas, tú?
-Con “Pipa”.
Doña Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por la niña y por “Pipa”. Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el médico. Don Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba el día renegando de la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña Clementina estaba ya hecha a su soledad. En un principio, apenas pensaba en aquella criatura, también solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana. Por piedad la miraba de cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo le ocurría. La mujer Mediavilla se lo pidió:
-Doña Clementina, ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá echar de cuando en cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la niña? Sabe usted, es aún pequeña para llevarla a los pagos…
-Sí, mujer, nada me cuesta. Marcha sin cuidado…
Luego, poco a poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible, allá arriba, fueron metiéndosele pecho adentro.
-Cuando acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la calle, la echaré a faltar -se decía.
Un día, por fin, se enteró de quién era “Pipa”.
-La muñeca -explicó la niña.
-Enséñamela…
La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver claramente.
-No la veo, hija. Échamela…
La niña vaciló.
-Pero luego, ¿me la devolverá?
-Claro está…
La niña le echó a “Pipa” y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó pensativa. “Pipa” era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía las dos manos.
-¿Me la echa, doña Clementina…?
Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a “Pipa” hacia la ventana. “Pipa” pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en su juego.
Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con “Pipa”.
-”Pipa”, no tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, “Pipa”, cómo me miras! Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, “Pipa”… Siéntate, estate quietecita, te voy a contar, el lobo está ahora escondido en la montaña…
La niña hablaba con “Pipa” del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a “Pipa” en las rodillas, y la hacía participar de su comida.
-Abre la boca, “Pipa”, que pareces tonta…
Doña Clementina la oía en silencio. La escuchaba, bebía cada una de sus palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.
Un día, la niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le preguntó a la mujer Mediavilla:
-¿Y la pequeña?
-Ay, está delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres de Malta.
-No sabía nada…
Claro, ¿cómo iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos de la aldea.
-Sí -continuó explicando la Mediavilla-. Se conoce que algún día debí dejarme la leche sin hervir… ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer! Ya ve usted, ahora, en tanto se reponga, he de privarme de los brazos de Pascualín.
Pascualín tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña. En realidad, Pascualín salía a la calle o se iba a robar fruta al huerto vecino, al del cura o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña que llamaba. Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.
La casa era angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una escalera, en la que se acostaban las gallinas. Subió, pisando con cuidado los escalones apolillados que crujían bajo su peso. La niña la debió oír, porque gritó:
-¡Pascualín! ¡Pascualín!
Entró en una estancia muy pequeña, a donde la claridad llegaba apenas por un ventanuco alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de algún árbol, porque la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como un sueño en la oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera de la cama de hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados entornados.
-Hola, pequeña -dijo doña Clementina-. ¿Qué tal estás?
La niña empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña Clementina se agachó y contempló su carita amarillenta, entre las trenzas negras.
-Sabe usted -dijo la niña-, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale usted que me devuelva a “Pipa”, que me aburro sin “Pipa”…
Seguía llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar a los niños, y algo extraño agarrotaba su garganta y su corazón.
Salió de allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle, con la espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas morenas, desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.
-Pascualín -dijo doña Clementina.
El muchacho levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas grises y muy juntas y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por encima de las orejas.
-Pascualín, ¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.
Pascualín lanzó una blasfemia y se levantó.
-¡Anda! ¡La muñeca dice! ¡Aviaos estamos!
Dio media vuelta y se fue hacia la casa, murmurando.
Al día siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio, como si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de “Pipa”:
-Que me traiga a “Pipa”, dígaselo usted, que la traiga…
El llanto levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que caían despacio hasta la manta.
-Yo te voy a traer una muñeca, no llores.
Doña Clementina dijo a su marido, por la noche:
-Tendría que bajar a Fuenmayor, a unas compras.
-Baja -respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.
A las seis de la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once bajó en Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado, y un gran bazar llamado “El Ideal”. Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en un pañuelo de seda. En “El Ideal” compró una muñeca de cabello crespo y ojos redondos y fijos, que le pareció muy hermosa. “La pequeña va a alegrarse de veras”, pensó. Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.
Anochecía ya cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada de sí misma, notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en casa, preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.
-¡Ay, usté, doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulará en qué trazas la recibo! ¡Quién iba a pensar…!
Cortó sus exclamaciones.
-Venía a ver a la pequeña, le traigo un juguete…
Muda de asombro la Mediavilla la hizo pasar.
-Ay, cuitada, y mira quién viene a verte…
La niña levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite, clavado en la pared, temblaba, amarilla.
-Mira lo que te traigo: te traigo otra “Pipa”, mucho más bonita.
Abrió la caja y la muñeca apareció, rubia y extraña.
Los ojos negros de la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi embellecía su carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió en seguida a la vista de la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar despacio y silenciosamente, como acostumbraba.
-No es “Pipa” -dijo-. No es “Pipa”.
La madre empezó a chillar:
-¡Habráse visto la tonta! ¡Habráse visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios, doña Clementina, no se lo tenga usted en cuenta, que esta moza nos ha salido retrasada…!
Doña Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer tímida y solitaria, y le tenían cierta compasión).
-No importa, mujer -dijo, con una pálida sonrisa-. No importa.
Salió. La mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como si se tratara de una flor.
-¡Ay, madre, y qué cosa más preciosa! ¡Habráse visto la tonta ésta…!
Al día siguiente doña Clementina recogió del huerto una ramita seca y la envolvió en un retal. Subió a ver a la niña:
-Te traigo a tu “Pipa”.
La niña levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la tristeza subió a sus ojos oscuros.
-No es “Pipa”.
Día a día, doña Clementina confeccionó “Pipa” tras “Pipa”, sin ningún resultado. Una gran tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.
-Oye, mujer: que no sepa yo de más majaderías de ésas… ¡Ya no estamos, a estas alturas, para andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a ver a esa muchacha: se va a morir, de todos modos…
-¿Se va a morir?
-Pues claro, ¡que remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para pensar en otra cosa… ¡Va a ser mejor para todos!
En efecto, apenas iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina sintió un pesar grande, allí dentro, donde un día le naciera tan tierna curiosidad por “Pipa” y su pequeña madre.
Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a “Pipa” entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.
-Verdaderamente- se dijo-. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!
RELATO 18.
EL PRÍNCIPE FELIZ
Óscar Wilde
Dominando la ciudad, sobre una alta columna, descansaba la estatua del Príncipe Feliz. Cubierta por una capa de oro magnífico, tenía por ojos dos zafiros claros y brillantes, y un gran rubí centelleaba en el puño de su espada.
Era admirado por todos:
-Es tan hermoso como el gallo de una veleta -afirmaba uno de los dos concejales de la ciudad que deseaba ganar fama como conocedor de las bellas artes- nada más que no resulta tan útil- añadía, temiendo que las gentes pudieran juzgarlo poco práctico, cosa que en realidad no era.
-¿Por qué no puedes ser como el Príncipe Feliz? -decía una madre razonable a su pequeño que lloraba por alcanzar la luna-. Al Príncipe Feliz nunca se le ocurre llorar por nada.
-Me alegra que haya alguien en el mundo que sea tan feliz -mascullaba un pobre hombre frustrado, contemplando la estatua maravillosa.
-Es igual que un Ángel -comentaban los niños del coro de la catedral cuando salían de ella con sus esclavinas rojas y sus roquetes blancos y almidonados.
-¿Cómo lo sabéis -replicaba el maestro de matemáticas-, si nunca habéis visto uno?
-¡Ah, porque los hemos visto en sueños! -contestaban los muchachos; y el maestro de matemáticas fruncía el ceño y tomaba una actitud muy seria porque no le gustaba que los niños soñasen.
Una noche voló sobre la ciudad una golondrina. Sus compañeras ya habían partido hacia Egipto seis semanas antes, pero ella se retrasó porque estaba enamorada de un bellísimo junco. Lo había conocido al principio de la primavera cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y se sintió atraída de tal manera por su tallo esbelto que se detuvo para hablarle.
-¿Aceptas mi amor? -le preguntó la golondrina que nunca se andaba con rodeos; y el junco hizo una ceremoniosa inclinación. Entonces la golondrina voló haciendo grandes círculos a su alrededor, rozaba la superficie de las aguas con las puntas de sus alas, dejando brillantes estelas de plata. Ésa era su manera de cortejar; y así transcurrió todo el verano.
-Son unas relaciones tontas -gorjeaban las otras golondrinas-. Él es pobre y tiene demasiados parientes. –Y, verdaderamente, el río estaba lleno de juncos.
Al llegar el otoño, todas las golondrinas alzaron el vuelo. Cuando ya se habían alejado, la golondrina se sintió sola, y comenzó a cansarse de su amante. “No tiene conversación”, se decía. “Además, creo que es casquivano, porque constantemente coquetea con la brisa”. Y era verdad, en cuanto la brisa comenzaba, el junco hacía las reverencias más graciosas.”Además, tengo que reconocer que es demasiado casero”, continuaba “y a mí me gusta viajar, y a mi compañero, por tanto, deberá gustarle viajar conmigo.”
-¿Te vendrías conmigo? -le preguntó al fin, pero el junco sacudió la cabeza… ¡Se sentía tan ligado a su hogar!
-¡Te has estado burlando de mí! –gritó la golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós! -y echó a volar.
Voló durante todo el día, y ya de noche llegó a la ciudad. “Dónde me alojaré”, se preguntó. “Espero que la ciudad haya preparado algún lugar para mí.”
Entonces divisó la gran columna, “Me cobijaré allá”, gorjeó. “Es un magnífico lugar con bastante aire fresco.” Y así, se detuvo justamente entre los dos pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente después de mirar en torno suyo y preparándose para dormir; pero en el momento en que iba a poner la cabeza bajo el ala, una gran gota de agua le cayó encima.
-¡Qué raro!-exclamó -no hay una sola nube en el cielo, las estrellas se ven claras y brillantes, y sin embargo está lloviendo. El clima en el norte de Europa es verdaderamente terrible. Al junco le gustaba la lluvia, pero eso no era más que puro egoísmo.
Entonces le cayó otra gota.
-¿De qué me sirve una estatua, si no me protege de la lluvia -dijo la golondrina-. Voy a buscar el copete de una chimenea.
Y ya iba a emprender el vuelo, pero antes de que hubiese desplegado las alas, le cayó encima una tercera gota. Entonces miró hacia arriba y vio… ¡Ah!, ¿qué es lo que vio?
Los ojos del príncipe estaban bañados en lágrimas, y las lágrimas corrían por sus mejillas doradas. Su cara era tan hermosa bajo la luz de la luna que la pequeña golondrina se sintió llena de lástima.
-¿Quién eres? -le preguntó.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces; ¿por qué lloras? -dijo la golondrina-, me has empapado.
-Cuando estaba vivo, y tenía un corazón humano -contestó la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en el Palacio de Sans-Souci, donde a la tristeza no se le permite entrar. Durante el día jugaba con mis amigos en el jardín, y en la noche yo dirigía las danzas en el Gran Salón.
“Alrededor del jardín se alzaba una tapia altísima, pero nunca me preocupé por preguntar lo que se encontraba tras ella; todo lo que me rodeaba era tan bello… Mis cortesanos me llamaban “El Príncipe Feliz”, y en realidad lo era, si es que el placer es la felicidad. Así viví, y así morí. Y ahora que estoy muerto me han colocado a tal altura que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón ahora es de plomo, no me queda más remedio que llorar.”
-¿Pues qué? ¿No está hecho de oro macizo? -se dijo para sí la golondrina, pues era muy cortés para hacer observaciones en voz alta.
-Allá lejos -continuó la estatua en voz baja y melódica-, allá lejos, en una callejuela, hay una casa muy pobre. Una de las ventanas permanece abierta, y por ella puedo ver una mujer sentada ante una mesa. Su cara se ve demacrada y triste, tiene manos toscas y enrojecidas, y las yemas de sus dedos picadas por la aguja, porque es costurera. Está bordando pasionarias en un vestido de seda que deberá lucir la más encantadora de las damas de honor de la reina, en el próximo gran baile de la Corte. Sobre una cama, en un rincón del mismo cuarto, yace su pequeño hijo enfermo, con fiebre, y pide naranjas. Su madre no tiene nada para darle, más que el agua del río; y por eso el pequeño llora. Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿no quisieras llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos a este pedestal, y no puedo moverme.
-Me están esperando en Egipto -contestó la golondrina-. Mis compañeras ya vuelan de aquí para allá sobre el Nilo, y hablan con los grandes lotos. Pronto se recogerán a dormir en la tumba del Gran Rey. El Rey está allí mismo dentro de su sarcófago pintado. Envuelto en bandas de lino amarillo y embalsamado con especias. Tiene puesto un collar de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como hojas marchitas.
-Golondrina, golondrina, golondrinita -dijo el príncipe-, ¿no podrías quedarte conmigo una noche más, y ser mi mensajera? ¡El niño tiene tanta sed, y su madre está tan triste!
-No creo que me gusten los niños -contestó la golondrina-. El año pasado, cuando estaba en el río, andaban por allí dos muchachos groseros, hijos del molinero, que siempre me tiraban piedras. Nunca llegaron a alcanzarme, por supuesto; nosotras las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo procedo de una familia famosa por su agilidad; pero aun así, eso no dejaba de demostrar una gran falta de respeto.
Pero El Príncipe Feliz se veía tan triste que la pequeña golondrina se sintió compadecida.
-Aquí hace mucho frío -dijo al fin- pero me quedaré contigo por una noche y seré tu mensajera.
-Gracias golondrinita -contestó el Príncipe.
Entonces la golondrina arrancó el gran rubí del puño de la espada del Príncipe, y llevándolo en el pico, voló sobre los techos de la ciudad. Pasó sobre la torre de la catedral, donde estaban esculpidos unos ángeles en mármol blanco. Cruzó cerca del palacio y oyó la música del baile. Una preciosa joven se asomó al balcón junto a su novio.
-¡Qué maravillosas son las estrellas! -dijo él a la muchacha- ¡y también qué asombroso el poder del amor!
-Espero que mi vestido esté terminado a tiempo para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él pasionarias; pero las costureras son tan perezosas…
La golondrina pasó por encima del río y vio la luz de los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Voló sobre el gueto, y vio a los viejos judíos, negociando entre sí, y pesando el dinero en balanzas de cobre. Por fin llegó a la pobre vivienda, y miró dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camastro, y la madre se había dormido… ¡Estaba tan cansada! … Se deslizó rauda en la habitación, y depositó el gran rubí sobre la mesa, junto al dedal de la costurera. Entonces, graciosamente, revoloteó alrededor de la cama, abanicando con sus alas la frente del niño.
-¡Qué fresco siento! -exclamó el niño-. Debo de estar mejorando -y se sumergió en un sueño delicioso.
Entonces la golondrina regresó volando hacia el Príncipe Feliz y le narró lo que había hecho. “Es curioso”, comentó, “pero ahora me siento con bastante calor, a pesar de estar haciendo tanto frío.”
-Es porque has realizado una buena acción -dijo el Príncipe. La golondrinita comenzó a reflexionar, y se quedó dormida. El pensar siempre le daba sueño.
Cuando empezaba a amanecer bajó volando al río y se bañó.
-¡Qué fenómeno más notable! -dijo el profesor de ornitología, al pasar por el puente- ¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre este asunto una larga carta al periódico local. Todos la citaban y hablaron de ella, ¡estaba llena de tantas palabras que no alcanzaban a entender! …
-Esta noche parto para Egipto -dijo la golondrina, sintiéndose entusiasmada con esta perspectiva.
Visitó todos los monumentos públicos, y estuvo descansando largo rato en la cúspide del campanario. Donde quiera que fuese, los gorriones gorjeaban y se decían unos a otros:
-Que forastera tan distinguida.
Y se sentía muy contenta y halagada al oírlo.
Cuando salió la luna, voló de regreso al Príncipe Feliz.
-¿No tienes ningún encargo para Egipto? -le gritó-. Ya me voy
-Golondrina, golondrina, golondrinita -contestó el Príncipe-. ¿No podrías quedarte conmigo una noche más?
-Me esperan en Egipto -fue la respuesta-. Mañana mis compañeras volarán a la segunda catarata. Allí el hipopótamo descansa sobre los juncos y el dios Memnón reposa sobre su gran trono de granito, vigilando las estrellas durante toda la noche, y cuando surge brillante la estrella matutina, lanza un gran grito de alegría, y vuelve a quedar silencioso. A medio día los leones amarillos se acercan a las orillas para beber. Tienen ojos como aguamarinas verdes, y su rugido domina al de las cataratas.
-Golondrina, golondrina, golondrinita -dijo el Príncipe-. Lejos, más allá de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre su mesa llena de papeles, y enfrente tiene un vaso con un ramito de violetas marchitas. Su cabello es castaño y rizado, sus labios rojos como granos de granada; y los ojos son hermosos y soñadores. Está tratando de concluir una obra para el director del teatro; pero tiene un frío tan terrible que ya no puede escribir más. No hay fuego en la habitación, y el hambre ha hecho que se desmaye.
-Esperaré una noche más y me quedaré contigo -contestó la golondrina, que en verdad tenía muy buen corazón-. ¿Le llevaré otro rubí?
-¡Ay, ya no tengo rubí! -dijo el Príncipe-. Mis ojos son todo lo que me queda. Están hechos con zafiros rarísimos, que fueron traídos de la India, hace mil años. Sácame uno, y llévaselo a él. Lo venderá a un joyero, y comprará leña, y podrá terminar su obra.
-Querido Príncipe -replicó la golondrina- no puedo hacer eso -y comenzó a llorar.
-Golondrina, golondrina, golondrinita -insistió el Príncipe-. Haz lo que te ordeno.
Así pues, la golondrina le sacó un ojo al Príncipe, y voló llevándolo hasta la buhardilla del estudiante. Fue fácil entrar, pues había un agujero en el techo. Penetró por él como una flecha, a la habitación. El joven tenía la cabeza hundida entre las manos. No pudo percatarse del aleteo del pájaro, y cuando levantó la cabeza, descubrió el hermoso zafiro descansando sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser apreciado -exclamó-. Esto debe venir de algún gran admirador. Ahora puedo terminar mi obra-. Estaba verdaderamente dichoso.
Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto. Se detuvo en el mástil de un gran barco, mirando a los marineros que sacaban grandes cajas de la cala, tirando de gruesas cuerdas.
-¡Arriba, iza! -gritaban según salía cada caja.
-¡Yo voy para Egipto! -gritó la golondrina; pero nadie le hizo caso; y cuando se levantó la luna, regresó de nuevo al Príncipe Feliz, volando.
-He vuelto para despedirme de ti, para decirte adiós.
-Golondrina, golondrina, golondrinita -contestó el Príncipe-. ¿No te quedarías una noche más conmigo?
-Ya es invierno -dijo la golondrina- y la helada nieve pronto llegará. En Egipto el sol es caliente sobre las palmeras verdes, y los cocodrilos descansan en el lodazal y miran perezosos a su alrededor. Mis compañeras están construyendo sus nidos en el templo de Baalbec, y las palomas blancas y rosadas las vigilan, arrullándose entre sí. Querido Príncipe, tengo que abandonarte, pero nunca te podré olvidar, y en la próxima primavera te traeré dos magníficas piedras preciosas, en lugar de las que has regalado. El rubí será más rojo que una rosa, y el zafiro será tan azul como el ancho mar.
-Allá abajo, en la plaza -siguió diciendo el Príncipe Feliz- está en pie una niña vendedora de cerillas. Se le han caído todas las cerillas al arroyo, y ya no sirven. Su padre la maltratará, le pegará si no trae algo de dinero a la casa, y por eso llora. No tiene ni zapatos ni medias, y su cabeza está descubierta. Sácame el otro ojo, dáselo, y su padre no le pegará.
-Me quedaré una noche más contigo -respondió la golondrina-, pero no puedo sacarte el otro ojo. Te quedarás completamente ciego.
-Golondrina, golondrina, golondrinita -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.
Así las cosas, le sacó el otro ojo, y lo llevó consigo, descendiendo y pasando junto a la pequeña vendedora de cerillas, le deslizó la gema en la palma de la mano.
- ¡Qué precioso vidrio! -gritó la niña-. Y corrió riendo hacia su casa.
Entonces la golondrina volvió al Príncipe.
-Ahora estás ciego -dijo-. Así es que me quedaré para siempre contigo.
-No, golondrinita -replicó el pobre Príncipe-. Debes irte a Egipto.
-Me quedaré para siempre a tu lado -dijo la golondrina. Y se durmió a los pies del Príncipe.
Todo el día siguiente lo pasó sobre el hombro del Príncipe, y le contó muchas cosas de todo lo que había visto en países extraños. Le habló de los ibis rojos, que permanecen inmóviles en largas hileras a orillas del Nilo, y pescan peces dorados, con sus largos picos. De la Esfinge, que es tan antigua como el mundo, que vive en el desierto, y todo lo sabe. De los mercaderes, que caminan despacio al lado de sus camellos, y van pasando las cuentas de ámbar de los rosarios entre sus dedos. Le hizo relatos del rey de las montañas de la luna, que es tan negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal. También le describió la enorme serpiente verde que duerme enroscada en una palmera, y tiene veinte sacerdotes que la alimentan con pastelillos de miel. Y también le dijo de los pigmeos que navegan por un gran lago, sobre anchísimas hojas planas, y que siempre están en guerra con las mariposas.
-Querida golondrinita -dijo el Príncipe- me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso que todo eso, es el sufrimiento de hombres y mujeres. No existe misterio más grande que el de la miseria. Vuela sobre mi ciudad, golondrinita, y dime lo que ves en ella.
Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad; y pudo ver a los ricos holgar dichosos en sus hermosas mansiones, mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Voló a través de barriadas sombrías, y contempló las caras lívidas de niños hambrientos mirando inmóviles hacia las calles en tinieblas. Bajo uno de los arcos de un puente, dos pequeños dormían abrazados tratando de calentarse uno al otro.
-Tenemos mucha hambre -decían.
-¡Aquí no se puede estar tumbado! -gritó el vigilante.
Y se alejaron bajo la lluvia. Entonces regresó al Príncipe volando, y le dijo todo lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-. Me lo debes quitar, hoja por hoja, y darlo a mis pobres; los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja tras hoja de oro fino arrancó la golondrina, hasta que el Príncipe Feliz se quedó gris y deslucido. Hoja tras hoja de oro fino llevó la golondrina a los pobres, y las caras de los niños se fueron tornando rosadas, y reían y jugaban en las calles, y exclamaban alegremente: “¡Ahora tenemos pan!”
Y entonces llegó la nieve, y después de la nieve vino la helada. Las calles parecían cubiertas de plata, ¡eran tan brillantes y pulidas!…; grandes témpanos como dagas de cristal colgaban de los aleros de las casas, toda la gente iba envuelta en pieles, y los niños llevaban gorros rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre golondrinita tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: ¡era muy grande su amor por él! Picoteaba las migajas en la puerta de la panadería, cuando su dueño no se daba cuenta y trataba de calentarse, batiendo sus alas.
Pero al fin comprendió que iba a morir. Tuvo suficientes fuerzas para volar de nuevo hasta el hombro del Príncipe.
-Adiós, querido Príncipe -murmuró-. ¿Me permites besar tu mano?
-Me alegra que puedas por fin regresar a Egipto, golondrinita -contestó el Príncipe-. Ya has estado demasiado tiempo aquí; pero tienes que besarme en los labios, porque te amo.
-No es a Egipto a donde voy -dijo la golondrina-. Voy a la Casa de la Muerte. La Muerte es la hermana del sueño, ¿no es verdad?
Y besó al Príncipe Feliz en los labios. Y cayó muerta a sus pies. En ese momento un sonido extraño se oyó en el interior de la estatua, como si algo se hubiese quebrado. El hecho es que el corazón de plomo se había partido en dos. Estaba cayendo una terrible helada.
A la mañana siguiente, el Alcalde paseaba abajo, en la plaza, acompañado por los regidores de la ciudad. Al pasar junto a la columna, miraron hacia la estatua:
-¡Válgame Dios! -exclamó-. ¡Qué desaliñado se ve el Príncipe Feliz!
-¡De veras, qué andrajoso! -añadieron los regidores de la ciudad, que siempre estaban de acuerdo con el alcalde; y se acercaron y subieron a examinarla.
-El rubí se ha caído del puño de su espada, los ojos han desaparecido, y ya no tiene nada de oro encima -dijo el alcalde-. En verdad casi no se diferencia de un mendigo.
-No se diferencia de un mendigo -repitieron los regidores de la ciudad.
-¡Y aquí se encuentra un pajarillo muerto a sus pies! -continuó el alcalde.
-Debemos promulgar un bando, prohibiendo que los pájaros mueran aquí.
Y el Alguacil de la ciudad tomó nota de esta iniciativa.
Así fue como bajaron la estatua del Príncipe Feliz. “Ya que, habiendo dejado de ser hermoso, ya tampoco es útil”, dijo el profesor de Arte de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en un gran horno, y el alcalde convocó a una reunión para decidir lo que debería hacerse con el metal.
-Tendremos que levantar otra estatua, por supuesto -y añadió-. Y, por ejemplo, podría ser una estatua mía.
-O la mía -repitieron cada uno de los regidores.
Y comenzaron a discutir. La última vez que supe algo de ellos, fue que todavía estaban discutiendo.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el maestro de fundidores-. Este roto corazón de plomo, no se puede fundir en el horno. Lo tenemos que tirar.
Y lo tiraron sobre un montón de cenizas donde también se encontraba la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de toda la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles; y el ángel le trajo el corazón de plomo y el pajarillo muerto.
-Escogiste bien -dijo Dios-. Porque en mi Jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro, el Príncipe Feliz me alabará.
RELATO 19.
CREO, VIEJA, QUE TU HIJO LA CAGÓ
Jorge Valdano
Juan Antonio Felpa era de talante tranquilo, pero resolvió asegurarse el sueño de la noche previa a la del día del partido con medio somnífero porque estaba inquieto, y no le faltaba razón. El hábito lo despertó a las siete de la mañana, e instantáneamente un cosquilleo nervioso en el estómago le anunció que era domingo, día de fútbol, y decidió quedarse un poco más en la cama a pensar en el partido. Consumió varios minutos parando penaltis en idénticas versiones. Era su sueño favorito, su fantasía recurrente: 0-0 faltando un minuto y penalti en contra; silencio expectante, miradas de ojos grandes, intuición exacta y él en el aire abrazado a la pelota y otra vez él en el suelo sintiéndose dueño de los aplausos, responsable de la catástrofe diminuta que sufrían las emociones de cientos de aficionados; 0-0 final. A veces imaginaba lo mismo con ventaja de 1-0 para su equipo, pero esa historia le gustaba menos porque tenía que repartir la gloria con el compañero que había marcado el gol. A Juan Antonio Felpa, obrero de Fábricas Unidas y portero del Sportivo Atlético Club, se le dibujaba una sonrisa estúpida cuando paraba penaltis mentalmente, aunque él no se daba cuenta. Se acordó del tiempo con la preocupación de un agricultor; saltó de la cama y se fue hasta la puerta rogando que no lloviera, Aquel 16 de septiembre de 1964, la primavera se había adelantado cinco días al calendario. Era una mañana irreprochable. Ese sol que invitaba a vivir le recordó la enfermedad de su padre: “Día peronista”, hubiera dicho él. Luego pasaría a visitarlo para hacerle olvidar por un rato la tristeza de perderse el clásico. Entró a la humilde cocina a tomarse un té, como era su costumbre dominguera, sin poder sacarse el partido de la cabeza. Clavó la vista en un póster arrugado de Amadeo Carrizo que había pegado años atrás en la pared. Sin haberlo visto nunca jugar, había sido siempre hincha del River Plate. Buenos Aires estaba a muchos kilómetros y a muchos pesos de distancia, pero él idealizaba la trayectoria del equipo capitalino y la de su portero legendario a través de la radio y de la revista El Gráfico. Como admirar es identificarse, Felpa se sentía el Carrizo del pueblo, le emulaba algunos gestos y hasta había conseguido una gorra a cuadros parecida a la que el portero riverplatense usaba para defenderse del sol. “Grande maestro”, le murmuró Juan Antonio a la foto de Amadeo en el preciso instante en que su mujer, con ojos todavía dormilones, entraba en la cocina:
-Hablás solo.
-No, pensaba.
Recibió el beso cariñoso y joven de Mercedes y los dos hablaron durante largo rato de simples cosas suyas.
Juntos escucharon a Johnny Lambard anunciando el partido: “A las cinco de esta tarde, en el campo comunal, Sportivo y Argentino de Las Parejas se juegan el título de Liga en el partido más esperado del año”. Esa voz emotiva, que paseaba en un coche lento y que era ampliada por dos grandes altavoces ubicados sobre el techo, lograba que Felpa se sintiera importante. Piel de gallina se le ponía.
HONOR EN JUEGO
Todavía faltaban cinco partidos para que terminara el campeonato, y los dos equipos que dividían el pueblo -los celestes del Argentino y los verdirrojos del Sportivo- compartían el primer puesto de la Liga Cañadense de Fútbol. Esa tarde ponían el honor y la vergüenza en juego para definir de una vez por todas quién era quién en la Liga.
Desde hacía una semana no se hablaba de otra cosa. Circulaban las apuestas, se espesaban las bromas y los más impacientes ya se habían cruzado algún puñetazo. Estaba clarito en el ambiente que lo que se jugaba era el clásico más importante de los últimos tiempos.
-¿Qué tal en la fábrica? -preguntó Mercedes.
-Y… esta semana, ya sabés, los muchachos me volvieron loco.
Orgulloso, Juan Antonio le contó a su mujer, entre otras cosas, que el patrón, palmeándole la espalda, le había dicho: “Juan, el domingo te tenés que portar, ¿eh?”.
Felpa era un buen tipo, de 26 años, casado no hacía mucho tiempo y con un niño de meses. De gustos sencillos, querido y popular, era de esa clase de hombres que teniendo poco no necesitan más. Se vistió con ropa de domingo, revisó la bolsa de deportes, olió con ganas y sin ruidos la habitación del hijo dormido y se despidió de su mujer sin mucha ceremonia.
En el sanatorio San Luis, sentado en la cama donde convalecía su padre de una operación estomacal, recibió con paciencia consejos futbolísticos. Recordaron aquel día que habían ido a cazar y Juan Antonio, con 10 años, salió corriendo y se tiró de panza sobre una liebre a la que el padre había apuntado y pretendía disparar con su vieja escopeta. La liebre se escapó y el imprudente proyecto de guardameta, que vivía abalanzándose sobre cualquier cosa, recibió una paliza de la que no se olvidaría nunca más. En esa época le empezaron a llamar Gato. Su padre, hombre de carácter fuerte, que amaba al Sportivo con la misma intensidad con que odiaba al Argentino, nunca estuvo de acuerdo con que su hijo fuera portero, y no sólo porque le espantaba las liebres, sino porque siempre había pensado que los porteros eran medio imbéciles. Pero quería tanto a su único hijo que mudó el prejuicio y terminó mirando los partidos desde detrás de la portería, aunque era más lo que molestaba con sus gritos que lo que respaldaba.
En la cama del sanatorio, don Jesús Eladio Felpa se sentía mejor, pero no poder ver ese clásico lo tenía algo excitado. Iba a tener que conformarse con abrir las ventanas de su habitación para interpretar los gritos que llegaran desde la cancha. A 200 metros de distancia era capaz de identificar, aguzando el oído, las jugadas peligrosas, el equipo que dominaba y, sin dudar, a qué equipo pertenecía el gol que se marcaba. Treinta y cinco años viendo al Sportivo le habían enseñado mucho. Su pobre mujer tenía que soportar en silencio el relato aproximado que don Jesús hacía de las jugadas.
Juan Antonio se fue a la sede del club llevándose una última recomendación paterna:
-Métanle cinco goles, así no hablan nunca más.
FABRICAR UN PENALTI
En el camino volvió a fabricar un penalti en la cabeza. Siempre se tiraba hacia la derecha y apresaba entre sus manos el balón que llegaba a media altura. “La esperanza es el sueño de los despiertos”, escuchó un día.
En la sede encontró más gente que nunca y un clima prebélico. Las manos se le posaban en los hombros como mariposas brutas y contestó con una sonrisa los comentarios de siempre: “No te preocupes, que hoy ni se acercan…”. A las cinco cerrará las persianas, ¿eh?…”. “¿A quién le ganaron esos?”… Llegó a la tranquilidad del restaurante y saludó a sus compañeros, la mayoría de pueblos y ciudades cercanas a los que no veía desde el domingo pasado. Eran buena gente, pero él envidiaba la capacidad que tenía el Argentino para formar jugadores del pueblo. El Tano Perazzi lo explicaba bien: “Los del pueblo juegan por la camiseta, y los de afuera juegan por la plata”. Pero siempre había sido así, y, la verdad, mucha plata no había.
Comieron carne asada con ensalada, y después la Bruja Mirage, ex jugador y en aquel momento entrenador, dio la alineación y dijo las cuatro tonterías de siempre con tono de haber inventado el fútbol.
Los Felpa, padre e hijo, no lo tragaban porque nunca había defendido el fútbol local. Cuanto de más lejos le traían los jugadores, más contento estaba. Además, jugaba sin wines, y tácticamente se equivocaba mucho. Los dos solían acordarse del día en que el Negro Moyano lo saludó a los gritos en mitad del bar Victoria:
-¿Cómo te va, embrague?
-¿Por qué embrague? -preguntó el entrenador con poca prudencia.
-Porque primero metés la pata y después hacés los cambios -le soltó el Negro para que se riera todo el mundo.
Cómo sufrió el odio Mirage esa vez.
Los jugadores decidieron irse para la cancha distribuidos en cuatro coches particulares de directivos de la comisión de fútbol. Salieron por la puerta trasera para no darle oportunidad a los pesados. En el vestuario empezaron a respirar el clima del partido. Ahí adentro olía a fútbol. El partido estaba cerca, y afuera crecía el ruido. Apretados por los nervios, se vistieron, se masajearon e hicieran movimientos de calentamiento como si se tratara de un ritual.
El Gato Felpa, en un rincón, sólo movía los brazos y de vez en vez tiraba algún golpe al aire como los boxeadores. Se ponía rodilleras y unos pantalones cortos acolchados en las caderas para amortiguar los golpes de las caídas. No usaba guantes ni entendía cómo se podía atajar con ellos. Si alguien se lo preguntaba, había aprendido una frase que le gustaba repetir: “Me quitan sensibilidad”. Los hierros entre los que trabajaba durante la semana habían modelado manos fuertes, y a él le gustaba sentir la pelota entre sus dedos. El equipo, como era su costumbre, hizo un corro y todos encimaron las manos sobre las del capitán para dar tres gritos de guerra que contribuían a darles confianza y a hacerlos sentir más juntos. De rebote, también valía para asustar a los del vestuario contiguo. Se fueron para el túnel, con música de tacos de cuero sobre el suelo y cuidando de no resbalarse en el cemento. Cuando asomaron la cabeza estalló la mitad roja-verde del campo. Los celestes ocupaban el lado opuesto y homenajearon a sus jugadores tres minutos después: Ahí estaba todo el pueblo. Era día grande, de esos que dejan hablando al pueblo durante semanas; banderas, papeles picados, bombos, matracas gigantes, cantos; no faltaba nada.
El sermón arbitral fue breve: “A jugar y a callar”, dijo a los capitanes en el centro del campo antes de sortear las porterías.
El griterío de la gente y la emotividad de lo que estaba en juego dignificó en parte el fútbol pobre que se jugó en la primera mitad. Los dos equipos trataban de aprovechar el descuido del adversario, pero, eso sí, sin descuidarse. Se tenían miedo y estaban tensos, y eso, procesado futbolísticamente, da como resultado un partido trabado e impreciso.
Acertó don Jesús Eladio Felpa, en el sanatorio, cuando le resumió el primer tiempo a su mujer:
-Partido malo, vieja, ni ocasiones de gol crearon.
Se jugó mal, es cierto, pero se jugó en serio. Las piernas se metían fuertes y entre los jugadores se escucharon palabras duras.
El segundo tiempo pareció un poco más abierto, pero pisaron poco las áreas. Los dos equipos malograron alguna oportunidad, pero no fueron frutos de balones claros, sino de rebotes afortunados o de errores cometidos por piernas cansadas.
Pero de un clásico de pueblo nadie se va antes de tiempo. Certero otra vez don Jesús, le advirtió a su paciente mujer, faltando unos 15 minutos, que “todavía podía pasar cualquier cosa”. En ese segundo tiempo, Juan Antonio se calzó la gorra, porque el sol estaba bajo y pegaba de frente. Sus pocas intervenciones las había resuelto con sobriedad, salvo aquella pelota que llegó combada y despejó por encima del travesaño tirándose para atrás. Una parada más espectacular que difícil. Desde atrás dio órdenes, animó a sus compañeros y en ningún momento perdió concentración. Hasta el momento de la jugada que nunca más olvidarían quienes estaban ahí, el partido no se había dado para que él se luciera.
Faltaban cuatro minutos para el final cuando el Gringo Santoni, siempre tan apresurado, despejó a córner sin necesidad. Había llegado ese momento en el cual los menos interesados miraban el reloj con ganas de que aquello terminara de una vez, los borrachos hablaban solos y los fanáticos estaban trepados a las vallas totalmente desencajados. El córner venía fuerte y el Gato Felpa, todo hay que decirlo, dudó en la salida y se quedó a mitad de camino. El Oso Antuña, defensor central del Argentino, no necesitó saltar para cabecear seco al ángulo cruzado. El Enano Zárate, que con esa altura no podía marcar a nadie por arriba y que en los córneres era el encargado de cuidar el primer palo, supo instintivamente que con la cabeza jamás podía llegar a esa pelota, y la despejó de un manotazo. ¡Penalti!
Aquello calentó a los indiferentes, congeló a los fanáticos y hasta calló a los borrachos. El lado celeste de la cancha se puso de fiesta y la gente del Sportivo esperaba, inmóvil y muda, a que los dioses del fútbol les dieran una mano. Todo lo que estaba pasando se parecía mucho a la fantasía de Juan Antonio Felpa.
LA FE DE LOS HÉROES
El sol, del otro lado de la cancha, se había caído detrás de los cipreses, y Felpa, parado en el centro de la línea de meta, se quitó la gorra muy resuelto y la tiró adentro de la portería. Sintió un frescor agradable en la cabeza sudada y quizá por eso experimentó la fe de los héroes.
A 11 metros de distancia, el Beto Nieva ya estaba frente a la pelota. Se cruzaron una mirada huidiza; medio cómplice y medio asesina.
Juan Antonio Felpa flexionó levemente las rodillas y con los ojos fijos en el lanzador escuchó la orden del árbitro. Ya tenía la decisión tomada. Cuando el Beto golpeó la pelota, Felpa ya volaba en la dirección del sueño. Al lado del palo derecho, se abrazó a la pelota en el aire, y antes de caer al suelo sintió, como un relámpago, la alegría más grande de su vida.
Ahora era la mitad rojo-verde del campo la que se había puesto de fiesta al grito de “Felpa”, “Felpa”, “Felpa”. Yo no sé lo que le pasó en ese momento, porque en 25 años nadie logró hablar con él del tema sin que se enfadara, pero para mí que esos gritos lo confundieron y eso lo llevó a tomar el camino más absurdo de su vida. Lo cierto es que se levantó del suelo endiosado, y queriendo prolongar ese momento mágico, cometió el error de ir a buscar la gorra dentro de la portería con la pelota debajo del brazo. El árbitro dudó antes de dar el gol, y el campo entero tardó en echarse las manos a la cabeza entre eufóricas risas celestes y sorprendidos lamentos verdirrojos. El extraño coro de murmullos que quedó flotando en el ambiente desconcertó a don Jesús Eladio Felpa, que había sufrido con el penalti (“hay que reconocer que fue justo, vieja”) y se había alegrado con el paradón. Intuyó que algo malo había pasado, y con una mínima esperanza de haberse equivocado, miró a su santa mujer y le comentó entre triste y preocupado:
-Creo, vieja, que tu hijo la cagó.
JORGE VALDANO
RELATO 20.
LA PATA DE MONO
W.W. Jacobs
La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía a su rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios , éste es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez . Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente . Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca , tan horrible, que la miró con asombro; se rio, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.
II
A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rio de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte .
La madre se rio, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes .
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre iba bien vestido y con una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
-Lo siento… -empezó el otro.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
-Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.
III
En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa consumidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.
El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
-Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
-¿Pensaste en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…
-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa .
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán , con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
-¡Pídelo! -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuceó.
-Pídelo -repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
-¿Qué es eso? -gritó la mujer.
-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente , balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.
FIN
RELATO 21.
DEJAR A MATILDE
Alberto Moravia
Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.
La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación. Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta:
-Esta vez se acabó, vaya si se acabó.
Este juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme que preguntaban por mí al teléfono.
Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde:
-¿Cómo estás?
-Estoy bien -contesté, duro.
-Perdóname por anoche…, pero no pude, de verdad.
-No importa -le dije-, así que adiós… Nos veremos mañana… Te diré una cosa…
-¿Qué cosa?
-Una importante.
-¿Una cosa buena?
-Según… Para mí sí.
-¿Y para mí?
Dije tras un momento de reflexión:
-Claro, también para ti.
-¿Y qué cosa es?
-Te la diré mañana.
-No, dímela hoy.
-No me mates…
-Está bien… ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece?
Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también un poco. Dije:
-Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.
Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto. Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: “Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo”, y advertí con alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna:
-¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer?
Contesté huraño:
-Vamos, monta.
Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos.
Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañudamente en lo que debía hacer. ¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, también me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y -¿por qué no?- de Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la excursión y decírselo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin volverme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decírselo en la puerta de su casa: “Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos”. Entre tantas ideas no sabía cuál escoger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si hubiera adivinado mis reflexiones, se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco del asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído con una voz alegre y tierna:
-¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un beso.
Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas formas pensé: “Sigue, sigue… Ya es demasiado tarde”.
Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza.
-Voy a desnudarme detrás de aquella mata -dijo ella-. No mires.
Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa:
-Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.
Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio:
-¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas?
Y yo contesté espontáneamente:
-Pienso en lo que tengo que decirte.
-Pues dilo.
Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto:
-Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme.
Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció:
-Me duermo. ¡No me molestes!
Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que quería decirle.
Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y propuso:
Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies en el agua.
Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreritas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el estruendo de mar: “Ahora te digo esa cosa”. Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza, diciéndome: “Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no me dejes caer”. De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruzaban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la mejilla, diciendo:
-Y ahora comemos.
Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto, o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano. Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo:
-Bueno, dime ahora esa cosa.
Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:
-No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres mucho?
-No -respondí.
-¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?
-No.
-Entonces, ¿que nos casaremos pronto?
-No.
-Estas son las tres únicas cosas que me interesan -dijo ella sacudiendo la cabeza-. Basta, no quiero saber nada.
-No, tengo que decirte que…
Pero ella, tapándome la boca con la mano:
-Chitón, si quieres que te dé un beso.
¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero.
Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los pantalones, pensé que ese era el momento adecuado. Me levanté y dije con voz natural:
-Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte.
Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo. Dije: “Matilde”, pero no obtuve respuesta. Grité entonces: ¡Matilde!”, y tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima, con violencia hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella. Matilde ahora se sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía:
-Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo.
La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté flojo:
-Bueno, no lo repito, pero déjame en paz.
Pero ella no se levantó en seguida y dijo:
-¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante.
Después me soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamorados. En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque no se temía que la dejara: “También yo”. Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo Colombo.
Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:
-Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.
Me sentí casi desfallecer y consternado, exclamé:
-Pero, ¿por qué?
Y ella, con una buena carcajada:
-He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana.
Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.
RELATO 22.
LA CUEVA DE LA MORA
Bécquer
Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en la Reconquista, por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que defendieron, como de los que valerosamente clavaran sobre sus almenas el estandarte de la cruz.
De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído sobre otras al foso y lo han tapado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos: aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la hiedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa, con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante.
Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe, allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por si encontraba algunas armas, dando golpes en las piedras para observar si estaban huecos y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por los rincones con la idea de encontrar la entrada de algunos de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros.
Mis diligentes pesquisas fueron infructuosas. Sin embargo, una tarde en que, ya desesperanzado de hallar algo nuevo y curioso en lo alto de la roca sobre la que se asienta el castillo, renuncié a subir a ella y limité mi paseo a las orillas del río, que corre a sus pies, andando, andando a lo largo de la ribera, vi una especie de agujero abierto en la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito temor separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció cueva formada por la naturaleza y que después que anduve algunos pasos vi era un subterráneo abierto a pico. No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité a observar cuidadosamente las particularidades de la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la altura en que se hallaba el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé haber visto una poterna cegada. Sin duda había descubierto uno de esos caminos secretos tan comunes en las obras militares de aquella época, el cuál debió de servir para hacer salidas falsas o coger, durante el sitio, el agua del río que corre allí inmediato.
Para asegurarme de la verdad que pudiera haber en mis indagaciones, después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación con un trabajador que andaba podando unas viñas al cual me acerqué con el pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.
Hablamos de varias cosas indiferentes, de las propiedades medicinales de las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de Navarra y el cultivo de las viñas, hablamos, en fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió, antes que de la cueva, objeto de mi curiosidad.
Cuando, por último, la conversación recayó sobre este punto, le pregunté si sabía de alguien que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.
-¡Penetrar en la cueva de la mora!- me dijo como asombrado al oír mi pregunta-. ¿Quién había de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale todas las noches un ánima?
-¡Un ánima!- exclamé sonriéndome-, ¿el ánima de quien?
-El ánima de la hija de un alcaide moro que anda todavía penando por estos lugares, y se la ve todas las noches salir vestida de blanco de esa cueva, y llena en el río una jarra de agua.
Por la explicación del buen hombre vine en conocimiento de que acerca del castillo árabe y del subterráneo que yo suponía en comunicación con él, había alguna historieta: y, como yo soy muy amigo de oír esas tradiciones, especialmente de labios de la gente del pueblo, le supliqué me la refiriese, lo cual hizo, poco más o menos, en los mismos términos que yo a la vez se la voy a referir a mis lectores.
Cuando el castillo, del que ahora sólo restan algunas informes ruinas dominaba desde lo alto de la roca, ocurrió junto a la villa de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó herido y prisionero de los árabes un famoso caballero cristiano, tan digno de renombre por su piedad como por su valentía.
Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo algunos días en el fondo del calabozo luchando entre la vida y la muerte hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas, sus amigos le rescataron a fuerza de oro.
Volvió el cautivo a su hogar. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborotaron al verle, creyendo que llegaba la hora de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se había llenado de una profunda melancolía, y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disipar su extraña melancolía.
Durante su cautiverio logró ver a la hija del alcaide moro, de cuya hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla: pero cuando la hubo conocido la encontró tan superior a la idea que de ella se había formado, que no pudo resistir a la seducción de sus encantos y se enamoró perdidamente de un objeto para él imposible.
Meses y meses pasó el caballero pensando los proyectos más atrevidos y absurdos: unas se imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer; otras hacía los mayores esfuerzos para olvidarla; ya se decidía por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que al fin un día reunió a sus hermanos y compañeros, mando llamar a sus hombres de guerra, y después de hacer con el mayor sigilo todos los preparativos necesarios, cayó de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura, objeto de su insensato amor.
Al partir a esta expedición, todos creyeron que sólo movía a su caudillo el afán de vengarse de cuanto le habían hecho sufrir arrojándole al fondo de los calabozos; pero después de tomada la fortaleza, no se ocultó a ninguno la verdadera causa de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos cristianos habían perecido para contribuir al logro de una pasión indigna.
El caballero, embriagado en el amor que al fin logró encender en el pecho de la hermosísima mora, ni hacía caso de los consejos de sus amigos, ni escuchaba las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros luchaban por salir cuanto antes de aquellos muros.
Y en efecto sucedió así: el alcaide trajo gentes de los lugares comarcanos; y una mañana el vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre bajó a anunciar a los enamorados amantes que por toda la sierra que desde aquellas rocas se descubre se veía bajar tal nublado de guerreros, que bien podría asegurarse que iba a caer sobre el castillo el ejército árabe entero.
La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida como la muerte; el caballero pidió sus armas a grandes voces, y todo se puso en movimiento en la fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus cuadras; los jefes comenzaron a dar órdenes; se bajaron los rastrillos, se levantó el puente colgante, y se coronaron de ballesteros las almenas.
Algunas horas después comenzó el asalto.
El castillo, con razón, podía llamarse inexpugnable. Sólo por sorpresa, como se apoderaron de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron, pues, sus defensores, una, dos y hasta diez embestidas.
Los moros se limitaron, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, a cercarlo estrechamente para provocar la rendición de sus defensores por hambre.
El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos horrorosos entre los cristianos; pero sabiendo que, una vez rendido el castillo, el precio de la vida de sus defensores era la cabeza de su jefe, ninguno quiso hacerle traición, y los mismos que habían reprobado su conducta, juraron perecer en su defensa.
Los moros, impacientes, resolvieron dar un nuevo asalto al mediar la noche. La embestida fue rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible. Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de un hachazo cayó al foso desde lo alto del muro, al que había logrado subir con ayuda de una escala, al mismo tiempo que el caballero recibía un golpe mortal en la brecha de la barbacana, en donde unos combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.
Los cristianos comenzaron a cejar y a desplegarse. En ese punto la mora se inclinó sobre su amante que yacía en el suelo y tomándolo en sus brazos con unas fuerzas que hacían mayores la desesperación y la idea del peligro, lo arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó un resorte y por la boca que dejó ver una piedra al levantarse como movida de un impulso sobrenatural, desapareció con su preciosa carga y comenzó a descender hasta llegar al subterráneo.
Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su alrededor una mirada llena de extravío y dijo:
-¡Tengo sed! ¡Me muero! ¡Me abraso!- y en su delirio, precursor de la muerte, de sus labios secos, por los cuales silbaba la respiración al pasar, sólo se oían salir estas palabras angustiosas: -¡Tengo sed! ¡Me abraso! ¡Agua! ¡Agua!
La mora sabía que aquel subterráneo tenía una salida al valle por donde corre el río. El valle y todas las alturas que lo coronan estaban llenos de soldados moros, que una vez rendida la fortaleza buscaban en vano por todas partes al caballero, sin embargo no vaciló un instante y tomando el casco del moribundo, se deslizó como una sombra por entre los matorrales que cubrían la boca de la cueva y bajó a la orilla del río.
Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse para volver de nuevo al lado de su amante, cuando silbó una saeta y resonó un grito.
Dos guerreros moros que velaban alrededor de la fortaleza habían disparado sus arcos en la dirección en que oyeron moverse las ramas.
La mora, herida de muerte, logró sin embargo, arrastrarse a la entrada del subterráneo y penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el caballero. Éste, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, volvió en razón; y conociendo la enormidad del pecado que tan duramente expiaban, volvió los ojos al cielo, tomó el agua que su amante le ofrecía, y sin acercársela a los labios, preguntó a la mora: ¿Quieres ser cristiana?¿ Quieres morir en mi religión, y si me salvo salvarte conmigo?- La mora, que había caído al suelo desvanecida con la falta de la sangre, hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, sobre la cual derramó el caballero el agua bautismal.
Al otro día, el soldado que disparó la saeta vio un rastro de sangre a la orilla del río, y siguiéndolo, entró en la cueva, donde encontró los cadáveres del caballero y su amada, que aún vienen por las noches a vagar por estos contornos.
RELATO 23.
EL DEDO DEL DIFUNTO
(Leyenda anónima de Cádiz)
En toda la provincia de Cádiz, y aun en toda Andalucía, se contaban las gracias y los golpes de aquel famosísimo notario, D. Antonio Flores. Hombre sesentón, de un buen humor constante inalterable, gozaba de una envidiable popularidad. Y una de sus famosas ocurrencias dio origen a la más conocida y graciosa leyenda: “la del dedo del muerto”.
Era D. Antonio notario de Cádiz, aunque le llamaban y acudían a él gentes de toda la provincia y de las inmediatas. Su buen humor y chispeante ingenio, iban unidos a una honradez y una probidad acrisolada y esto le hacía depositario de grandes sumas, de numerosísimos valores y papeles, joyas y secretos de gentes principales, muchas de las cuales teníanle confiados por completo su fortuna y sus intereses.
Cierta noche, cuando D. Antonio tomaba café en unión de varios amigos de su tertulia, le llamaron con toda urgencia. Se moría D. Blas Portillo, uno de los gaditanos más ricos e ilustres, y el moribundo, que en vida y en salud no había querido jamás oír hablar de testamento, quería arreglar sus cosas, al verse en la antesala de la muerte.
Don Antonio se dispuso en seguida a cumplir su deber y, efectivamente, diez minutos después el coche le dejaba en casa de los Portillos, una de las más hermosas y ricas de la antigua calle Real.
El notario, al penetrar en el dormitorio del moribundo, donde estaba congregada la familia, se dio cuenta de que allí pasaba algo raro. El enfermo ocupaba un lecho monumental, al lado del cual estaba la esposa –la tercera esposa– de don Blas, acompañada de dos hijas de ella, habidas en su primer matrimonio, pues era la mujer de D. Blas viuda, a su vez de primeras nupcias, cuando se casó con éste que lo era ya de segundas.
D. Blas tenía fama de avaro y poseía una gran fortuna. La vida del enfermo con su tercera mujer no había sido, ni mucho menos, feliz y tranquila: le había resultado despótica y dura, y, por si esto era poco, las dos hijas, habidas en el primer matrimonio, eran tan tarascas como la madre.
Lo que extrañó a D. Antonio al penetrar en la alcoba del moribundo, fue encontrar la estancia tan a oscuras que apenas se veía sino la silueta del enfermo y de las cosas.
– ¡Pase por aquí, D. Antonio! –le dijo una de las muchachas, cogiendo al notario de la mano.
Y le condujo junto al lecho, hasta un gran sillón frailuno, preparado al efecto.
En seguida, la mujer del moribundo le dijo a media voz:
– Mi pobre esposo apenas puede hablar, D. Antonio. Así, usted vaya anotando, conforme yo pregunte al pobre mío, lo que pretende hacer de los bienes. ¡Escriba, escriba usted!
El notario vio que le traían una débil lamparilla, provista de una pantalla la cual aunque iluminaba apenas la carpeta y el papel que le brindaba otra de las muchachas, seguía dejando en tinieblas el resto de la estancia.
El notario, espíritu agudo y fino, se había dado inmediatamente cuenta de la situación.
– Puede usted preguntarle lo que guste, señora –repuso–. Ya escribo.
La presunta viuda lanzó un profundo suspiro, como si la arrancaran el alma, y, puesta al lado del lecho, junto el notario, preguntó al moribundo, al tiempo que se inclinaba sobre el rostro de éste:
– ¡Escúchame, Blas querido!: ¿verdad que es tu voluntad que esta casa, con la finca de la Hondonada, sean para mí?
Hubo un silencio expectante. La viuda se había vuelto rápidamente, en cuanto pronunció aquellas palabras, hacia el notario.
Este esperaba con el oído atento y una leve sonrisa en los labios. Al ver que el testador no contestaba, iba ya a decir algo, cuando la señora le atajó:
– El pobre mío no puede hablar; pero observe usted como mueve la mano derecha en señal de asentimiento. ¿Verdad, Blas querido que me dejas esta casa y la finca de la Hondonada?… ¿Ve usted, don Antonio, como mueve la mano derecha?… ¡Escriba, escriba!…
El notario había comprendido, y con aquella su cazurrería proverbial, escribió en efecto, encabezando el testamento.
La viuda presunta continuó entonces:
– ¿Verdad, querido Blas, que las dos casas de la calle Traviesa, el cortijo de las Cigüeñas y la dehesa del Galapagar los dejas a mi hija mayor, María, aquí presente?
Volvió a moverse la mano derecha, mejor dicho, el índice de esta mano, del moribundo, y la señora añadió:
– ¿Ve usted como asiente? ¡Está conforme con todo! ¡Es que el pobrecito ha perdido ya la palabra! ¡Escriba, usted, señor notario, escriba usted!
Y D. Antonio escribió sin chistar.
– ¿Verdad, querido mío, que las acciones de los vapores, los títulos de la Deuda, y la mina de los Camilos los dejas a mi hija pequeña, Estefanía, que también está aquí a tu lado?
Nuevo movimiento del índice, otro comentario de la señora y vuelta a escribir el notario, según los deseos del moribundo.
Y así continuó, durante largo rato, haciéndose aquel extraño testamento: la mujer preguntando, el índice moviéndose y el notario escribiendo la última voluntad de un difunto.
Porque lo notable del caso es que don Antonio Flores había comprendido desde el momento mismo de penetrar en la alcoba, que D. Blas había muerto hacía ya rato. Todo esto era un soberbia mise en scène preparada por la familia para disponer a su antojo de los bienes y la fortuna del muerto.
Alguien debía estar escondido debajo de la cama y movía un hilo o cuerdecilla, atada a la diestra del cadáver. ¡Y allí estaba el intríngulis!
D. Antonio tuvo uno de sus rasgos geniales. Ya era hora de acabar con aquella escandalosa farsa. Sabía de memoria cuáles eran los bienes, casas y propiedades de D. Blas Portillo y conocía, por tanto, lo que faltaba por distribuir. Y así, extendió la diestra armada del lápiz con el cual escribía el testamento en borrador, y dijo a la dos veces viuda:
– ¡Espere un momento, señora, que voy a hacer yo una pregunta al pobre enfermo!
E inclinándose sobre el lecho, preguntó a D. Blas, como si le hablara al oído, aunque en voz alta para que todos le oyeran:
– ¿Verdad, mi querido D. Blas, que deja usted el molino de la segunda, la casa de la plaza de Moret y cuarenta mil duros en efectivo a su buen amigo el notario D. Antonio Flores, a quien está usted dictando este testamento?
Ahora se hizo un silencio de asombro.
Como el traspunte escondido debajo de la cama no contaba con aquella terrible huéspeda, se guardó muy bien de tirar del hilillo. La viuda y sus dos hijas miraron al notario y se miraron luego mutuamente; trabajo les costó disimular la sorpresa y la cólera.
El notario esperó unos momentos, un tiempo prudencial, fijos los ojos en la diestra del cadáver; pero el índice no se movió, ni siquiera cuando hubo repetido la pregunta. D. Antonio se puso en pie y dijo en tono entre burlón y terriblemente acusador:
– ¡Bueno, señoras mías!: o se mueve la mano de D. Blas para dejarme a mí heredero de lo que pido, o, de lo contrario, ¡no hay testamento!
Y aunque –según la leyenda– la diestra se movió en seguida, D. Antonio Flores, soltando una sonora carcajada, rompió el borrador de aquel testamento de muerto y dijo a la estupefacta dueña de la casa, mientras abandonaba la habitación:
– ¡Señora! Ya le pasaré a usted la minuta.
Santos Díaz Santillana. Recopilación de leyendas españolas.
Ediciones Ayax. Barcelona 1951.
RELATO 24.
LAS RATAS DEL CEMENTERIO
Henry Kuttner
El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se había asentado en el cementerio una colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió hacerlas desaparecer. Al principio colocaba cepos y comida envenenada junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.
Eran grandes, aun tratándose de la especie mus decumanus, cuyos ejemplares miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris. Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos muy extraños.
Masson se asombraba a veces de las extraordinarias proporciones de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos inquietantes que le habían contado al llegar a la vieja y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida larvaria que persistía en la muerte, oculta en las olvidadas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los viejos tiempos en que Cotton Mather exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de la siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas casas de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.
En cuanto a estos roedores, ciertamente, Masson les tenía aversión y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes afilados y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había oído rumore» sobre ciertas criaturas horribles que moraban en las profundidades de la tierra y tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según decían los ancianos, las ratas servían de mensajeras entre este mundo y las cavernas que se abrían en las entrañas de la tierra, muy por debajo de Salem. Y aún se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos y nocturnos. El mito del flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma de alegoría, un horror blasfemo; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día.
Masson no hacía ningún caso de semejantes relatos. No fraternizaba con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema quizá iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas sepulturas. Y en efecto, hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a las actividades de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para Masson.
Los dientes postizos suelen hacerse de oro puro, y no se los extraen a uno cuando muere. Las ropas, naturalmente, son harina de otro costal, porque la compañía de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con algunos estudiantes de medicina y médicos poco escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia.
Hasta entonces, Masson se las había arreglado muy bien para que no se iniciase una investigación. Había negado ferozmente la existencia de las ratas, aun cuando algunas veces éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos expoliado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd.
El tamaño de aquellos agujeros tenía a Masson asombrado. Por otra parte, se daba la curiosa circunstancia de que las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y no por los lados. Parecía como sí las ratas trabajasen bajo la dirección de algún guía dotado de inteligencia.
Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última paletada de tierra húmeda y de arrojarla al montón que había ido formando a un lado. Desde hacía varias semanas, no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal de barro pegajoso, del que surgían las mojadas lapidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus agujeros; no se veía ni una. Pero el rostro flaco y desgalichado de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera.
Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del fallecido venían a menudo a visitar su tumba, aun lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado la pala.
Desde la colina donde estaba situado el cementerio, se veían parpadear débilmente las luces de Salem a través de la lluvia pertinaz. Sacó la linterna del bolsillo porque iba a necesitar luz. Apartó la pala y se inclinó a revisar los cierres de la caja.
De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un rebullir inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una rabia furiosa, al comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se le habían adelantado otra vez!
En un rapto de cólera, Masson arrancó los cierres del ataúd. Metió el canto de la pala bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las dos manos. Luego encendió la linterna y la enfocó al interior del ataúd.
La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso: el ataúd estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz.
El extremo del sarcófago había sido horadado, y el boquete comunicaba con una galería, al parecer, pues en aquel mismo momento desaparecía por allí, a tirones, un pie fláccido enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado, esta vez, sólo unos instantes. Se dejó caer a gatas y agarró el zapato con todas sus fuerzas. Se le cayó la linterna dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero.
Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver a través de él. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. De todos modos, él llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver de una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera; pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se prendió la linterna al cinturón y se metió por el boquete. El acceso era angosto. Delante de sí, a la luz de la linterna, podía ver cómo las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del túnel de tierra. También él trató de arrastrarse lo más rápidamente posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra.
El aire se hacía irrespirable por el hedor de la carroña. Masson decidió que, si no alcanzaba el cadáver en un minuto, volvería para atrás. Los temores supersticiosos empezaban a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Siguió adelante, y cruzó varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Por dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección.
Entonces vio varios montones de barro que casi obstruían la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le apareció de pronto en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta.
El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta que llegó a ella. Introdujo allí las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar precipitadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas magulladas.
De súbito, una punzada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, dejó escapar un gemido de horror: una docena de enormes ratas le miraban atentamente, y sus ojillos malignos brillaban bajo la luz. Eran unos bichos deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbró una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra apenas vista.
La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de un naranja oscuro. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse.
El estruendo del disparo le dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Se guardó la pistola y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez.
Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin apuntar, de suerte que no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron demasiado. No obstante, Masson aprovechó la tregua para reptar lo más deprisa que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque.
Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr.
Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante. De momento, lo tomó por un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano.
Se trataba de una momia negruzca y arrugada, y Masson se dio cuenta, preso de un pánico sin límites, de que se movía.
Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a muy poca distancia del suyo. Era una calavera casi descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía unos ojos vidriosos, hinchados y saltones, que delataban su ceguera, y, al avanzar hacia Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre.
Cuando aquel Horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, justo a sus pies, y el confuso gruñido de la criatura que le seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente.
Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con una horrible voracidad pintada en sus ojillos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logró desembarazarse de ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que. El gatillo pegó sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas.
Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel!
La tierra estaba empapada por el agua de la lluvia. Se enderezó y se puso a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético, en la tierra. La piedra cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos.
Se acercaban las ratas… Era el enorme ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último tirón de la piedra, y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel.
La piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable, del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando!
Jadeando de terror, Masson avanzaba mientras la tierra se desprendía tras él. El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror le descompuso.
Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd, en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo!
Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó aliento entonces, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima?
Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. En un paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con las uñas una salida hacia el aire… hacia el aire…
Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos de los ojos. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. Y de súbito, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró los ojos, sacó su lengua ennegrecida, y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos.
RELATO 25.
RÉQUIEM CON TOSTADAS
Mario Benedetti
Sí, me llamo Eduardo. Usted me lo pregunta para entrar de algún modo en conversación, y eso puedo entenderlo. Pero usted hace mucho que me conoce, aunque de lejos. Como yo lo conozco a usted. Desde la época en que empezó a encontrarse con mi madre en el café de Larrañaga y Rivera, o en éste mismo. No crea que los espiaba. Nada de eso. Usted a lo mejor lo piensa, pero es porque no sabe toda la historia. ¿O acaso mamá se la contó? Hace tiempo que yo tenía ganas de hablar con usted, pero no me atrevía. Así que, después de todo, le agradezco que me haya ganado de mano. ¿Y sabe por qué tenía ganas de hablar con usted? Porque tengo la impresión de que usted es un buen tipo. Y mamá también era buena gente. No hablábamos mucho de ella y yo. En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra mi padre. Pero el Viejo hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea casi todas las noches, y entonces más bien gritaba. Los tres le teníamos miedo: mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y aprendí muchas cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan, son en el fondo unos pobres diablos. Pero entonces yo era mucho más chico y no lo sabía. Mirta no lo sabe ni siquiera ahora, pero ella es tres años menor que yo, y sé que a veces en la noche se despierta llorando. Es el miedo. ¿Usted alguna vez tuvo miedo? A Mirta siempre le parece que el Viejo va a aparecer borracho, y que se va a quitar el cinturón para pegarle. Todavía no se ha acostumbrado a la nueva situación. Yo, en cambio, he tratado de acostumbrarme. Usted apareció hace un año y medio, pero el Viejo se emborrachaba desde hace mucho más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto, duele bastante, pero a mamá le pegaba con el puño cerrado. Porque sí nomás, sin mayor motivo: porque la sopa estaba demasiado caliente, o porque estaba demasiado fría, o porque no lo había esperado despierta hasta las tres de la madrugada, o porque tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Después, con el tiempo, mamá dejó de llorar. Yo no sé cómo hacía, pero cuando él le pegaba, ella ni siquiera se mordía los labios, y no lloraba, y eso al Viejo le daba todavía más rabia. Ella era consciente de eso, y sin embargo prefería no llorar. Usted conoció a mamá cuando ella ya había aguantado y sufrido mucho, pero sólo cuatro años antes (me acuerdo perfectamente) todavía era muy linda y tenía buenos colores. Además era una mujer fuerte. Algunas noches, cuando por fin el Viejo caía estrepitosamente y de inmediato empezaba a roncar, entre ella y yo lo levantábamos y lo llevábamos hasta la cama. Era pesadísimo, y además aquello era como levantar a un muerto. La que hacía casi toda la fuerza era ella. Yo apenas si me encargaba de sostener una pierna, con el pantalón todo embarrado y el zapato marrón con los cordones sueltos. Usted seguramente creerá que el Viejo toda la vida fue un bruto. Pero no. A papá lo destruyó una porquería que le hicieron. Y se la hizo precisamente un primo de mamá, ese que trabaja en el Municipio. Yo no supe nunca en qué consistió la porquería, pero mamá disculpaba en cierto modo los arranques del Viejo porque ella se sentía un poco responsable de que alguien de su propia familia lo hubiera perjudicado en aquella forma. No supe nunca qué clase de porquería le hizo, pero la verdad era que papá, cada vez que se emborrachaba, se lo reprochaba como si ella fuese la única culpable. Antes de la porquería, nosotros vivíamos muy bien. No en cuanto a la plata, porque tanto yo como mi hermana nacimos en el mismo apartamento (casi un conventillo) junto a Villa Dolores, el sueldo de papá nunca alcanzó para nada, y mamá siempre tuvo que hacer milagros para darnos de comer y comprarnos de vez en cuando alguna tricota o algún par de alpargatas. Hubo muchos días en que pasábamos hambre (si viera qué feo es pasar hambre), pero en esa época por lo menos había paz. El Viejo no se emborrachaba, ni nos pegaba, y a veces hasta nos llevaba a la matinée. Algún raro domingo en que había plata. Yo creo que ellos nunca se quisieron demasiado. Eran muy distintos. Aún antes de la porquería, cuando papá todavía no tomaba, ya era un tipo bastante alunado. A veces se levantaba al mediodía y no le hablaba a nadie, pero por lo menos no nos pegaba ni la insultaba a mamá. Ojalá hubiera seguido así toda la vida. Claro que después vino la porquería y él se derrumbó, y empezó a ir al boliche y a llegar siempre después de media noche, con un olor a grapa que apestaba. En los últimos tiempos todavía era peor, porque también se emborrachaba de día y ni siquiera nos dejaba ese respiro. Estoy seguro de que los vecinos escuchaban todos los gritos, pero nadie decía nada, claro, porque papá es un hombre grandote y le tenían miedo. También yo le tenía miedo, no sólo por mí y por Mirta, sino especialmente por mamá. A veces yo no iba a la escuela, no para hacer la rabona, sino para quedarme rondando la casa, ya que siempre temía que el Viejo llegara durante el día, más borracho que de costumbre, y la moliera a golpes. Yo no la podía defender, usted ve lo flaco y menudo que soy, y todavía entonces lo era más, pero quería estar cerca para avisar a la policía. ¿Usted se enteró de que ni papá ni mamá eran de ese ambiente? Mis abuelos de uno y otro lado, no diré que tienen plata, pero por lo menos viven en lugares decentes, con balcones a la calle y cuartos con bidet y bañera. Después que pasó todo, Mirta se fue a vivir con mi abuela Juana, la madre de mi papá, y yo estoy por ahora en casa de mi abuela Blanca, la madre de mamá. Ahora casi se pelearon por recogernos, pero cuando papá y mamá se casaron, ellas se habían opuesto a ese matrimonio (ahora pienso que a lo mejor tenían razón) y cortaron las relaciones con nosotros. Digo nosotros, porque papá y mamá se casaron cuando yo ya tenía seis meses. Eso me lo contaron una vez en la escuela, y yo le reventé la nariz al Beto, pero cuando se lo pregunté a mamá, ella me dijo que era cierto. Bueno, yo tenía ganas de hablar con usted, porque (no sé qué cara va a poner) usted fue importante para mí, sencillamente porque fue importante para mi mamá. Yo la quise bastante, como es natural, pero creo que nunca podré decírselo. Teníamos siempre tanto miedo, que no nos quedaba tiempo para mimos. Sin embargo, cuando ella no me veía, yo la miraba y sentía no sé qué, algo así como una emoción que no era lástima, sino una mezcla de cariño y también de rabia por verla todavía joven y tan acabada, tan agobiada por una culpa que no era suya, y por un castigo que no se merecía. Usted a lo mejor se dio cuenta, pero yo le aseguro que mi madre era inteligente, por cierto bastante más que mi padre, creo, y eso era para mí lo peor: saber que ella veía esa vida horrible con los ojos bien abiertos, porque ni la miseria ni los golpes ni siquiera el hambre, consiguieron nunca embrutecerla. La ponían triste, eso sí. A veces se le formaban unas ojeras casi azules, pero se enojaba cuando yo le preguntaba si le pasaba algo. En realidad, se hacía la enojada. Nunca la vi realmente mala conmigo. Ni con nadie. Pero antes de que usted apareciera, yo había notado que cada vez estaba más deprimida, más apagada, más sola. Tal vez por eso fue que pude notar mejor la diferencia. Además, una noche llegó un poco tarde (aunque siempre mucho antes que papá) y me miró de una manera distinta, tan distinta que yo me di cuenta de que algo sucedía. Como si por primera vez se enterara de que yo era capaz de comprenderla. Me abrazó fuerte, como con vergüenza, y después me sonrió. ¿Usted se acuerda de su sonrisa? Yo sí me acuerdo. A mí me preocupó tanto ese cambio, que falté dos o tres veces al trabajo (en los últimos tiempos hacía el reparto de un almacén) para seguirla y saber de qué se trataba. Fue entonces que los vi. A usted y a ella. Yo también me quedé contento. La gente puede pensar que soy un desalmado, y quizá no esté bien eso de haberme alegrado porque mi madre engañaba a mi padre. Puede pensarlo. Por eso nunca lo digo. Con usted es distinto. Usted la quería. Y eso para mí fue algo así como una suerte. Porque ella se merecía que la quisieran. Usted la quería ¿verdad que sí? Yo los vi muchas veces y estoy casi seguro. Claro que al Viejo también trato de comprenderlo. Es difícil, pero trato. Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre. Cuando nos pegaba, a Mirta y a mí, o cuando arremetía contra mamá, en medio de mi terror yo sentía lástima. Lástima por él, por ella, por Mirta, por mí. También la siento ahora, ahora que él ha matado a mamá y quién sabe por cuanto tiempo estará preso. Al principio, no quería que yo fuese, pero hace por lo menos un mes que voy a visitarlo a Miquelete y acepta verme. Me resulta extraño verlo al natural, quiero decir sin encontrarlo borracho. Me mira, y la mayoría de las veces no dice nada. Yo creo que cuando salga, ya no me va a pegar. Además, yo seré un hombre, a lo mejor me habré casado y hasta tendré hijos. Pero yo a mis hijos no les pegaré, ¿no le parece? Además estoy seguro de que papá no habría hecho lo que hizo si no hubiese estado tan borracho. ¿O usted cree lo contrario? ¿Usted cree que, de todos modos hubiera matado a mamá esa tarde en que, por seguirme y castigarme a mí, dio finalmente con ustedes dos? No me parece. Fíjese que a usted no le hizo nada. Sólo más tarde, cuando tomó más grapa que de costumbre, fue que arremetió contra mamá. Yo pienso que, en otras condiciones, él habría comprendido que mamá necesitaba cariño, necesitaba simpatía, y que él en cambio sólo le había dado golpes. Porque mamá era buena. Usted debe saberlo tan bien como yo. Por eso, hace un rato, cuando usted se me acercó y me invitó a tomar un capuchino con tostadas, aquí en el mismo café donde se citaba con ella, yo sentí que tenía que contarle todo esto. A lo mejor usted no lo sabía, o sólo sabía una parte, porque mamá era muy callada y sobre todo no le gustaba hablar de sí misma. Ahora estoy seguro de que hice bien. Porque usted está llorando, y, ya que mamá está muerta, eso es algo así como un premio para ella, que no lloraba nunca.
RELATO 26.
“EL PEQUEÑO MUNDO DE DON CAMILO”. TERCERA HISTORIA
Giovanni Guareschi
¿Muchachas? No; nada de muchachas. Si se trata de hacer un poco de jarana en la hostería, de cantar un rato, siempre dispuesto. Pero nada más. Ya tengo mi novia, que me espera todas las tardes junto al tercer poste del telégrafo en el camino de la Fábrica.
Tenía yo catorce años y regresaba a casa en bicicleta por ese camino. Un ciruelo asomaba una rama por encima de un pequeño muro y cierta vez me detuve.
Una muchacha venía de los campos con una cesta en la mano y la llamé. Debía de tener unos diecinueve años porque era mucho más alta que yo y bien formada.
-¿Quieres hacerme de escalera? –le dije.
La muchacha dejó la cesta y yo trepé sobre sus hombros. La rama estaba cargada de ciruelas amarillas y llené de ellas la camisa.
-Extiende el delantal, que vamos a medias –dije a la muchacha.
Ella contestó que no valía la pena.
-¿No te agradan las ciruelas? –pregunté.
-Sí, pero yo puedo arrancarlas cuando quiero. La planta es mía: yo vivo allí –me dijo.
Yo tenía entonces catorce años y llevaba los pantalones cortos, pero trabajaba de peón de albañil y no tenía miedo a nadie. Ella era mucho más alta que yo y formada como una mujer.
-Tú tomas el pelo a la gente –exclamé mirándola enojado-; pero yo soy capaz de romperte la cara, larguirucha.
No dijo palabra.
La encontré dos tardes después siempre en el camino.
-¡Adiós, larguirucha! –le grité. Luego le hice una fea mueca con la boca. Ahora no podría hacerla, pero entonces las hacía mejor que el capataz, que había aprendido en Nápoles.
La encontré otras veces, pero yo no le dije nada. Finalmente una tarde perdí la paciencia, salté de la bicicleta y le atajé el paso.
-¿Se podría saber por qué miras así? –le pregunté echándome a un lado la visera de la gorra.
La muchacha abrió dos ojos claros como el agua, dos ojos como jamás había visto.
-Yo no te miro –contestó tímidamente.
Subí a mi bicicleta.
-¡Cuídate, larguirucha! –le grité -. Yo no bromeo.
Una semana después la vi. de lejos, que iba caminando acompañada por un mozo, y me dio una tremenda rabia. Me alcé sobre los pedales y empecé a correr como un condenado. A dos metros del muchacho viré y al pasarle de cerca le di un empujón y lo dejé en el suelo aplastado como una cáscara de higo.
Oí que de atrás me gritaba hijo de mala mujer y entonces desmonté y apoyé la bicicleta en un poste telegráfico cerca de un montón de grava. Vi que corría a mi encuentro como un condenado: era un mozo de unos veinte años, y de un puñetazo me habría descalabrado. Pero yo trabajaba de peón de albañil y no tenía miedo a nadie. Cuando lo tuve a tiro le disparé una pedrada que le dio justo en la cara.
Mi padre era un mecánico extraordinario y cuando tenía una llave inglesa en la mano hacía escapar a un pueblo entero; pero también mi padre, si veía que yo conseguía levantar una piedra, daba media vuelta y para pegarme esperaba que me durmiese. ¡Y era mi padre! ¡Imagínense ese bobo! Le llené la cara de sangre, y luego, cuando me dio la gana, salté en mi bicicleta y me marché.
Dos tardes anduve dando rodeos, hasta que la tercera volví por la camino de la Fábrica y apenas vi a la muchacha, la alcancé y desmonté a la americana, saltando del asiento hacia atrás.
Los muchachos de hoy hacer reír cuando van en bicicleta: guardabarros, campanillas, frenos, faroles eléctricos, cambios de velocidad, ¿y después? Yo tenía una Frera cubierta de herrumbre, pero para bajar los dieciséis peldaños de la plaza jamás desmontaba; tomaba el manillar a lo Gerbi y volaba hacia abajo como un rayo.
Desmonté y me encontré frente a la muchacha. Yo llevaba la cesta colgada del manillar y saqué una piquetilla.
-Si te vuelvo a encontrar con otro, os parto la cabeza a ti y a él –dije.
La muchacha me miró con aquellos sus ojos malditos, claros como el agua.
-¿Por qué hablas así? –me preguntó en voz baja.
Yo no lo sabía, pero ¿qué importa?
-Porque sí –contesté-. Tú debes ir de paseo sola o si no, conmigo.
-Yo tengo diecinueve años y tú catorce cuando más –dijo-. Si al menos tuvieras dieciocho, ya sería otra cosa. Ahora soy una mujer y tú eres un muchacho.
-Pues espera a que yo tenga dieciocho años –grité -. Y cuidado con verte en compañía de alguno, porque entonces estás frita.
Yo era entonces peón de albañil y no tenía miedo de nada; cuando sentía hablar de mujeres me largaba. Se me importaban un pito las mujeres; pero esa no debía hacer la estúpida con los demás.
Vi a la muchacha durante casi cuatro años todas las tardes, menos los domingos. Estaba siempre allí, apoyada en el tercer poste del telégrafo, en el camino de la Fábrica. Si llovía, tenía su buen paraguas abierto.
No me paré ni una sola vez.
-Adiós –le decía al pasar.
-Adiós –me contestaba.
El día que cumplí los dieciocho años desmonté de la bicicleta.
-Tengo dieciocho años –le dije-. Ahora puedes salir de paseo conmigo. Si te haces la estúpida, te rompo la cabeza.
Ella tenía entonces veintitrés y se había hecho una mujer completa. Pero tenía siempre los mismos ojos claros como el agua y hablaba siempre en voz baja, como antes.
-Tú tienes dieciocho años –me contestó –pero yo tengo veintitrés. Los muchachos me apedrearían si me viesen ir en compañía de uno tan joven.
Dejé caer la bicicleta al suelo, recogí un guijarro chato y le dije:
-¿Ves aquel aislador, el primero del tercer poste?
Con la cabeza me hizo seña de que sí.
Le apunté al centro y quedó solamente el gancho de hierro, desnudo como un gusano.
-Los muchachos –exclamé –antes de recibirnos a pedradas deberán saber trabajar así.
-Decía por decir –explicó la muchacha -. No está bien que una mujer vaya de paseo con un menor. ¡Si al menos hubieses hecho el servicio militar…!
Ladeé a la izquierda la visera de la gorra.
-Querida mía, ¿por casualidad me has tomado por un tonto? Cuando haya hecho el servicio militar, yo tendré veintiún años y tú tendrás veintiséis, y entonces empezarás de nuevo la historia.
-No –contestó la muchacha-; entre los dieciocho años y veintitrés es una cosa y entre veintiuno y veintiséis es otra. Cuanto más se vive, menos cuentan las diferencias de edades. Que un hombre tenga veintiuno o veintiséis es lo mismo.
Me parecía un razonamiento justo, pero yo no era tipo que se dejase llevar de la nariz.
-En ese caso volveremos a hablar cuando haya hecho el servicio militar –dije saltando de la bicicleta -. Pero mira que si cuando vuelva no te encuentro, vengo a romperte la cabeza aunque sea bajo la cama de tu padre.
Todas las tardes la veía parada junto al tercer poste de la luz; pero yo nunca descendí. Le daba las buenas tardes y ella me contestaba buenas tardes. Cuando me llamaron a filas le grité:
-Mañana parto para alistarme.
-Hasta la vista –contestó la muchacha.
Ahora no es el caso de recordar toda mi vida militar. Soporté dieciocho meses de fajina y en el regimiento no cambié. Habré hecho tres meses de ejercicios; puede decirse que todas las tardes me mandaban arrestado o estaba preso.
Apenas pasaron los dieciocho meses me mandaron a casa.
Llegué al atardecer y sin vestirme de paisano, salté en la bicicleta y me dirigí al camino de la Fábrica.
Si esa me salía de nuevo con historias, la mataba a golpes con la bicicleta.
Lentamente empezaba a hacerse de noche y yo corría como un rayo pensando dónde diablos la encontraría.
Pero no tuve que buscarla; la muchacha estaba allí, esperándome puntualmente bajo el tercer poste del telégrafo. Era tal cual la había dejado y los ojos eran los mismos, idénticos.
Desmonté delante de ella.
-Concluí –le dije, enseñándole la papeleta de licenciamiento. La Italia sentada quiere decir licencia sin término. Cuando Italia está de pie significa licencia provisional.
-Es muy linda –contestó la muchacha.
Yo había corrido como alma que lleva el diablo y tenía la garganta seca.
-¿Podría tomar un par de aquellas ciruelas amarillas de la otra vez? –pregunté.
La muchacha suspiró.
-Lo siento, pero el árbol se quemó.
-¿Se quemó? –dije con asombro-. ¿De cuándo aquí los ciruelos se queman?
-Hace seis meses –contestó la muchacha-. Una noche prendió fuego en el pajar y la casa se incendió y todas las plantas del huerto ardieron como fósforos. Todo se ha quemado. Al cabo de dos horas sólo quedaban las puertas. ¿Las ves?
Miré al fondo y vi un trozo de muro negro, con una ventana que se abría sobre el cielo rojo.
-¿Y tú? –le pregunté.
-También yo – dijo con un suspiro-; también yo como lo demás. Un montoncito de cenizas y sanseacabó.
Miré a la muchacha, que estaba apoyada en el poste del telégrafo; la miré fijamente, y a través de su cara y de su cuerpo, vi las vetas de la madera del poste y las hierbas de la zanja.
Le puse el dedo sobre la frente y toqué el palo del telégrafo.
-¿Te hice daño? –pregunté.
-Ninguno.
Quedamos un rato en silencio, mientras el cielo se tornaba de un rojo cada vez más oscuro.
-¿Y entonces? –dije finalmente.
-Te he esperado –suspiró la muchacha- para hacerte ver que la culpa no es mía. ¿Puedo irme ahora?
Yo tenía entonces veintiún años y era un tipo como para llamar la atención. Las muchachas cuando me veían pasar sacaban afuera el pecho como si se encontrasen en la revista del general y me miraban hasta perderme de vista a lo lejos.
-Entonces –repitió la muchacha-, ¿puedo irme?
-No –le contesté-. Tú debes esperarme hasta que yo haya terminado este otro servicio. De mí no te ríes, querida mía.
-Está bien –dijo la muchacha. Y me pareció que sonreía.
Pero estupideces así no son de mi gusto y en seguida me alejé.
Han pasado doce años y todas las tardes nos vemos. Yo paso sin desmontar siquiera de la bicicleta.
-Adiós.
-Adiós.
¿Comprenden ustedes? Si se trata de cantar un poco en la hostería, de hacer un poco de jarana, siempre dispuesto. Pero nada más. Yo tengo mi novia, que me espera todas las tardes junto al tercer poste del telégrafo en el camino de la Fábrica.
RELATO 27.
EL ÁRBOL DE ORO
Ana María Matute
Asistí durante un otoño a la escuela de la señorita Leocadia, en la aldea, porque mi salud no andaba bien y el abuelo retrasó mi vuelta a la ciudad. Como era el tiempo frío y estaban los suelos embarrados y no se veía rastro de muchachos, me aburría dentro de la casa, y pedí al abuelo asistir a la escuela. El abuelo consintió, y acudí a aquella casita alargada y blanca de cal, con el tejado pajizo y requemado por el sol y las nieves, a las afueras del pueblo.
La señorita Leocadia era alta y gruesa, tenía el carácter más bien áspero y grandes juanetes en los pies, que la obligaban a andar como quien arrastra cadenas. Las clases en la escuela, con la lluvia rebotando en el tejado y en los cristales, con las moscas pegajosas de la tormenta persiguiéndose alrededor de la bombilla, tenían su atractivo. Recuerdo especialmente a un muchacho de unos diez años, hijo de un aparcero muy pobre, llamado Ivo. Era un muchacho delgado, de ojos azules, que bizqueaba ligeramente al hablar. Todos los muchachos y muchachas de la escuela admiraban y envidiaban un poco a Ivo, por el don que poseía de atraer la atención sobre sí, en todo momento. No es que fuera ni inteligente ni gracioso, y, sin embargo, había algo en él, en su voz quizás, en las cosas que contaba, que conseguía cautivar a quien le escuchase. También la señorita Leocadia se dejaba prender de aquella red de plata que Ivo tendía a cuantos atendían sus enrevesadas conversaciones, y —yo creo que muchas veces contra su voluntad— la señorita Leocadia le confiaba a Ivo tareas deseadas por todos, o distinciones que merecían alumnos más estudiosos y aplicados.
Quizá lo que más se envidiaba de Ivo era la posesión de la codiciada llave de la torrecita. Ésta era, en efecto, una pequeña torre situada en un ángulo de la escuela, en cuyo interior se guardaban los libros de lectura. Allí entraba Ivo a buscarlos, y allí volvía a dejarlos, al terminar la clase. La señorita Leocadia se lo encomendó a él, nadie sabía en realidad por qué.
Ivo estaba muy orgulloso de esta distinción, y por nada del mundo la hubiera cedido. Un día, Mateo Heredia, el más aplicado y estudioso de la escuela, pidió encargarse de la tarea —a todos nos fascinaba el misterioso interior de la torrecita, donde no entramos nunca—, y la señorita Leocadia pareció acceder. Pero Ivo se levantó, y acercándose a la maestra empezó a hablarle en su voz baja, bizqueando los ojos y moviendo mucho las manos, como tenía por costumbre. La maestra dudó un poco, y al fin dijo:
—Quede todo como estaba. Que siga encargándose Ivo de la torrecita.
A la salida de la escuela le pregunté:
—¿Qué le has dicho a la maestra?
Ivo me miró de través y vi relampaguear sus ojos azules.
—Le hablé del árbol de oro.
Sentí una gran curiosidad.
—¿Qué árbol?
Hacía frío y el camino estaba húmedo, con grandes charcos que brillaban al sol pálido de la tarde. Ivo empezó a chapotear en ellos, sonriendo con misterio.
—Si no se lo cuentas a nadie…
—Te lo juro, que a nadie se lo diré.
Entonces Ivo me explicó:
—Veo un árbol de oro. Un árbol completamente de oro: ramas, tronco, hojas… ¿sabes? Las hojas no se caen nunca. En verano, en invierno, siempre. Resplandece mucho; tanto, que tengo que cerrar los ojos para que no me duelan.
—¡Qué embustero eres! —dije, aunque con algo de zozobra. Ivo me miró con desprecio.
—No te lo creas —contestó—. Me es completamente igual que te lo creas o no… ¡Nadie entrará nunca en la torrecita, y a nadie dejaré ver mi árbol de oro! ¡Es mío! La señorita Leocadia lo sabe, y no se atreve a darle la llave a Mateo Heredia, ni a nadie… ¡Mientras yo viva, nadie podrá entrar allí y ver mi árbol!
Lo dijo de tal forma que no pude evitar el preguntarle:
—¿Y cómo lo ves…?
—¡Ah, no es fácil —dijo, con aire misterioso—. Cualquiera no podría verlo. Yo sé la rendija exacta.
—¿Rendija?…
—Sí, una rendija de la pared. Una que hay corriendo el cajón de la derecha: me agacho y me paso horas y horas… ¡Cómo brilla el árbol! ¡Cómo brilla! Fíjate que si algún pájaro se le pone encima también se vuelve de oro. Eso me digo yo: si me subiera a una rama, ¿me volvería acaso de oro también?
No supe qué decirle, pero, desde aquel momento, mi deseo de ver el árbol creció de tal forma que me desasosegaba. Todos los días, al acabar la clase de lectura, Ivo se acercaba al cajón de la maestra, sacaba la llave y se dirigía a la torrecita. Cuando volvía, le preguntaba:
—¿Lo has visto?
—Sí —me contestaba. Y, a veces, explicaba alguna novedad:
—Le han salido unas flores raras. Mira: así de grandes, como mi mano lo menos, y con los pétalos alargados. Me parece que esa flor es parecida al arzadú.
—¡La flor del frío! —decía yo, con asombro—. ¡Pero el arzadú es encarnado!
—Muy bien —asentía él, con gesto de paciencia—. Pero en mi árbol es oro puro.
—Además, el arzadú crece al borde de los caminos… y no es un árbol.
No se podía discutir con él. Siempre tenía razón, o por lo menos lo parecía.
Ocurrió entonces algo que secretamente yo deseaba; me avergonzaba sentirlo, pero así era: Ivo enfermó, y la señorita Leocadia encargó a otro la llave de la torrecita. Primeramente, la disfrutó Mateo Heredia. Yo espié su regreso, el primer día, y le dije:
—¿Has visto un árbol de oro?
—¿Qué andas graznando? —me contestó de malos modos, porque no era simpático, y menos conmigo. Quise dárselo a entender, pero no me hizo caso.
Unos días después, me dijo:
—Si me das algo a cambio, te dejo un ratito la llave y vas durante el recreo. Nadie te verá…
Vacié mi hucha, y, por fin, conseguí la codiciada llave. Mis manos temblaban de emoción cuando entré en el cuartito de la torre. Allí estaba el cajón. Lo aparté y vi brillar la rendija en la oscuridad. Me agaché y miré.
Cuando la luz dejó de cegarme, mi ojo derecho sólo descubrió una cosa: la seca tierra de la llanura alargándose hacia el cielo.
Nada más. Lo mismo que se veía desde las ventanas altas. La tierra desnuda y yerma, y nada más que la tierra. Tuve una gran decepción y la seguridad de que me habían estafado. No sabía cómo ni de qué manera, pero me habían estafado.
Olvidé la llave y el árbol de oro. Antes de que llegaran las nieves regresé a la ciudad.
Dos veranos más tarde volví a las montañas. Un día, pasando por el cementerio —era ya tarde y se anunciaba la noche en el cielo: el sol, como una bola roja, caía a lo lejos, hacia la carrera terrible y sosegada de la llanura— vi algo extraño. De la tierra grasienta y pedregosa, entre las cruces caídas, nacía un árbol grande y hermoso, con las hojas anchas de oro: encendido y brillante todo él, cegador. Algo me vino a la memoria, como un sueño, y pensé: “Es un árbol de oro”. Busqué al pie del árbol, y no tardé en dar con una crucecilla de hierro negro, mohosa por la lluvia. Mientras la enderezaba, leí: IVO MÁRQUEZ, DE DIEZ AÑOS DE EDAD.
Y no daba tristeza alguna, sino, tal vez, una extraña y muy grande alegría.
RELATO 28.
JUAN CIGARRÓN
Fernán Caballero
Había un hombre, que se llamaba Juan Cigarrón, que discurrió ganar dinero haciéndose pasar por zahorí. Hizo su papel a la perfección; se dio tal importancia, gastó tanta fantasía, que alucinó a todo el mundo; porque habéis de saber, niños míos, que los hombres tienen una desgraciada propensión a creer lo que no deben creer.
Así fue que Juan Cigarrón cobró por entonces una fama parecida a la que en nuestros días alcanzan otros engañabobos como él.
Sucedió que en el palacio del Rey, fue extraída una gran cantidad de plata labrada, y por más diligencias que se hicieron, no se pudo averiguar quiénes habían sido los perpetradores del robo.
Por último recurso, le aconsejaron al Rey que mandase venir al famoso zahorí, para el que nada había oculto; advirtiéndole que este portento no siempre contestaba, sino que sólo lo hacía cuando estaba de humor de hacerlo.
El Rey mandó venir a su presencia al zahorí, que, como pueden ustedes figurarse, se quedó muerto, y más muerto, cuando el Rey le dijo que le iba a encerrar en un calabozo, y que si a los tres días no le había descubierto a los autores del robo, lo mandaba ahorcar por embrollón y embustero.
-¡Ya puedo prepararme a bien morir! pensó Juan Cigarrón cuando se halló en el calabozo. ¡Nunca me hubiese metido a zahorí, que me cuesta la torta un pan! Tres días de vida me quedan; ni uno más, ni uno menos. ¡Bien empleado te está, Juan Cigarrón!
Era el caso que la plata había sido robada por tres pajes del Rey, y que estos estaban encargados de llevarle al preso la comida. Cuando el primero de ellos se la llevó, exclamó Juan Cigarrón, aludiendo a los tres días de término que le había señalado el Rey:
-¡Ay, señor San Bruno,
que de los tres ya vino uno!
Como el paje tenía mala conciencia y había oído decir que para aquel zahorí no había nada oculto, se sobrecogió, y dijo a sus compañeros:
-¡Perdidos estamos! El zahorí sabe que somos nosotros los ladrones.
Los otros no le quisieron creer; pero al segundo día, cuando otro de los pajes entró en el calabozo a llevarle la comida, y oyó a Juan Cigarrón exclamar con dolor:
-¡Ay, San Juan de Dios,
que de los tres he visto dos!
Salió más alarmado que el primero.
-Razón tenías -le dijo a su compañero-; nos conoce y somos perdidos.
Así fue que cuando al día siguiente fue el tercero con la comida, y oyó a Juan Cigarrón que decía con desconsuelo:
-¡Ay, San Andrés,
que ya los he visto a los tres!
El paje se echó a sus pies, le confesó el delito, le ofreció devolver toda la plata robada y darle una gran regalía si no los delataba.
Pasados los tres días, el Rey mandó que trajesen al zahorí a su presencia, el que se presentó tan orondo y tan erguido.
-¿Conque -preguntó el Rey-, me traes las noticias que te he pedido?
-Señor -respondió Juan Cigarrón con mucha prosopopeya-, soy muy noble y muy filántropo para que pueda delatar a nadie; pero confío en que Vuestra Majestad se contentará con que por mi arte y poder se le devuelva la plata robada.
-Sí, sí -respondió el Rey-; con que aparezca y vuelva a mi poder, me contento. ¿Dónde está?
Juan Cigarrón se irguió, y respondió haciendo un gesto majestuoso:
-Que vayan al calabozo en que he estado encerrado, y allí se encontrará.
Así se hizo, y se encontró la plata, que allí habían llevado los pajes.
El Rey se quedó absorto y admirado, y se prendó de tal suerte de Juan Cigarrón, que le nombró zahorí mayor, adivino de cámara y acertador particular.
Pero todo esto no le hacía gracia al agraciado, que estaba temblando que se presentase otra ocasión en que recurriese Su Majestad a su ciencia, de la que temía no salir tan airoso como de la pasada.
Y no fueron vanos sus terrores, porque un día que paseaba el Rey por sus jardines, deseoso Su Majestad de tener otra prueba más del saber de su zahorí mayor, le presentó de repente su mano cerrada, preguntándole que era lo que en ella tenía.
Al oír esta apremiante pregunta, el pobre hombre perdió la cabeza y exclamó:
-¡De esta hecha,
Juan Cigarrón cayó en la percha!
El Rey abrió la boca, de la que se escapó un grito de admiración, y la mano, de la que se escapó un cigarrón, que era lo que en ella tenía. El Rey, en su entusiasmo, le dijo al feliz adivino que pidiera lo que quisiese, y fuese lo que fuese, le daba su palabra real de que se lo concedería; a lo que contestó en seguida:
-Pido, Señor, que no me volváis a preguntar en la vida, no sea que la tercera sea la vencida.
RELATO 29
EL INDULTO
Emilia Pardo Bazán
E cuantas mujeres enjabonaban ropa en el lavadero público de Marineda, ateridas por el frío cruel de una mañana de marzo, Antonia la asistenta era la más encorvada, la más abatida, la que torcía con menos brío, la que refregaba con mayor desaliento; a veces, interrumpiendo su labor, pasábase el dorso de la mano por los enrojecidos párpados, y las gotas de agua y las burbujas de jabón parecían lágrimas sobre su tez marchita.
Las compañeras de trabajo de Antonia la miraban compasivamente, y de tiempo en tiempo, entre la algarabía de las conversaciones y disputas, se cruzaba un breve diálogo, a media voz, entretejido con exclamaciones de asombro, indignación y lástima. Todo el lavadero sabía al dedillo los males de la asistenta, y hallaba en ellos asunto para interminables comentarios; nadie ignoraba que la infeliz, casada con un mozo carnicero, residía, años antes, en compañía de su madre y de su marido, en un barrio extramuros, y que la familia vivía con desahogo, gracias al asiduo trabajo de Antonia y a los cuartejos ahorrados por la vieja en su antiguo oficio de revendedora, baratillera y prestamista. Nadie había olvidado tampoco la lúgubre tarde en que la vieja fue asesinada, encontrándose hecha astillas la tapa del arcón donde guardaba sus caudales y ciertos pendientes y brincos de oro; nadie, tampoco, el horror que infundió en el público la nueva de que el ladrón y asesino no era sino el marido de Antonia, según esta misma declaraba, añadiendo que desde tiempo atrás roía al criminal la codicia del dinero de su suegra, con el cual deseaba establecer una tablajería suya propia. Sin embargo, el acusado hizo por probar la coartada, valiéndose del testimonio de dos o tres amigotes de taberna, y de tal modo envolvió el asunto, que, en vez de ir al palo, salió con veinte años de cadena. No fue tan indulgente la opinión como la ley: además de la declaración de la esposa, había un indicio vehementísimo: la cuchillada que mató a la vieja, cuchillada certera y limpia, asestada de arriba abajo, como la que los matachines dan a los cerdos, con un cuchillo ancho y afiladísimo, de cortar carne. Para el pueblo, no cabía duda en que el culpable debió subir al cadalso. Y el destino de Antonia comenzó a infundir sagrado terror, cuando fue esparciéndose el rumor de que su marido «se la había jurado» para el día en que saliese del presidio, por acusarle. La desdichada quedaba encinta, y el asesino la dejó avisada de que, a su vuelta, se contase entre los difuntos.
Cuando nació el hijo de Antonia, ésta no pudo criarlo; tal era su debilidad y demacración y la frecuencia de las congojas que desde el crimen la aquejaban; y como no le permitía el estado de su bolsillo pagar ama, las mujeres del barrio que tenían niños de pecho, dieron de mamar por turno a la criatura, que creció enclenque, resintiéndose de todas las angustias de su madre. Un tanto repuesta ya, Antonia se aplicó con ardor al trabajo, y aunque siempre tenían sus mejillas esa azulada palidez que se observa en los enfermos del corazón, recobró su silenciosa actividad, su aire apacible.
¡Veinte años de cadena! En veinte años —pensaba ella para sus adentros—, él se puede morir o me puedo morir yo, y de aquí allá, falta mucho todavía. La hipótesis de la muerte natural no la asustaba; pero la espantaba imaginar solamente que volvía su marido. En vano las cariñosas vecinas la consolaban, indicándole la esperanza remota de que el inicuo parricida se arrepintiese, se enmendase, o, como decían ellas, se volviese de mejor idea: meneaba Antonia la cabeza entonces, murmurando sombríamente:
—¿Eso él? ¿De mejor idea? Como no baje Dios del cielo en persona y le saque aquel corazón perro y le ponga otro…
Y, al hablar del criminal, un escalofrío corría por el cuerpo de Antonia.
En fin, veinte años tienen muchos días, y el tiempo aplaca la pena más cruel. Algunas veces, figurábasele a Antonia que todo lo ocurrido era un sueño, o que la ancha boca del presidio, que se había tragado al culpable, no lo devolvería jamás; o que aquella ley, que al cabo supo castigar el primer crimen, sabría prevenir el segundo. ¡La ley! Esa entidad moral, de la cual se formaba Antonia un concepto misterioso y confuso, era sin duda fuerza terrible, pero protectora, mano de hierro que la sostendría al borde del abismo. Así es que a sus ilimitados temores se unía una confianza indefinible, fundada sobre todo en el tiempo transcurrido, y en el que aún faltaba para cumplirse la condena.
¡Singular enlace el de los acontecimientos! No creería de seguro el rey, cuando vestido de capitán general y con el pecho cargado de condecoraciones, daba la mano ante el ara a una princesa, que aquel acto solemne costaba amarguras sin cuento a una pobre asistenta, en lejana capital de provincia. Así que Antonia supo que había recaído indulto en su esposo, no pronunció palabra, y la vieron las vecinas sentada en el umbral de la puerta, con las manos cruzadas, la cabeza caída sobre el pecho, mientras el niño, alzando su cara triste de criatura enfermiza, gimoteaba:
—Mi madre… ¡Caliénteme la sopa, por Dios, que tengo hambre!
El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó a Antonia; algunas se dedicaron a arreglar la comida del niño, otras animaban a la madre del mejor modo que sabían. Era bien tonta en afligirse así. ¡Ave María Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón no tenía más que llegar y matarla! Había gobierno, gracias a Dios, y audiencia y serenos; se podía acudir a los celadores, al alcalde…
—¡Qué alcalde! —decía ella con hosca mirada y apagado acento.
—O al gobernador, o al regente, o al jefe de municipales; había que ir a un abogado, saber lo que dispone la ley…
Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreció enviar a su marido para que le metiese un miedo al picarón; otra, resuelta y morena, se brindó a quedarse todas las noches a dormir en casa de la asistenta; en suma, tales y tantas fueron las muestras de interés de la vecindad, que Antonia se resolvió a intentar algo, y sin levantar la sesión, acordóse consultar a un jurisperito, a ver qué recetaba.
Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida que de costumbre, de cada tenducho y de cada cuarto bajo salían mujeres en pelo a preguntarle noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de protegerla, obligaba a la hija de la víctima a vivir bajo el mismo techo, maritalmente, con el asesino!
—¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los bribones que las hacen las aguantaran! —clamaba indignado el coro—. ¿Y no habrá algún remedio, mujer, no habrá algún remedio?
—Dice que nos podemos separar… después de una cosa que le llaman divorcio.
—¿Y qué es divorcio, mujer?
—Un pleito muy largo.
Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los pleitos no se acababan nunca, y peor aún si se acababan, porque los perdía siempre el inocente y el pobre.
—Y para eso —añadió la asistenta— tenía yo que probar antes que mi marido me daba mal trato.
¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado a la madre? ¿Eso no era mal trato, eh? ¿Y no sabían hasta los gatos que la tenía amenazada con matarla también?
—Pero como nadie lo oyó… Dice el abogado que se quieren pruebas claras…
Se armó una especie de motín; había mujeres determinadas a hacer, decían ellas, una exposición al mismísimo rey, pidiendo contraindulto; y, por turno, dormían en casa de la asistenta, para que la pobre mujer pudiese conciliar el sueño. Afortunadamente, el tercer día llegó la noticia de que el indulto era temporal, y al presidiario aún le quedaban algunos años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fue la primera en que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente abiertos, pidiendo socorro.
Después de este susto, pasó más de un año y la tranquilidad renació para la asistenta, consagrada a sus humildes quehaceres. Un día, el criado de la casa donde estaba asistiendo, creyó hacer un favor a aquella mujer pálida, que tenía su marido en presidio, participándole cómo la reina iba a parir, y habría indulto, de fijo.
Fregaba la asistenta los pisos, y al oír tales anuncios soltó el estropajo, y descogiendo las sayas que traía arrolladas a la cintura, salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. A los recados que le enviaban de las casas, respondía que estaba enferma, aunque en realidad sólo experimentaba un anonadamiento general, un no levantársele los brazos a labor alguna. El día del regio parto contó los cañonazos de la salva, cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo quien le advirtió que el vástago real era hembra, comenzó a esperar que un varón habría ocasionado más indultos. Además, ¿por qué le había de coger el indulto a su marido? Ya le habían indultado una vez, y su crimen era horrendo; ¡matar a la indefensa vieja que no le hacía daño alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La terrible escena volvía a presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera que asestó aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía los labios blancos, y parecíale ver la sangre cuajada al pie del catre.
Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada en una silleta junto al fogón. ¡Bah! si habían de matarla, mejor era dejarse morir.
Sólo la voz plañidera del niño la sacaba de su ensimismamiento.
—Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la puerta? ¿Quién viene?
Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de hombros, y tomando un lío de ropa sucia, echó a andar camino del lavadero. A las preguntas afectuosas respondía con lentos monosílabos, y sus ojos se posaban con vago extravío en la espuma del jabón que le saltaba al rostro.
¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya Antonia recogía su ropa lavada y torcida e iba a retirarse? ¿Inventóla alguien con fin caritativo, o fue uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen, que en vísperas de acontecimientos grandes para los pueblos o los individuos, palpitan y susurran en el aire? Lo cierto es que la pobre Antonia, al oírlo, se llevó instintivamente la mano al corazón, y se dejó caer hacia atrás sobre las húmedas piedras del lavadero.
—¿Pero de veras murió? —preguntaban las madrugadoras a las recién llegadas.
—Sí, mujer…
—Yo lo oí en el mercado…
—Yo, en la tienda…
—¿A ti quién te lo dijo?
—A mí, mi marido.
—¿Y a tu marido?
—El asistente del capitán.
—¿Y al asistente?
—Su amo…
Aquí ya la autoridad pareció suficiente, y nadie quiso averiguar más, sino dar por firme y valedera la noticia. ¡Muerto el criminal, en vísperas de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo! Antonia la asistenta alzó la cabeza, y por vez primera se tiñeron sus mejillas de un sano color, y se abrió la fuente de sus lágrimas. Lloraba de gozo, y nadie de los que la miraban se escandalizó. Ella era la indultada; su alegría justa. Las lágrimas se agolpaban a sus lagrimales, dilatándole el corazón, porque desde el crimen se había quedado cortada, es decir, sin llanto. Ahora respiraba anchamente, libre de su pesadilla. Andaba tanto la mano de la Providencia en lo ocurrido, que a la asistenta no le cruzó por la imaginación que podía ser falsa la nueva.
Aquella noche, Antonia se retiró a su casa más tarde que de costumbre, porque fue a buscar a su hijo a la escuela de párvulos, y le compró rosquillas de jinete, con otras golosinas que el chico deseaba hacía tiempo, y ambos recorrieron las calles, parándose ante los escaparates, sin ganas de comer, sin pensar más que en beber el aire, en sentir la vida y en volver a tomar posesión de ella.
Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni reparó en que la puerta de su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la mano al niño, entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y comedor, y retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levantó de la mesa, y el grito que subía a los labios de la asistenta se ahogó en la garganta.
Era él; Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le veía ya, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su cuerpo yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que aterrado se le cogió a las faldas. El marido habló.
—¡Mal contabas conmigo ahora! —murmuró con acento ronco, pero tranquilo; y al sonido de aquella voz, donde Antonia creía oír vibrar aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo a su hijo en brazos, echó a correr hacia la puerta. El hombre se interpuso.
—¡Eh… chst! ¿Adónde vamos, patrona? —silabeó con su ironía de presidiario—. ¿A alborotar el barrio a estas horas? ¡Quieto aquí todo el mundo!
Las últimas palabras fueron dichas sin que las acompañase ningún ademán agresivo, pero con un tono que heló la sangre de Antonia. Sin embargo, su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre lúcida del instinto de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente; ampararse del niño. ¡Su padre no le conocía, pero al fin era su padre! Levantóle en alto y le acercó a la luz.
—¿Ése es el chiquillo? —murmuró el presidiario. Y descolgando el candil, llególo al rostro del chico. Éste guiñaba los ojos, deslumbrado, y ponía las manos delante de la cara como para defenderse de aquel padre desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación universal. Apretábase a su madre, y ésta, nerviosamente, le apretaba también, con el rostro más blanco que la cera.
—¡Qué chiquillo tan feo! —gruñó el padre, colgando de nuevo el candil—. Parece que lo chuparon las brujas.
Antonia, sin soltar al niño, se arrimó a la pared, pues desfallecía. La habitación le daba vueltas alrededor, y veía unas lucecicas azules en el aire.
—A ver, ¿no hay nada de comer aquí? —pronunció el marido.
Antonia sentó al niño en un rincón, en el suelo, y mientras la criatura lloraba de miedo, conteniendo los sollozos, la madre comenzó a dar vueltas por el cuarto, y cubrió la mesa con manos temblorosas; sacó pan, una botella de vino, retiró del hogar una cazuela de bacalao, y se esmeraba, sirviendo diligentemente, para aplacar al enemigo con su celo. Sentóse el presidiario y empezó a comer con voracidad, menudeando los tragos de vino. Ella permanecía de pie, mirando, fascinada, aquel rostro curtido, afeitado y seco que relucía con ese barniz especial del presidio. Él llenó el vaso una vez más, y la convidó.
—No tengo voluntad… —balbució Antonia; y el vino, al reflejo del candil, se le figuraba un coágulo de sangre.
Él lo despachó encogiéndose de hombros, y se puso en el plato más bacalao, que engulló ávidamente, ayudándose con los dedos y mascando grandes cortezas de pan. Su mujer le miraba hartarse, y una esperanza sutil se introducía en su espíritu. Así que comiese, se marcharía sin matarla; ella, después, cerraría a cal y canto la puerta, y si quería matarla entonces, el vecindario estaba despierto y oiría sus gritos. ¡Sólo que, probablemente, le sería imposible a ella gritar! Y carraspeó para afianzar la voz. El marido, apenas se vio saciado de comida, sacó del cinto un cigarro, lo picó con la uña y encendió sosegadamente el pitillo en el candil.
—¡Chst!… ¿Adónde vamos? —gritó, viendo que su mujer hacía un movimiento disimulado hacia la puerta—. Tengamos la fiesta en paz.
—A acostar al pequeño —contestó ella sin saber lo que decía; y refugióse en la habitación contigua, llevando a su hijo en brazos. De seguro que el asesino no entraría allí. ¿Cómo había de tener valor para tanto? Era la habitación en que había cometido el crimen, el cuarto de su madre: pared por medio dormía antes el matrimonio; pero la miseria que siguió a la muerte de la vieja, obligó a Antonia a vender la cama matrimonial y usar la de la difunta. Creyéndose en salvo, empezaba a desnudar al niño, que ahora se atrevía a sollozar más fuerte, apoyado en su seno; pero se abrió la puerta y entró el presidiario.
Antonia le vio echar una mirada oblicua en torno suyo, descalzarse con suma tranquilidad, quitarse la faja, y, por último, acostarse en el lecho de la víctima. La asistenta creía soñar; si su marido abriese una navaja, la asustaría menos quizá que mostrando tan horrible sosiego. Él se estiraba y revolvía en las sábanas, apurando la colilla y suspirando de gusto, como hombre cansado que encuentra una cama blanda y limpia.
—¿Y tú? —exclamó dirigiéndose a Antonia—. ¿Qué haces ahí quieta como un poste? ¿No te acuestas?
—Yo… no tengo sueño —tartamudeó ella, dando diente con diente.
—¿Qué falta hace tener sueño? ¿Si irás a pasar la noche de centinela?
—Ahí… ahí… no… cabemos… Duerme tú… Yo aquí, de cualquier modo…
Él soltó dos o tres palabras gordas.
—¿Me tienes miedo o asco, o qué rayo es esto? A ver cómo te acuestas, o si no…
Incorporóse el marido, y extendiendo las manos, mostró querer saltar de la cama al suelo. Mas ya Antonia, con la docilidad fatalista de la esclava, empezaba a desnudarse. Sus dedos apresurados rompían las cintas, arrancaban violentamente los corchetes, desgarraban las enaguas. En un rincón del cuarto se oían los ahogados sollozos del niño…
Y el niño fue quien, gritando desesperadamente, llamó al amanecer a las vecinas, que encontraron a Antonia en la cama, extendida, como muerta. El médico vino aprisa, y declaró que vivía, y la sangró, y no logró sacarle gota de sangre. Falleció a las veinticuatro horas, de muerte natural, pues no tenía lesión alguna. El niño aseguraba que el hombre que había pasado allí la noche la llamó muchas veces al levantarse, y viendo que no respondía, echó a correr como un loco.
RELATO 30.
SOLO POR AHÍ
Manuel Rivas
No tuvo la sensación de despertar sino de salir de un sopor de tila templada. Ma estaba allí, al pie de la cama, aguijoneándolo con aquellos ojos de perra sonámbula.
–¡Cielo santo! ¿Dónde se metería?
–Tranquila, mujer.
Habían esperado por él hasta las cuatro de la mañana, dando vueltas en torno al teléfono y con un nervio eléctrico tendido por el pasillo hasta la cerradura de la puerta.
–¡Si hubiésemos llamado antes! –se quejaba ella–. A lo mejor, está en casa de Ricky. O de Mini. Sí, seguro que en la de Mini. Me dijo que sus padres les dejan ensayar hasta tarde. Viven en un dúplex, claro.
–Por mucho dúplex que tengan no creo que les dejen armar follón por la noche. ¡Angelitos, ni que tocaran nanas!
Ella cruzó los brazos y buscó algo que mirar en el muro opaco de la noche.
–De eso te quería hablar, Pa. Creo… creo que deberíamos procurar que estuviese más a gusto en casa.
–¿A gusto? ¿A qué te refieres? ¡Si tiene toda la casa para él! El otro día llegué y había aquí, aquí mismo, en la sala, cuatro mocosos comiendo pizza y viendo un vídeo de tipos y tipas que se cortaban piernas y brazos con una sierra eléctrica. ¡Manda carajo! ¿Por qué no ven pelis porno? ¡Me llevaría una alegría… !
–Son así. Hay que entenderlos.
–¿Entenderlos? ¿Sabes lo que le dije? Oye, de puta madre esa película. ¿La última de Walt Disney? Eso fue lo que le dije. ¿Duro, eh?
–Le pareció fatal. Dijo que habías sido un borde, que siempre le tomabas el pelo delante de sus amigos.
–¿Y qué quieres que haga? ¿A ver? ¡Unas hostias! Eso es lo que yo tenía que hacer. Darle unas buenas hostias.
–¡Por favor, Pa!
–A mí me las dio mi padre un día que le dije mierda. ¡Vete a la mierda! Yo ya era un mozo, no creas. Y me metió una bofetada que casi me tumba. Le estaré agradecido toda la vida. Me aclaró las ideas.
–Él nunca te mandó a la mierda.
–No. Eso es cierto. Me dijo “¡Muérete!”. Pero nunca me mandó a la mierda…
Eran las cuatro de la mañana y a esa hora ya no podían llamar por teléfono a los padres de Ricky o de Mini. Sería como entrar sin permiso en casa ajena con los zapatos llenos de barro. Intentó convencerla de que lo mejor era ir a dormir un poco.
–No pasa nada, ya verás. Estará a punto de llegar. O se quedaría a dormir en casa de sus amigos. Hay que descansar, anda.
–Acuéstate tú. Mañana tienes que conducir. ¿Quieres una tila?
Ahora eran las siete y ella estaba allí, con las ojeras de la mujer que atiende el guardarropa en un club nocturno. Le pedía sin hablar que hiciese algo, antes de que se quedase sola y el pasillo se convirtiese en un largo embudo.
–Todavía es un poco temprano. Tranquila. Esperamos media hora y llamamos.
Se vistió y se afeitó. Mojó la cabeza más de lo normal y se peinó para atrás, alisando con las manos. Tomó un café solo y sintió en la cabeza el combate con la tila, el encontronazo de un viajante acelerado con un vagabundo, que iba a pie por el borde de la calzada. Fue el viajante quien se puso en pie y se dirigió hacia el teléfono, seguido por una mujer al acecho.
Disculpa que llame a estas horas. Soy Armando, el padre de Miro. ¿Quería… quería saber si se quedó a dormir por ahí?
–…
–¿No? Vale, perdonad, ¿eh?
–…
–No, no pasa nada. Era por si…
–…
–Claro, claro, estará por ahí. Gracias y perdona, ¿eh?
Nada, dijo. Y marcó otro número, el de los padres de Mini. No contestaban y volvió a marcar.
–Nada. Para éstos debe de ser muy temprano.
Cogió a la mujer por los hombros y le dio un beso. Toda ella parecía tan leve como su camisón.
–Llama tú dentro de media hora. Yo ahora tengo que irme. Ya voy muy retrasado. Venga, venga, tranquila. A ver, alegra esa cara. Venga, una sonrisa. Venga, mujer, venga. Así me gusta. Estamos en contacto, ¿eh?
Antes de marcharse, se asomó a la habitación de su hijo. Sobre la almohada había un arlequín de trapo con la cabeza de porcelana. Otros días le daba risa aquel detalle infantil, pero hoy hizo un gesto de desagrado. La expresión del muñeco le parecía inquietante.
Una sonrisa doliente y triste. En la pared, en el póster más grande y visible, estaba aquel tipo, Steven Tyler, líder de Aerosmith. Murmuró: “¿Qué, que pasa, tío?”. La boca todavía más grande que la de Mick Jagger. Greñas muy largas y alborotadas. El pecho desnudo, con dos grandes colmillos colgando de un collar. De pantalón, una malla ceñida, como piel de felino, que le marcaba el paquete con descaro. De hecho, pensó, todo el personaje es un descaro. Por vez primera le asaltó la duda de que aquel póster estaba allí por él. Tenía su misma edad. ¿O no? Steven Tyler era más viejo. Cuando Miro se lo dijo, se había quedado mudo.
Pasó por el almacén y repasó la mercancía. Cargó los cinco maletones. Se puso en camino. Cuando ya llevaba un trecho, notó un aviso. Siempre le hacía caso a su instinto. Tenía que llevar otra maleta de Superbreasts. Pensó en llamar desde allí a casa, pero cambió de idea. Si no había noticias de Miro, iba a aumentar la alarma. Acabaría estropeando el día y la cosa no estaba para bromas. Pensó en la competencia. Si el mocoso supiera lo que es la vida…
Conducía a contracorriente. En dirección a la ciudad, en lenta formación, los coches del carril contrario cabeceaban como si fueran ganado impaciente. Paró en la gasolinera de Bens, antes de meterse en la autopista de Carballo. Mientras le llenaban el depósito, miró el muestrario de casetes para consumo rápido de automovilistas. Una mezcla de cosas de siempre, con tapas descoloridas por el sol. Los corridos mejicanos de Javier Solís. Antonio Molina. Carlos Gardel. Chistes verdes. Los Chunguitos. Fuxan os ventos. Ana Belén & Víctor Manuel. Julio Iglesias. Orquesta Compostela. Y allí, en el medio, como una maldita casualidad tramada por un guionista de películas, la portada de una vaca con un tatuaje en el pernil, Aerosmith, y un aro de metal clavado en una mama. Get a trip.
–Me llevo esto también –dijo, señalando la casete.
Hoy haría todo el recorrido por la costa, por lo menos hasta Ribeira. Tenía que cronometrar bien y detenerse el tiempo justo en cada tienda. En Carballo paró en la corsetería Lucy. La dueña del comercio rebuscaba entre unas prendas y tardó en responder a sus buenos días. Paciencia, pensó él, la vieja acaba de abrir los ojos y, además, tiene malas pulgas.
–La veo muy bien, señora.
–No me venga con pamplinas a estas horas.
–A quien madruga, Dios le ayuda.
–¿Dios? Esto es un desastre. Una calamidad.
–Pasó febrero. ¡Ya verá ahora!
–No necesito nada. Nada de nada –dijo con un gesto rotundo de las manos, como si quisiera echarlo.
–Usted sabe que no la engaño. ¿La he engañado alguna vez? Le digo que una cosa se va a vender y se vende, ¿o no?.
–También se iban a vender los panties en el invierno. ¿Quiere saber una cosa? Hay panties ahí para calentarle la boca de abajo a media España.
–Me encanta verla enfadada. Se parece, se parece a… ¿Cómo se llama esta actriz? ¡Liz Taylor!
–Sí, ya. No necesito nada.
–Quiero que vea una cosa, sólo una cosa. ¿Se imagina algo mejor que el Wonderbrá, pero a mitad de precio? ¿A que no me cree?
–No. A ver.
–No la engaño. Mire esto. El mejor sujetador del mercado. Realza el pecho, pero no es una armadura. Toque, toque. ¡Viene la primavera, Lucy, viene la primavera!
Siguió la ruta por Malpica. Y luego Ponteceso; Laxe, Baio Vimianzo, Camariñas, Muxía, Cee, Corcubión, Fisterra. La cosa iba yendo. ¡Menos mal que había traído un extra de Superbreasts! Gracias, corazón, sexto sentido, que no me fallas. Habría que comer algo.
Miró el reloj. De repente, sintió una bofetada, una bofetada más fuerte que aquella de su padre. ¡Cielo santo! Pero qué bestia, qué cabrón soy. Corrió, corrió como loco hacia la cabina de teléfono.
–¿Ma? ¿Eres tú, Ma?
–…
–Perdona, perdona, por Dios. Tuve problemas, de verdad, Ma, créeme, una complicación.
–…
–No, nada. Una avería. ¿Y el chico? ¿Apareció Miro?
–…
—¿No apareció?
–…
–Bueno, mujer. Si llamó, ya está. ¿Qué le pasó? ¿Le pasó algo?
–…
–Sí, voy a hablar con él. Voy a hablar con él muy en serio. Tú tranquila. Yo me encargo de que esto no vuelva a pasar. Anda, ahora duerme un poco. Descansa. Ya te llamaré. Todavía tengo mucho curro por delante. Descansa, ¿eh?
Al salir de la cabina, en el muelle de Fisterra, se fijó en el mar por primera vez en todo el día. El sol de marzo le daba un brillo duro, de metal de acero. Regresó a la cabina y volvió a marcar.
—¿Ma? Soy yo. Perdona, ¿eh? Perdona que no llamara antes. No sé que me pasó.
–…
–Todo irá bien. Ya verás. Todo irá bien. Un beso muy grande. Y descansa, ¿eh?
Por la tarde, en la playa de Corrubedo, un grupo de chicos y chicas haciendo surf. Los miró con envidia. No por él, sino por su hijo. Le gustaría que él estuviese así, con aquellos trajes ceñidos y de colores vivos. Alegres, sanos, seguramente ricos, luchando con el mar bravo, deslizándose con suavidad sobre la cresta de las olas. Bueno, pensó, él no tiene mal corazón. Y parece que toca bien, a su manera. Saldrá adelante. También yo salí.
Dio por finalizada la jornada en Ribeira. Estaba contento. En la lencería Flor de Piel le compraron la última partida de Superbreasts y también de bragas Basic Instinct. El tipo de la competencia, aquel vendedor achulapado, con más anillos que dedos, de corbata excesiva como ramo de gladiolos, iba a quedar con un palmo de narices, cuando llegase mañana. Se la jugó por sorpresa y el que da primero da dos veces.
Estaba contento y cansado. Cuando cerró el maletero del coche, sintió que sus párpados también se dejarían abatir con gusto. Decidió tomar un café y llamar desde el bar.
–Hola, Ma. ¿Cómo va eso?
–…
–Bien. Dile que se ponga.
–…
–¿Cómo que no le diga nada?
–…
–¿Que no le grite? Tú eres peor que él. Unas hostias, eso es lo que necesita ese mocoso.
–…
–¿Que no lo va a hacer más? ¡Pues menos mal!
–…
–Claro, claro. ¡Qué delicadeza por su parte! ¿Y dónde pasó la noche?
–…
–¿Solo por ahí?
Hubo un silencio entre ellos, como si por el túnel del teléfono se escuchara el eco de los pasos de un caminante insomne y solitario, y el repique de una gotera. Miró de reojo. Toda la clientela del bar estaba pendiente del resumen deportivo en la televisión.
–¿Cómo que solo por ahí? ¿Durmió en un portal o qué? En algún sitio dormiría.
–…
–¿Que no durmió?
–…
–No, no me amargo. ¿Qué hace ahora?
–…
–¿Traía hambre, eh?
–…
–Eso está bien.
–…
–Ma, dile, dile que… ¡Bah! No le digas nada.
–…
–En Ribeira.
–…
–No, no llueve.
–…
–Cuelgo. No te preocupes por la cena. Ya picaré algo de la nevera.
–…
–Buenas noches, Ma.
–…
–Sí, iré despacio.
Antes de encender el coche, respiró hondo. Los primeros neones se encendían desganados y las farolas tenían aún una luz tullida. “Solo y por ahí”, murmuró. De todo lo sucedido, aquello fue lo que más lo había perturbado. Escuchaba los pasos de Miro por un túnel. Llevaba la cara maquillada de blanco como un arlequín. Aquella imagen le dolía. Preferiría mil veces que hubiese estado de parranda con los amigos y amaneciese fumando una china de hachís en la playa.
Por enésima vez en el día puso la cinta de Aerosmith. Aquel regalo para Miro. Después, volviéndose hacia Steven Tyler, que iba de copiloto, hizo un gesto de complicidad.
–Será mejor que conduzcas tú.
Le pesaban los ojos como las puertas de un maletero infinito.
RELATO 31.
Pecado de omisión
Ana María Matute
A los trece años se le murió la madre, que era lo último que le quedaba. Al quedar huérfano ya hacía lo menos tres años que no acudía a la escuela, pues tenía que buscarse el jornal de un lado para otro. Su único pariente era un primo de su madre, llamado Emeterio Ruiz Heredia. Emeterio era el alcalde y tenía una casa de dos pisos asomada a la plaza del pueblo, redonda y rojiza bajo el sol de agosto. Emeterio tenía doscientas cabezas de ganado paciendo por las laderas de Sagrado, y una hija moza, bordeando los veinte, morena, robusta, riente y algo necia. Su mujer, flaca y dura como un chopo, no era de buena lengua y sabía mandar. Emeterio Ruiz no se llevaba bien con aquel primo lejano, y a su viuda, por cumplir, la ayudó buscándole jornales extraordinarios. Luego, al chico, aunque le recogió una vez huérfano, sin herencia ni oficio, no le miró a derechas, y como él los de su casa.
La primera noche que Lope durmió en casa de Emeterio, lo hizo debajo del granero. Se le dio cena y un vaso de vino. Al otro día, mientras Emeterio se metía la camisa dentro del pantalón, apenas apuntando el sol en el canto de los gallos, le llamó por el hueco de la escalera, espantando a las gallinas que dormían entre los huecos:
-¡Lope!
Lope bajó descalzo, con los ojos pegados de legañas. Estaba poco crecido para sus trece años y tenía la cabeza grande, rapada.
-Te vas de pastor a Sagrado.
Lope buscó las botas y se las calzó. En la cocina, Francisca, la hija, había calentado patatas con pimentón. Lope las engulló deprisa, con la cuchara de aluminio goteando a cada bocado.
-Tú ya conoces el oficio. Creo que anduviste una primavera por las lomas de Santa Áurea, con las cabras de Aurelio Bernal.
-Sí, señor.
-No irás solo. Por allí anda Roque el Mediano. Iréis juntos.
-Sí, señor.
Francisca le metió una hogaza en el zurrón, un cuartillo de aluminio, sebo de cabra y cecina.
-Andando -dijo Emeterio Ruiz Heredia.
Lope le miró. Lope tenía los ojos negros y redondos, brillantes.
-¿Qué miras? ¡Arreando!
Lope salió, zurrón al hombro. Antes, recogió el cayado, grueso y brillante por el uso, que guardaba, como un perro, apoyado en la pared.
Cuando iba ya trepando por la loma de Sagrado, lo vio don Lorenzo, el maestro. A la tarde, en la taberna, don Lorenzo fumó un cigarrillo junto a Emeterio, que fue a echarse una copa de anís.
-He visto a Lope -dijo-. Subía para Sagrado. Lástima de chico.
-Sí -dijo Emeterio, limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Va de pastor. Ya sabe: hay que ganarse el currusco. La vida está mala. El «esgraciado» del Pericote no le dejó ni una tapia en que apoyarse y reventar.
-Lo malo -dijo don Lorenzo, rascándose la oreja con su uña larga y amarillenta- es que el chico vale. Si tuviera medios podría sacarse partido de él. Es listo. Muy listo. En la escuela…
Emeterio le cortó, con la mano frente a los ojos:
-¡Bueno, bueno! Yo no digo que no. Pero hay que ganarse el currusco. La vida está peor cada día que pasa.
Pidió otra de anís. El maestro dijo que sí, con la cabeza. Lope llegó a Sagrado, y voceando encontró a Roque el Mediano. Roque era algo retrasado y hacía unos quince años que pastoreaba para Emeterio. Tendría cerca de cincuenta años y no hablaba casi nunca. Durmieron en el mismo chozo de barro, bajo los robles, aprovechando el abrazo de las raíces. En el chozo sólo cabían echados y tenía que entrar a gatas, medio arrastrándose. Pero se estaba fresco en el verano y bastante abrigado en el invierno.
El verano pasó. Luego el otoño y el invierno. Los pastores no bajaban al pueblo, excepto el día de la fiesta. Cada quince días un zagal les subía la «collera»: pan, cecina, sebo, ajos. A veces, una bota de vino. Las cumbres de Sagrado eran hermosas, de un azul profundo, terrible, ciego. El sol, alto y redondo, como una pupila impertérrita, reinaba allí. En la neblina del amanecer, cuando aún no se oía el zumbar de las moscas ni crujido alguno, Lope solía despertar, con la techumbre de barro encima de los ojos. Se quedaba quieto un rato, sintiendo en el costado el cuerpo de Roque el Mediano, como un bulto alentante. Luego, arrastrándose, salía para el cerradero. En el cielo, cruzados, como estrellas fugitivas, los gritos se perdían, inútiles y grandes. Sabía Dios hacia qué parte caerían. Como las piedras. Como los años. Un año, dos, cinco.
Cinco años más tarde, una vez, Emeterio le mandó llamar, por el zagal. Hizo reconocer a Lope por el médico, y vio que estaba sano y fuerte, crecido como un árbol.
-¡Vaya roble! -dijo el médico, que era nuevo. Lope enrojeció y no supo qué contestar.
Francisca se había casado y tenía tres hijos pequeños, que jugaban en el portal de la plaza. Un perro se le acercó, con la lengua colgando. Tal vez le recordaba. Entonces vio a Manuel Enríquez, el compañero de la escuela que siempre le iba a la zaga. Manuel vestía un traje gris y llevaba corbata. Pasó a su lado y les saludó con la mano.
Francisca comentó:
-Buena carrera, ése. Su padre lo mandó estudiar y ya va para abogado.
Al llegar a la fuente volvió a encontrarlo. De pronto, quiso llamarle. Pero se le quedó el grito detenido, como una bola, en la garganta.
-¡Eh! -dijo solamente. O algo parecido.
Manuel se volvió a mirarle, y le conoció. Parecía mentira: le conoció. Sonreía.
-¡Lope! ¡Hombre, Lope…! ¿Quién podía entender lo que decía? ¡Qué acento tan extraño tienen los hombres, qué raras palabras salen por los oscuros agujeros de sus bocas! Una sangre espesa iba llenándole las venas, mientras oía a Manuel Enríquez.
Manuel abrió una cajita plana, de color de plata, con los cigarrillos más blancos, más perfectos que vio en su vida. Manuel se la tendió, sonriendo.
Lope avanzó su mano. Entonces se dio cuenta de que era áspera, gruesa. Como un trozo de cecina. Los dedos no tenían flexibilidad, no hacían el juego. Qué rara mano la de aquel otro: una mano fina, con dedos como gusanos grandes, ágiles, blancos, flexibles. Qué mano aquélla, de color de cera, con las uñas brillantes, pulidas. Qué mano extraña: ni las mujeres la tenían igual. La mano de Lope rebuscó, torpe. Al fin, cogió el cigarrillo, blanco y frágil, extraño, en sus dedos amazacotados: inútil, absurdo, en sus dedos. La sangre de Lope se le detuvo entre las cejas. Tenían una bola de sangre agolpada, quieta, fermentando entre las cejas. Aplastó el cigarrillo con los dedos y se dio media vuelta. No podía detenerse, ni ante la sorpresa de Manuelito, que seguía llamándole:
-¡Lope! ¡Lope!
Emeterio estaba sentado en el porche, en mangas de camisa, mirando a sus nietos. Sonreía viendo a su nieto mayor, y descansando de la labor, con la bota de vino al alcance de la mano. Lope fue directo a Emeterio y vio sus ojos interrogantes y grises.
-Anda, muchacho, vuelve a Sagrado, que ya es hora…
En la plaza había una piedra cuadrada, rojiza. Una de esas piedras grandes como melones que los muchachos transportan desde alguna pared derruida. Lentamente, Lope la cogió entre sus manos. Emeterio le miraba, reposado, con una leve curiosidad. Tenía la mano derecha metida entre la faja y el estómago. Ni siquiera le dio tiempo de sacarla: el golpe sordo, el salpicar de su propia sangre en el pecho, la muerte y la sorpresa, como dos hermanas, subieron hasta él así, sin más.
Cuando se lo llevaron esposado, Lope lloraba. Y cuando las mujeres, aullando como lobas, le querían pegar e iban tras él con los mantos alzados sobre las cabezas, en señal de indignación, «Dios mío, él, que le había recogido. Dios mío, él, que le hizo hombre. Dios mío, se habría muerto de hambre si él no lo recoge…», Lope sólo lloraba y decía:
-Sí, sí, sí…
RELATO 32
LOS CHICOS
Ana María Matute
Eran cinco o seis, pero así, en grupo, viniendo carretera adelante, se nos antojaban quince o veinte. Llegaban casi siempre a las horas achicharradas de la siesta, cuando el sol caía de plano contra el polvo y la grava desportillada de la carretera vieja, por donde ya no circulaban camiones ni carros, ni vehículo alguno. Llegaban entre una nube de polvo que levantaban sus pies, como las pezuñas de los caballos. Los veíamos llegar y el corazón nos latía de prisa. Alguien, en voz baja, decía: «¡Que vienen los chicos…!» Por lo general, nos escondíamos para tirarles piedras, o huíamos.
Porque nosotros temíamos a los chicos como al diablo. En realidad, eran una de las mil formas de diablo, a nuestro entender. Los chicos, harapientos, malvados, con los ojos oscuros y brillantes como cabezas de alfiler negro. Los chicos, descalzos y callosos, que tiraban piedras de largo alcance, con gran puntería, de golpe más seco y duro que las nuestras. Los que hablaban un idioma entrecortado, desconocido, de palabras como pequeños latigazos, de risas como salpicaduras de barro. En casa nos tenían prohibido terminantemente entablar relación alguna con esos chicos. En realidad, nos tenían prohibido salir del prado bajo ningún pretexto. (Aunque nada había tan tentador, a nuestros ojos, como saltar el muro de piedras y bajar al río, que, al otro lado, huía verde y oro, entre los juncos y los chopos.) Más allá, pasaba la carretera vieja, por donde llegaban casi siempre aquellos chicos distintos, prohibidos.
Los chicos vivían en los alrededores del Destacamento Penal. Eran los hijos de los presos del Campo, que redimían sus penas en la obra del pantano. Entre sus madres y ellos habían construido una extraña aldea de chabolas y cuevas, adosadas a las rocas, porque no se podían pagar el alojamiento en la aldea, donde, por otra parte, tampoco eran deseados. «Gentuza, ladrones, asesinos.. .» decían las gentes del lugar. Nadie les hubiera alquilado una habitación. Y tenían que estar allí. Aquellas mujeres y aquellos niños seguían a sus presos, porque de esta manera vivían del jornal que, por su trabajo, ganaban los penados.
El hijo mayor del administrador era un muchacho de unos trece años, alto y robusto, que estudiaba el bachillerato en la ciudad. Aquel verano vino a casa de vacaciones, y desde el primer día capitaneó nuestros juegos. Se llamaba Efrén y tenía unos puños rojizos, pesados como mazas, que imponían un gran respeto. Como era mucho mayor que nosotros, audaz y fanfarrón, le seguíamos adonde él quisiera.
El primer día que aparecieron los chicos de las chabolas, en tropel, con su nube de polvo, Efrén se sorprendió de que echáramos a correr y saltáramos el muro en busca de refugio.
-Sois cobardes -nos dijo-. ¡Esos son pequeños!
No hubo forma de convencerle de que eran otra cosa, de que eran algo así como el espíritu del mal.
-Bobadas -nos dijo. Y sonrió de una manera torcida y particular, que nos llenó de admiración.
Al día siguiente, cuando la hora de la siesta, Efrén se escondió entre los juncos del río. Nosotros esperábamos, detrás del muro, con el corazón en la garganta. Algo había en el aire que nos llenaba de pavor. (Recuerdo que yo mordía la cadenita de la medalla y que sentía en el paladar un gusto de metal raramente frío. Y se oía el canto crujiente de la cigarra entre la hierba del prado.) Echados en el suelo, el corazón nos golpeaba contra la tierra.
Al llegar, los chicos escudriñaron hacia el río, por ver si estábamos buscando ranas como solíamos. Y para provocarnos, empezaron a silbar y a reír de aquella forma de siempre, opaca y humillante. Era su juego: llamarnos sabiendo que no apareceríamos. Nosotros seguíamos ocultos y en silencio. Al fin, los chicos abandonaron su idea y volvieron al camino, trepando terraplén arriba. Nosotros estábamos anhelantes y sorprendidos, pues no sabíamos lo que Efrén quería hacer.
Mi hermano mayor se incorporó a mirar por entre las piedras y nosotros le imitamos. Vimos entonces a Efrén deslizarse entre los juncos como una gran culebra. Con sigilo trepó hacia el terraplén, por donde subía el último de los chicos, y se le echó encima.
Con la sorpresa, el chico se dejó atrapar. Los otros ya habían llegado a la carretera y cogieron piedras, gritando. Yo sentí un gran temblor en las rodillas, y mordí con fuerza la medalla. Pero Efrén no se dejó intimidar. Era mucho mayor y más fuerte que aquel diablillo negruzco que retenía entre sus brazos, y echó a correr arrastrando a su prisionero al refugio, donde le aguardábamos. Las piedras caían a su alrededor y en el río, salpicando de agua aquella hora abrasada. Pero Efrén saltó ágilmente sobre las pasaderas y, arrastrando al chico, que se revolvía furiosamente, abrió la empalizada y entró con él en el prado. Al verlo perdido, los chicos de la carretera dieron media vuelta y echaron a correr, como gazapos, hacia sus chabolas.
Sólo de pensar que Efrén traía a una de aquellas furias, estoy segura de que mis hermanos sintieron el mismo pavor que yo. Nos arrimamos al muro, con la espalda pegada a él, y un gran frío nos subía por la garganta.
Efrén arrastró al chico unos metros, delante de nosotros. El chico se revolvía desesperado e intentaba morderle las piernas, pero Efrén levantó su puño enorme y rojizo y empezó a golpearle la cara, la cabeza, la espalda. Una y otra vez, el puño de Efrén caía, con un ruido opaco. El sol, brillaba de un modo espeso y grande sobre la hierba y la tierra. Había un gran silencio. Sólo oíamos el jadeo del chico, los golpes de Efrén y el fragor del río, dulce y fresco, indiferente, a nuestras espaldas. El canto de las cigarras parecía haberse detenido. Como todas las voces.
Efrén estuvo un rato golpeando al chico con su gran puño. El chico, poco a poco, fue cediendo. Al fin, cayó al suelo de rodillas, con las manos apoyadas en la hierba. Tenía la cara oscura, del color del barro seco, y el pelo muy largo, de un rubio mezclado de vetas negras, como quemado por el sol. No decía nada y se quedó así, de rodillas. Luego, cayó contra la hierba, pero levantando la cabeza, para no desfallecer del todo. Mi hermano mayor se acercó despacio, y luego nosotros.
Parecía mentira lo pequeño y lo delgado que era. «Por la carretera parecían mucho más altos», pensé. Efrén estaba de pie a su lado, con sus grandes y macizas piernas separadas, los pies calzados con gruesas botas de ante. ¡Qué enorme y brutal parecía Efrén en aquel momento!
-¿No tienes aún bastante? -dijo en voz muy baja, sonriendo. Sus dientes, con los colmillos salientes, brillaban al sol-. Toma, toma…
Le dio con la bota en la espalda. Mi hermano mayor retrocedió un paso y me pisó. Pero yo no podía moverme: estaba como clavada en el suelo. El chico se llevó la mano a la nariz. Sangraba, no se sabía si de la boca o de dónde. Efrén nos miró.
-Vamos -dijo-: Este ya tiene lo suyo-. Y le dio con el pie otra vez.
-¡Lárgate, puerco! ¡Lárgate en seguida!
Efrén se volvió, grande y pesado, despacioso hacia la casa, muy seguro de que le seguíamos.
Mis hermanos, como de mala gana, como asustados, le obedecieron. Sólo yo no podía moverme, no podía, del lado del chico. De pronto, algo raro ocurrió dentro de mí. El chico estaba allí, tratando de incorporarse, tosiendo. No lloraba. Tenía los ojos muy achicados, y su nariz, ancha y aplastada, brillaba extrañamente. Estaba manchado de sangre. Por la barbilla le caía la sangre, que empapaba sus andrajos y la hierba. Súbitamente me miró. Y vi sus ojos de pupilas redondas, que no eran negras, sino de un pálido color de topacio, transparentes, donde el sol se metía y se volvía de oro. Bajé los míos, llena de una vergüenza dolorida.
El chico se puso en pie despacio. Se debió herir en una pierna, cuando Efrén le arrastró, porque iba cojeando hacia la empalizada. No me atreví a mirar su espalda, renegrida, y desnuda entre los desgarrones. Sentí ganas de llorar, no sabía exactamente por qué. Únicamente supe decirme: “Si sólo era un niño. Si era nada más que un niño, como otro cualquiera”.
RELATO 33
EL COLLAR DE LA ENCANTADA
Leyenda anónima
En el año 662, durante el reinado del rey visigodo Recesvinto, vivía en el sur de Hispania un rico conde que tenía una bella y joven hija llamada Ordelina a la que prometió cuando aún era una niña con el noble Sigiberto. Próxima la fecha de la boda , el conde enfermó y murió repentinamente, por lo que la hermosa heredera, enamorada desde hacía tiempo de un rival de su padre llamado Hiliberto, quebrantó su palabra, y rompió su compromiso con el noble y, una vez celebrados los funerales por la muerte de su padre, anunció su boda, que se celebraría en la víspera de San Juan con el elegido por su corazón.
La boda se ofició con discreción, aunque era grande la alegría que se apreciaba en el rostro de los novios, pues se amaban apasionadamente. Ordelina lució un vestido sencillo, apropiado para el luto por la muerte de su padre, pero adecuado, no obstante, para celebrar una unión que ella pretendía intensa y duradera. Como única joya lució un collar que había pertenecido a su madre, regalo de boda de la familia de su padre, en el que brillaban preciosas piedras azules engarzadas en oro; con una mano en aquel collar y la otra en su corazón, la joven confesó a su esposo que estaba dispuesta a compartir con él todo lo que a ella le pertenecía, y juró que aquella joya, recuerdo de su madre, sería para ambos una prueba de su amor.
Cuando ya los esposos se disponían a consumar su amor, la mágica noche de San Juan, apareció el fantasma del padre de Ordelina, furioso porque su hija no hubiera cumplido su promesa. Tal era su ira que le arrancó el alma del cuerpo y con terribles palabras la condenó a permanecer en las tinieblas y en soledad en lo más profundo de una cueva, de donde sólo podría salir la noche de San Juan.
Ofuscado y aterrorizado, Hiliberto, se encontró de pronto abrazando el cadáver de su joven esposa.
La doncella fue enterrada, mágicamente, en un lugar llamado Benamor, en una cueva cerrada por un norme peñasco. Antes de que los espíritus se la llevaran, su padre consintió en que fuera amortajada según los deseos de su esposo quien ordenó que le pusieran su traje de boda y el collar que había pertenecido a la madre de Ordelina. Su padre mandó que la caverna fuera vigilada día y noche por un enorme esclavo fantasmal.
Los pocos lugareños que se atrevían a pasar por aquel paraje, lo hacían con miedo y desde luego, jamás la noche de San Juan; aunque durante generaciones algunos viajeros que, desconociendo la leyenda, se habían atrevido a pasar por allí decían que habían visto a una hermosa señora, deslizándose por los alrededores del río, como un espectro, con su bello y sencillo traje y su collar brillando en su esbelto cuello, en la noche de San Juan, y que parecía distraída, como escuchando el murmullo del agua. Los que habían permanecido más tiempo observándola contaban que desaparecía siempre cuando llegaban las primeras luces de la mañana.
Años después, en 1452 la hija del Comendador de aquella región, joven de singular belleza, se instaló en las cercanías de Benamor. Siendo tan hermosa como era, muchos pretendientes acudieron a pedir su mano, pero ella los rechazaba a todos, mostrándose caprichosa, juguetona y coqueta con los muchachos que la pretendían. Su única intención era divertirse y, consciente de sus encantos, declaró que se casaría con aquel que le trajera el collar que decían que lucía el espíritu de Ordelina, la dama de Benamor, cuando aparecía la noche de San Juan. Esa sería la única prueba de amor que ella aceptaría de un fiel enamorado.
Respondió únicamente Pedro López de Villora, que la amaba tiernamente desde que la había conocido, y que era un guerrero valiente y esforzado que no dudó ni un momento en que lograría con éxito la empresa que la bella muchacha le exigía. Pensaba que el espíritu de una joven enamorada, según él pensaba que sería Ordelina, no sería capaz de perjudicarlo, si le explicaba con la emoción que él mismo sentía, cuál era el motivo de su petición. Así que la noche de San Juan se acercó al arroyo que corría cerca de la cueva maldita, y de allí vio salir, flotando, a una bella dama, pálida, lánguida, con su largo cabello al viento… pero por mucho que la observó no vio ningún collar en su cuello.
Don Pedro se acercó entonces a ella y le habló con tristes palabras de la necesidad que tenía de conseguir su collar para poder alcanzar el amor de la muchacha a quien tanto amaba. Ordelina lo escuchó primero con asombro y rabia, considerando la impertinencia del muchacho. Después consideró que era divertido que tras tantos siglos alguien se atreviera a dirigirle la palabra.
Entristecida, por último, recordando su pasado amor, olvidó la maldición que había caído sobre ella y quiso aliviar las penas que afligían el corazón del joven Pedro.
Ladeó la cabeza en señal de asentimiento y llamada y comenzó a deslizarse sutilmente sobre el agua del riachuelo y, observando que era seguida por el caballero, se fue acercando hacia la enorme roca que casi tapaba la entrada a la caverna maligna.
Apenas se movía, por lo que Pedro podía seguirla por entre los riscos de la montaña, venciendo las dificultades físicas pues su mente se hallaba obsesionada exclusivamente por conseguir su objetivo: aquel maravilloso collar que haría que su amada lo eligiera a él sobre el resto de sus pretendientes. Se sentía tan cerca de sus deseos que no había ninguna otra cosa en el mundo que le importara en aquel momento.
Entonces Ordelina miró con fijeza al caballero, cerciorándose de que, a pesar del peligro, el joven la seguía. Viéndolo tan cerca no dudó y encaminó sus pasos hacia una estrecha escalera esculpida en la misma roca que descendía vertiginosamente hasta llegar a un rellano en el que se veía una puerta que la dama golpeó suavemente.
Nadie tocó el picaporte, pero la puerta se abrió y un enorme fantasma de aspecto terrorífico apareció en la cueva, impertérrito, esperando los acontecimientos. El caballero, mudo de espanto desde que acabara de contar su historia, empezó a tiritar, le temblaban las manos ante la presencia de aquel horroroso espectro del que no había tenido noticias.
Caminando lentamente la mujer se acercó a un lugar del que cogió un cofre, lo abrió y sacó de él el collar que Pedro le había pedido, colocándolo sobre sus manos temblorosas. Una sonrisa incierta se dibujó en los labios de don Pedro quien se dispuso a desandar el camino de aquella cueva, para volver a la superficie. Pero entonces el guardián se acercó a su oído y susurró unas palabras gélidas que parecían introducir un frío intenso directamente en los huesos y desde allí penetrar en el alma. El joven caballero comprendió entonces las palabras del guerrero de los infiernos: nada de lo que había penetrado alguna vez en aquel lugar, podría volver jamás al mundo de los vivos.
Aterido de frío, nervioso y aturdido echó manos a su espada y lanzó estocadas intentando clavar su arma en el corazón de aquel ser espantoso… pero el fantasma no tenía corazón. Los ojos y la mente de Pedro apreciaron una nube de humo oscuro que lo confundía y lo iba asfixiando lentamente. Desde una lejanía ultramundana oyó chirriar la puerta de la caverna y acto seguido el suave y lánguido llanto de la mujer espectral.
No lejos del arroyo, con las primeras luces del amanecer, unos pastores encontraron junto al río a don Pedro. Se acercaron a él, pensando que se había quedado dormido en aquel lugar tras las hogueras de San Juan que se celebraban en el pueblo, pero, aunque lo zarandearon, no consiguieron despertarlo: el cuerpo sin vida del joven yacía sobre una roca, sin señales de violencia aunque con un rictus extraño, que no supieron interpretar dibujado en su boca.
Todos los vecinos del pueblo se asomaron al ver llegar aquel fúnebre cortejo. Los pastores lo depositaron a la entrada de la casa del Comendador, cuya hija, al verlo, comprendió lo que había sucedido y se sintió responsable de haber llevado al joven a una muerte tan amarga como innecesaria.
A partir de aquel momento, sus labios se sellaron para siempre y nadie volvió a oír la dulce voz de la joven.
Desde entonces nadie más ha intentado acercarse a la cueva en la que el fantasma del conde mandó enterrar a su hija, y los habitantes de la villa han preferido creer que ni la muchacha ni su magnífico collar existieron nunca.
Alrededor de un lugar llamado Benamor, cuenta la leyenda que en la noche de San Juan una bellísima dama sigue paseándose por aquellos tétricos parajes y que allí permanece hasta que despunta el día… pero nadie más ha intentado verla. Si el collar existió permanece oculto en la cueva, donde los espíritus maléficos creados por el padre de Ordelina, sin duda siguen custodiándolo. Esos tesoros sólo los pueden disfrutar los muertos.
Versión libre de Carmen Mares.
Leyenda del collar de la encantada.
RELATO 34.
CUENTO DE LOS ANGELITOS
Elsa Bornemann
Hacía pocos meses que el matrimonio formado por Cora y Eloy Molina había llegado —con sus dos pequeños— a la gran ciudad, huyendo de la vida miserable que llevaban en su pueblito.
Sin embargo, “Tuvimos mucha suerte”, decían.
Esos pocos meses habían bastado para que Eloy consiguiera un trabajo que les permitía alqui¬lar una vivienda en los suburbios y soñar con que ya habrían de llegar tiempos mejores.
Cora se había empleado como doméstica. Du¬rante las horas de labor fuera de la casa, dejaba a sus hijos —Boris, de siete años e Iván, de cuatro—, en una escuela de las inmediaciones.
Sin dudas, la situación económica de la familia Molina había mejorado y suponían que todo anda¬ría mejor aún, si Eloy se decidía a aceptar ese ofrecimiento de trasladarse la mitad del año al sur del país, contratado por aquella empresa que necesitaba albañiles como él.
La paga era doble —comparada con la que recibía en la ciudad— pero el hombre no se resolvía a separarse de los suyos. Después de todo, no hacía mucho que habían dejado su pueblo y le daba algo de temor que su mujer y sus hijos permanecie¬ran solos en el nuevo lugar.
Fue la misma Cora quien lo animó.
Le aseguró que ella se sentía —ya— bastante ca¬paz de desenvolverse en la ciudad y —según de¬cía—, los días iban a pasársele volando, tan atarea¬da como estaba.
—Pronto volveremos a reunirnos para las fiestas —le repetía a su marido.
Así fue como Eloy se despidió de su mujer y sus hijos y marchó rumbo al sur.
—Todos los sábados a la mañana vamos a llamar a papá por teléfono —les prometió Cora a Boris e Iván—. Así nos enteraremos de cómo le va y —además— así les oye las voces a ustedes, ¿eh?
Durante varios sábados seguidos —después del viaje de Eloy— se les vio —entonces— a Cora y sus hijos saliendo de su casa bien tempranito.
Era largo el trayecto hasta la cabina telefónica desde donde podían comunicarse con el padre: caminata de varias cuadras hasta un paso a nivel, cruce del mismo por un sendero peatonal preca¬riamente abierto y —por fin— otra fatigosa caminata hasta arribar a la ruta, por donde pasaba el colecti¬vo que los llevaba al centro de la ciudad.
—Mamá, tengo ganas de hacer pis —le dijo Iván aquel sábado, no bien los tres habían llegado cerca del paso a nivel.
Cora buscó los arbustos de un baldío como improvisado baño de emergencia para su hijo menor.
Boris esperaba —juntando piedritas a su alrede¬dor— cuando —de repente— un hombre apareció junto a su madre, como brotado de los matorrales. La expresión de su cara daba miedo.
—¡Cuidado, mamá! —le gritó Boris, al ver que el hombre se le abalanzaba.
Cora no tuvo posibilidad de defenderse, ocu¬pada como estaba en la atención de las necesida¬des del chiquito. Sintió que un puñetazo la derri¬baba, a la par que unas manos le arrebataban el bolso.
A pesar del sorpresivo ataque y del mareo pro¬ducido por el golpe, la mujer unió fuerzas y valor y se echó a correr detrás del ladrón, que rumbeaba hacia el paso a nivel como diablo que sopla el viento.
Inútil pedir auxilio en esos momentos y en ese sitio: ¿a quién? Ni un alma que no fuera la de Cora, la de Boris, la de Iván o la de ese desdichado que —sin proponérselo— con su robo acababa de con¬vocar a la tragedia para que dijera: “Presente” so¬bre la mañana del sábado, en unos instantes más.
En su angustioso afán por recuperar su bolso —donde tenía el único dinero restante para pagar la comunicación telefónica, pasar el fin de semana y aguantar hasta el lunes —en que volvía a trabajar por horas—, a Cora no se le ocurrió otra cosa que correr tras el delincuente.
Reacción lógica: ¿Cómo iba a suponer que la desgracia acecharía a sus hijitos si ella se lanzaba a tratar de agarrar al ladrón?
El hombre cruzó el paso a nivel a la carrera.
Cora, casi pisándole los talones. Pronto, ambos estuvieron del otro lado de las vías.
La persecución continuaba.
Llorando a los gritos desde que habían visto a ese sujeto golpear a su mamá, Boris e Iván también corrían detrás de ellos, aunque no lograban darles alcance.
Boris llegó primero al paso a nivel y empezó a atravesarlo.
Su hermanito lo seguía.
Los dos, apuradísimos y con los ojitos puestos en la silueta de su mamá.
Los dos, desesperados. Los dos solos, sobre las vías y frente a la muerte.
Consternado, el maquinista del tren que se dirigía al centro contaba ante las cámaras de los noticieros de la televisión, horas después:
—No pude evitarlo. Esos angelitos se me apare¬cieron de repente. Fue terrible, terrible, Dios mío… No voy a olvidarlo mientras viva…
—”No-so-tros tam-po-co… Po-bre ma-má… Po¬bre pa-pá…”.
Nadie escuchó estas palabras que —sin embargo— fueron pronunciadas una y otra vez el día de la tragedia, hasta que llegó la noche y se internaron en ella.
Nadie las escuchó. Pero… ¿quién de nosotros puede oír —fácilmente— las vocecitas de los án¬geles?
Los diarios informaron —al día siguiente— que la vida de Boris se hubiera salvado de haber recibido inmediata atención médica, que la criatura fue res¬catada a tiempo por los bomberos pero que no la recibían en el hospital de la zona hasta que —como es habitual en estos casos— se realizara la interven¬ción policial; que se perdieron —aproximadamen¬te— dos preciosas horas hasta que ese trámite pu¬do cumplirse; que si se hubiese hecho esto o lo otro…
“Hubiera o hubiese”… Qué forma verbal inútil en circunstancias así.
Se aplica para lamentaciones tardías acerca de lo que ya es imposible modificar y que son total¬mente vanas cuando —como de costumbre— no se tiene en cuenta esa experiencia para prevenir desgracias futuras.
Los hijos de los más humildes —como Boris e Iván— casi no tienen defensores durante sus vidas. Mucho menos después de muertos.
El drama fue rápidamente olvidado por los me¬dios de comunicación masiva y por el público consumidor de sus noticias.
“Po-bre ma-má… Po-bre pa-pá…”
Pasaron veinte años a partir de aquel sábado trágico para Eloy y Cora. Con los corazones destro¬zados, ambos siguieron trabajando como robots aunque ya no le encontraban sentido a la existencia.
Se esforzaban —sin embargo— para ayudar a criar a varios sobrinos, a medida que su familia del lejano pueblito iba —también— mudándose a la gran ciudad.
En esta obra de solidaridad con los suyos en¬contraban —a veces— un poco de alivio para su dolor.
No quisieron tener más hijos. El recuerdo de Boris e Iván se mantenía en ellos con una nitidez tal que sentían que ambas criaturas andaban por allí, con sus almitas en puntas de pies deslizándose por la casa, acompañándolos —como en el pasa¬do— eternamente niños.
De tanto en tanto, a Cora le parecía oír su voces y la tristeza la ahogaba —entonces— con la misma intensidad que aquel día en que los había perdido para siempre.
“Po-bre ma-má…”
“Po-bre pa-pá…”
Lejos de la modesta casa de los Molina —en una pensión de las tantas cercanas al centro de la gran ciudad—, vivía el hombre a raíz de cuyo robo habían muerto Iván y Boris. En total impunidad de su delito.
No le había ido mal económicamente, astuto ladrón como se había convertido, con banda pro¬pia y todo. Sin embargo, jugador empedernido, el dinero le duraba lo que un suspiro.
Todos creían que esta situación de continua escasez era la causante de su malhumor, de su carácter hosco, huraño. ¿Quién iba a imaginar que un sujeto despreciable como aquél viviera —como vivía— torturado por los remordimientos?
Los años no lograban traerle la paz, aunque desde que aquello había sucedido se repetía que él no era culpable, que el accidente era producto de la fatalidad, que ni loco hubiera pensado en hacer tanto daño… Si hasta había devuelto el bol¬so, arrojándolo de manera anónima en el jardín de los Molina dos noches después de la tragedia y con casi la mitad de los billetes robados…
—No voy a olvidarlo mientras viva, canejo… —se decía, atormentado por la culpa y por el vino—. No voy a olvidarlo….
Entonces —en su delirio— le parecía escuchar que unas vocecitas le susurraban lentamente: “No-so-tros tam-po-co…”.
Muchas veces —a lo largo de esos años— había tenido la sensación de que alguien lo seguía cada vez que debía tomar un tren. Era como si unas pisadas fueran recorriendo las suyas a medida que caminaba por los andenes. Por eso, evitaba —en lo posible— viajar en ferrocarril.
Un sábado como tantos, se preparó para ir a las carreras.
Hacía bastante calor y el mediodía amenazaba aumentarlo aún más, por lo que decidió no tomar el repleto micro que solía conducirlo al hipódro¬mo y viajar en tren, más aireado al menos.
Ese día tuvo mucha suerte con sus apuestas a los caballos. Ganó una fortuna.
La noche lo sorprendió —entonces— contentísi¬mo, esperando en esa estación de las afueras el tren de regreso al centro.
Mucha gente circulaba por el andén. Ya se veía —a lo lejos— brillar el foco de una locomotora en dirección hacia allí, a toda velocidad.
En instantes más, se detenía junto al andén.
El hombre se encaminó hacia el borde, quería ser de los primeros en subir a los vagones para conseguir asiento. Él era de los que —a toda costa y abriéndose paso a fuerza de codazos—, siempre conseguía viajar sentado.
Pero esa vez no. Ni sentado ni parado.
La locomotora ensordecía con su silbato y ya todo el gentío se apretujaba en el andén, cuando los oídos del hombre creyeron percibir esas pisa¬das “especiales”, las mismas que solía detectar cada vez que debía tomar un tren.
Esa sensación se le antojó ridícula. El andén estaba atestado. No era posible —ya— dar un paso.
Pero sí saltar hacia las vías.
Y el hombre lo hizo.
Al menos, eso es lo que testificaron todos los que tuvieron la lamentable ocasión de verlo con sus propios ojos.
—El tipo se arrojó cuando se acercaba el tren. Lo hizo pedazos, imagínense. Fue un espectáculo espantoso. Más, porque parecía un hombre normal, vea. Estaba allí, al lado nuestro, lo más tranqui¬lo, y de repente…
Ninguno de los testigos —obviamente— pudo enterarse de lo que —en verdad— sucedió. Porque el episodio que —realmente— tuvo lugar en aquella estación sólo lo conocieron el hombre… y los an¬gelitos.
Tal cual se narra más arriba, el hombre había sentido que lo seguían hasta el borde del andén. Apenas —entonces— si había tenido tiempo como para darse vuelta cuando cuatro manitos infantiles lo empujaron a las vías, al impulso de un vigor sobrenatural.
Durante la fracción de instante que le quedó de vida —antes de caer debajo de la locomotora— vio —fugazmente— dos criaturas vestidas a la moda de veinte años atrás.
Ellas lo habían empujado. Y eran dos varoncitos de corta edad y los dos lo contemplaron con miradas como vueltas para adentro, como de otro mundo, mientras él pensaba —por última vez:
—Ni muerto voy a olvidarlo…
Y ellos le decían: “No-so-tros tam-po-co…”
“Po-bre ma-má…”
“Po-bre pa-pá…”
RELATO 35.
CABEZA RAPADA
Jesús Fernández Santos
Era un viento templado. Las hojas volaban llenando la calzada, remontándose hasta caer de nuevo desde las copas de los árboles. Su cabeza rapada al cero; la cara oscura del sudor y el sol; cubría las piernas con largos pantalones de pana. No había cumplido diez años; era un chico pequeño. Íbamos andando a través de aquel amplio paseo, mecidos por el rumor de los frondosos eucaliptus, envueltos en remolinos de polvo y hojas secas que lo invadían todo; los rincones de los bancos, las vías… Menudas y rojizas, pardas, como de castaño enano o abedul, llenaban todos los huecos por pequeños que fuesen, pegándose a nosotros como el alma al cuerpo.
Cruzaban sombras negras, luminosas, de los coches; los faros rojos atrás acentuando su tono hasta el morado. Aunque no hacía frío nos arrimábamos a una hoguera en que el guarda de la obra quemaba ramas de eucaliptus esparciendo al aire un agradable olor de monte abierto. Allí estuvimos un buen rato, llenando de él nuestros pulmones, hasta que el chico se puso a toser de nuevo.
–¿Te duele? –le pregunté.
Y contestó:
–Un poco –hablando como con gran trabajo.
–Podemos estar un poco más, si quieres.
Dijo que sí, y nos sentamos. Eran enormes aquellos árboles flotando sobre nosotros, cantando las ráfagas en la copa con un zumbido constante que a intervalos subía: y, más allá del pilón donde el hilo de la fuente saltaba, se veía a la gente cruzar, la ropa pegada al cuerpo, íntimamente unidas las parejas. El chico volvió a quejarse.
–¿Te duele ahora?
–Aquí, un poco…
Se llevó la mano bajo la camisa. Era la piel blanca, sin rastro de vello, cortada como las manos de los que en invierno trabajan en el agua. Otra vez tenía miedo. Yo también, pero me esforzaba en tranquilizarle.
–No te apures; ya pasará como ayer.
–¿ y si no pasa?
–¿Te duele mucho?
El guarda nos miraba con recelo, pero no dijo nada cuando nos recostamos en el cajón de las herramientas. Freía sardinas en una sartén de juguete. A la luz anaranjada de la llama, el olor de la grasa se mezclaba al aroma de la madera que ardía.
–Ese chico no está bueno…
–¡Qué va! No es más que frío… ..
El chico no decía palabra. Miraba el fuego pesadamente, casi dormido.
–No está bueno…
Ahora no tenía un gesto tan hosco. El chico escupió al fuego y guardó silencio.
–Va a coger una pulmonía, ahí sentado.
Me levanté y le cogí del brazo, medio dormido como estaba.
–Vamos –dije–, vámonos.
Le fui llevando, poco a poco, lejos del fuego y de la mirada del guarda. Mientras andábamos, por animarle un poco, froté aquella cabeza monda y suave, con la mano, al tiempo que le decía:
–¡Que no es nada, hombre!
Pero él no se atrevía a creerlo, y por si era poco, vino de atrás la voz del otro:
–¡Le debía ver un médico!
–Ya lo vio ayer.
Esto pasó con el médico: como no conocíamos a nadie, fuimos al hospital, y nos pusimos a la cola de la consulta, en una habitación alta y blanca, con una ventanilla de cristal mate en lo más alto y dos puertas en los extremos abriéndose constantemente. La gente aguardaba en bancos, a lo largo de las paredes, charlando; algunos en silencio, los ojos fijos, vagos, en la pared de enfrente. La enfermera abría una de las puertas, diciendo: «Otro», y el que en aquel momento salía, saludaba: «Buenos días, doctor.» Una mujer olvidó algo y entró de nuevo en la consulta. Salió aprisa, sin ver a nadie, sin saludar. Exclamaba: «se me muere, se me muere…» Todos miraron las baldosas, como si cada cual no pudiera soportar la mirada de los otros, y un hombre joven, de cara macilenta, maldijo muchas veces en voz baja.
El médico auscultaba al chico y al mismo tiempo me miraba a mí. Nos dio un papel con unas señas para que fuéramos al día siguiente
–¿Es hermano tuyo?
–No.
Al día siguiente no fuimos donde el papel decía.
Se inclinó un poco más. Debía sufrir mucho con aquella punzada en el costado. Sudaba por la fiebre y toda su frente brillaba, brotada de menudas gotas. Yo pensaba: «Está muy mal. No tiene dinero. No se puede poner bien porque no tiene dinero. Está del pecho. Está tísico. Si pidiera a la gente que pasa no reuniría ni diez pesetas. Se tiene que morir. No conoce a nadie. Se va a morir porque de eso se muere todo el mundo. Aunque pasara el hombre más caritativo del mundo se moriría.»
Reunimos tres pesetas. Decidimos tomar un café y entrar en calor.
–Con el calor se te quita.
Era un café vacío y mal alumbrado, con sillas en los rincones. La barra estaba al fondo, de muro a muro, cerrando una esquina, con el camarero más viejo sentado porque padecía del corazón, y sólo para los buenos clientes se levantaba. Tres paisanos jugaban al dominó. Llegaban los sones de un tango entre el soplido del exprés y los golpes de las fichas sobre el mármol.
Sólo estuvimos un momento; lo justo para tomar el café. Al salir todo continuaba igual: el viejo tras el mostrador, mirando sus pies hinchados; los otros jugando, y el que andaba en la radio, con los botones en la mano. La música y la luz parecían ir a desaparecer de pronto. Viéndolos por última vez, quedaban como un mal recuerdo, negro y triste.
En el paseo, bajo los árboles, de nuevo empezó a quejarse, y se quiso sentar. Pisábamos el césped a oscuras. Buscó un árbol ancho, frondoso, y apoyando en él su espalda, rompió a llorar. De nuevo acaricié la redonda cabeza, y al bajar la mano me cayó una lágrima. Lloraba sobre sus rodillas, sobre sus puños cerrados en la tierra.
–No llores –le dije.
–Me voy a morir.
–No te vas a morir, no te mueres…
RELATO 36
AQUEL CUADRO
Elsa Bornemann
Arriba del ropero del dormitorio de sus padres. En el mismo sitio a donde había ido a parar una variedad de objetos en desuso. Debajo de la sába¬na de polvo y pelusas que los cubría. Ahí encontró Hilario Cuevas aquel cuadro, cuidadosamente em¬paquetado y lo único rescatable del montón de cosas que su madre había ido colocando sobre el ropero a lo largo de su matrimonio. (¿Quién —que tenga o haya tenido un ropero— no lo usa o lo usó como una suerte de depósito de objetos que no se decide a tirar, aunque intuye que jamás volverá a necesitarlos?)
Aquel cuadro era un óleo de mediana propor¬ción, enmarcado.
Sobre el ángulo inferior derecho de la tela, la querida letra y la firma que el joven conocía bien: Irenita. Junto a la firma, una fecha que indicaba que esa pintura había sido hecha por su madre cin¬cuenta años atrás, como las otras que decoraban una pared de la cocina y que pertenecían a la época de la niñez de Irene, cuando fantaseaba con ser artista plástica.
Nunca lo había visto antes. Por eso, Hilario se conmovió doblemente y —durante un rato— permaneció sentado sobre la cama de los padres, abra¬zado al cuadro y con la mirada perdida en sus recuerdos.
La campanilla del teléfono lo volvió al presente.
Ya habían cortado cuando lo cogió. Ahora esta¬ba en su cuarto y aún cargaba —amorosamente— el óleo cuando se le ocurrió que esa pared desnuda frente a su propia cama era el lugar ideal para colgarlo.
—Así lo voy a contemplar todas las noches… —pensaba, mientras que a golpe de martillo, colo¬caba un clavo en el espacio elegido—. Es como si mamá hubiera querido hacerme un regalo postre¬ro… Pobrecita… ¡ya un mes que no está más…!
E Hilario dedicó la última hora de aquel viernes a mirar el cuadro con enternecido detenimiento.
Su mamá había pintado una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cortinas que impedían ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas…
Al frente, un jardín florido y —medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho ma¬nejando una hoz.
¿El jardinero de aquella residencia, tal vez?
Durante las semanas que siguieron al encuentro de aquel cuadro, Hilario destinó sus momentos libres a contemplarlo.
Emocionado como estaba por ese hallazgo inesperado, cada día le parecía más hermoso y no lograba explicarse por qué su madre lo habría guardado, casi oculto se hubiera dicho.
Una noche —a punto de dormirse a la par que escuchaba la radio y con la vista distraída en el óleo— Hilario creyó observar que una de las corti¬nas del primer piso de la casa pintada se descorría lentamente.
—El sueño me hace ver visiones… —pensó de inmediato y apagó el velador, dispuesto a des¬cansar.
—Todas las cortinas de esa casa están corridas —se dijo, antes de caer profundamente dormido.
Y esa madrugada soñó con sus padres y se sintió pequeño y mimado como cuando los dos vivían y le decían “Lari”.
Se despertó de buen humor.
Se estaba vistiendo para salir a hacer su acos¬tumbrada caminata de los sábados, cuando recor¬dó el asunto de la cortina del cuadro.
Se volvió hacia el óleo y sonreía por lo que —en ese momento— consideraba una visión producto del cansancio nocturno, pero vio que la cortina del primer piso de la casa pintada estaba —real¬mente— descorrida.
Se inquietó. Y más aún cuando una nena que aparentaba pedir auxilio se asomó a esa ventana y le hizo señas desesperadas. Enseguida —y por de¬trás de la niña— una mujer —que se le parecía notablemente— hizo lo mismo.
Hilario creyó que se estaba volviendo loco.
—Esto me pasa por pasar tantas horas mirando el cuadro de mamá —supuso—. Estoy sugestionado como una criatura y —muy molesto consigo mismo— terminó de abrocharse las zapatillas y aban¬donó su cuarto, sin volver a mirar el óleo.
Esa noche —ya de regreso a su casa— decidió que dormiría en la sala. Se ubicó —entonces— en un sofá, prometiéndose que no volvería a mirar el cuadro hasta la mañana siguiente.
Sin embargo, cerca de la madrugada se desper¬tó de repente. Transpirando —a pesar de la baja temperatura ambiente—y con la necesidad imposter¬gable de contemplar el óleo.
Se dirigió a su cuarto y así lo hizo. ¡Para qué! Ahora eran dos las cortinas descorridas. Tres de las ventanas del primer piso de la casa pintada lo estaban y —detrás de ellas, la niña y la mujer en una, un niño en la otra y un hombre en la restante—. Todos pedían auxilio y le hacían señas desesperadas. En sus caras, el espanto. En la de Hilario, también.
Temblando, descolgó —entonces— el cuadro y lo colocó —bruscamente— sobre su cama, de pintura contra el acolchado, para no ver esas imágenes que tanto lo estaban perturbando. ¿Cómo era po¬sible?
En un impulso, se abrigó para salir a la calle:
—Debo averiguar si esa casa que pintó mamá existe o existió y a quién pertenece —pensaba—, y la primera idea que tuvo al recorrer la cuadra de su domicilio fue la de encaminarse hacia el barrio donde ella había pasado su infancia y su adoles¬cencia y del que había partido para casarse con su padre.
—Seguramente, esa pintura —como las otras que hizo— fue inspirada en algún paisaje vecino…
Hilario estaba tan nervioso que las aproximada¬mente ochenta cuadras que lo separaban de aque¬lla zona las atravesó casi sin darse cuenta.
El sol del domingo ya acariciaba los árboles cuando llegó al barrio donde su mamá había sido “Irenita”. Recién después de haberlo recorrido sin parar, Hilario se halló —de pronto— frente a la casa que la madre había pintado en el cuadro. Dos veces había pasado a lo largo de ella y sin reconocerla.
Claro, cincuenta años no habían transcurrido en vano: era la misma casa, pero lógicamente enveje¬cida por la acción del tiempo y bastante transfor¬mada a fuerza de refacciones. El jardín delantero no existía ya, por ejemplo. Un desierto patio ocu¬paba el espacio que antes había pertenecido a césped y plantas.
Sobre la verja de la entrada, un cartel anunciaba: “Jardín de Infantes Tulipán”.
Como tantas otras antiguas casonas, a esa tam¬bién la habían convertido en una escuela.
Muy excitado, Hilario pulsó el timbre sobre el que se leía: “Portería”.
Ya estaba por irse —después de tocar varias y prolongadas veces— cuando una viejita salió desde una de las puertas laterales de la residencia.
—Sí… ya va… Ya va… —decía, mientras se le apro¬ximaba a Hilario alisándose el pelo y acomodán¬dose una chaqueta que terminaba de ponerse.
—¿Qué desea, señor?
—Esteee… Buenos días… Disculpe la molestia… pero…
—¿Qué pasa? A usted no lo tengo visto por aquí. ¿En qué puedo serle útil?
Entonces, Hilario le contó una historia que se le iba ocurriendo a medida que la desarrollaba.
No podía decirle la verdad. El caso es que se las ingenió tan bien que la viejita le dio —exactamen¬te— la información que el muchacho ansiaba.
Entre otros detalles que no le interesaban en absoluto supo —por ejemplo— que esa casa había pertenecido —cincuenta años atrás— a una tal fami¬lia Dubatti… que sus cuatro integrantes habían muerto asesinados… que nunca se había descu¬bierto al criminal… que la finca había permanecido cerrada durante mucho tiempo… y que ella era la encargada desde el mes en que se había inaugura¬do el Jardín de Infantes, hacía once años.
La viejita seguía hablando y hablando cuando Hilario pensó que ya tenía datos suficientes como para empezar a comprender el secreto que el cuadro encerraba.
Casi sin despedirse de la anciana, llamó a un taxi y volvió a su casa, hecho un relámpago.
Corrió a su cuarto y tomó el cuadro. Lo observó con atención.
El miedo le picoteó el corazón.
¡Las cortinas del primer piso de la casa pintada continuaban desco¬rridas pero ningún rostro desesperado volvió a dibujarse detrás de ellas! Aunque lo más impresio¬nante era que…. ¡la silueta del jardinero había desa¬parecido del óleo!
Fuera de control, Hilario arrojó el cuadro al aire.
Al estrellarse contra el suelo, el marco quedó por un lado, el óleo por otro y el cartón que lo protegía por detrás fue a parar abajo de su cama.
Cuando —dolorido por su actitud de haber in¬tentado romper una pintura de su madre—, Hilario se empezó a recomponer y a recoger las partes dispersas del cuadro, encontró aquel papel do¬blado en varios cuadraditos.
Era un papel de carta fino, tipo Biblia y —sin dudas— había saltado del interior del cuadro cuan¬do se había descuajeringado debido al golpe contra el piso.
Con el corazón fruncido, el joven lo desdobló. Era un mensaje manuscrito. La letra infantil de su madre y esta confesión:
ME LLAMO IRENE DEL PINO Y TENGO DOCE AÑOS. AYER MISMO —ANTES DE QUE LLEGARA LA POLICÍA— DESCUBRÍ —POR CASUALIDAD— QUIÉN ES EL ASESINO DE LOS DUBATTI. PERO ÉL LO SABE Y ME AMENAZÓ DICIÉNDOME QUE SI SE ME OCURRE CONTAR LO QUE VI, ME VA A MATAR.
ME DIJO TAMBIÉN:
—ESTÉS DONDE ESTÉS Y SEA CUANDO FUERE, SI ALGUIEN SE ENTERA DE LO QUE PRESENCIASTE, YO ME LAS ARREGLARÉ PARA MATARTE APENAS ME DELATES. Y CON LA MISMA ARMA CON QUE ASESINÉ A TU AMIGA ANDREA Y AL RESTO DE SU FAMILIA: A SUS PADRES Y A SU HERMANO LOREN¬ZO, POR SI DEBO RECORDÁRTELO. CON ESA MIS¬MA ARMA QUE ME SORPRENDISTE LAVANDO, VOY A ACARICIAR —ENTONCES— TU COGOTE.
YA TE ESTOY ODIANDO COMO A LOS DUBATTI, ASÍ QUE NO LO OLVIDES Y BOCA CERRADA. ¿EN¬TENDISTE?
TENGO PÁNICO Y ESCRIBO PARA ALIVIARME UN POCO DEL PESO DE ESTE SECRETO TERRORÍFI¬CO. LE PIDO A DIOS QUE ME AYUDE A CALLAR Y ESPERO QUE SE HAGA JUSTICIA ALGÚN DÍA.
EN EL CUADRO QUE ACABO DE PINTAR Y DEN¬TRO DE CUYO MARCO VOY A OCULTAR ESTE MENSAJE, APARECE EL ASESINO CON SU ARMA, EN LA MISMA CASA EN LA QUE COMETIÓ SUS CRÍMENES. OJALÁ RECIBA SU MERECIDO CAS¬TIGO.
IRENITA
Un grito arañó la garganta de Hilario:
—¡El jardinero! ¡El jardinero fue el asesino de la familia Dubatti! En el mismo instante en que pronunciaba aquellas palabras, recordó que ya no estaba en el óleo. ¿Dónde entonces?
Hilario se lanzó sobre el teléfono. Comenzaban discar el número de la policía —por más que se le antojaba absurdo todo lo que le estaba ocurrien¬do— cuando la sombra de una hoz —proyectada sobre la pared que tenía al frente— lo paralizó.
¡El jardinero del cuadro!
Se dio vuelta con el tiempo justo como para ver lo que mejor no: erguido a sus espaldas y barajan¬do la hoz, un viejo.
Durante un instante, Hilario creyó que estaba a salvo. ¡El jardinero del cuadro era un muchacho y no ese hombre de barba y pelos blancos!
Durante el instante siguiente, Hilario entendió que estaba perdido:
¡Ese hombre era el jardinero, con cincuenta años más sobre su piel!
—¡Piedad —por favor— no me mate! —aulló en¬tonces.
El viejo seguía haciendo bailar su hoz mientras le decía:
—Ja. Yo no cometo dos veces el mismo error. Voy a degollarte como tendría que haberlo hecho con Irenita, tu estúpida madre…
—¡Le ruego; déjeme vivir y juro que no voy a delatarlo! ¡Mire, mire lo que hago con este mensaje de mi mamá! —e Hilario rompió el papel de la confesión en mil pedacitos y —haciendo un bollito con ellos— se los tragó.
El jardinero estaba a punto de descargar su hoz contra el cuello de Hilario pero el rostro y el cuerpo del muchacho le indicaron que no hacía falta: era evidente que acababa de sufrir un ataque al co¬razón.
Pocos minutos después, expiraba.
—Indudablemente, este muchacho se trastornó debido al fallecimiento de su madre… —opinó, días después, el jefe de policía en una conferencia de prensa.
Y vean si no: la autopsia reveló que su última cena fue… papel… Un loco manso, eso es todo… No, su habitación estaba en perfecto orden. Un síncope.
¿El cuadro que encontramos junto a su cadáver y todo roto? Ah, sí. Una pintura hecha por su mamá durante la infancia… Nada de valor… Afectivo sí, por supuesto.
¿Qué representa? Una casa. Una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cor¬tinas que impiden ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas… Al frente, un jardín florido y —medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho manejando una hoz. ¿El jardinero de la residencia, tal vez? Pero ya me están haciendo ir por las ramas: ¿Qué tiene que ver el óleo con la muerte, señores periodistas?
Y aquel cuadro —pintado por inexpertas manos infantiles y al que— por lo mismo —no se le otorgó ninguna importancia—, fue a parar a uno de los tantos camiones que recolectan desperdicios, jun¬to con todos los demás que había hecho Irenita.
RELATO 37
LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS
Manuel Rivas
«¿Qué hay, Pardal? Espero que por fin este año podamos ver la lengua de las mariposas.»
El maestro aguardaba desde hacía tiempo que les enviasen un microscopio a los de la Instrucción Pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuviesen el efecto de poderosas lentes.
«La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un muelle de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cuando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar, ¿a que sentís ya el dulce en la boca como si la yema fuese la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa.»
Y entonces todos teníamos envidia de las mariposas. Qué maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de almíbar.
Yo quería mucho a aquel maestro. Al principio, mis padres no podían creerlo. Quiero decir que no podían entender cómo yo quería a mi maestro. Cuando era un pequeñajo, la escuela era una amenaza terrible. Una palabra que se blandía en el aire como una vara de mimbre.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Dos de mis tíos, como muchos otros jóvenes, habían emigrado a América para no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América para no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores del Barranco del Lobo.
Yo iba para seis años y todos me llamaban Pardal. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado. Prefería verme lejos que no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recogedor de basura y hojas secas, el que me puso el apodo: «Pareces un pardal ».
Creo que nunca he corrido tanto como aquel verano anterior a mi ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica. «¡Ya verás cuando vayas a la escuela!» Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancaran las amígdalas con la mano, la forma en que el maestro les arrancaba la jeada del habla, para que no dijesen ajua ni jato ni jracias. «Todas las mañanas teníamos que decir la frase Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo . ¡Muchos palos llevamos por culpa de Juadalagara!» Si de verdad me quería meter miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de delantal de carnicero. No mentiría si les hubiese dicho a mis padres que estaba enfermo.
El miedo, como un ratón, me roía las entrañas.
Y me meé. No me meé en la cama, sino en la escuela.
Lo recuerdo muy bien. Han pasado tantos años y aún siento una humedad cálida y vergonzosa resbalando por las piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio agachado con la esperanza de que nadie reparase en mi presencia, hasta que pudiese salir y echar a volar por la Alameda. «A ver, usted, ¡póngase de pie!» El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que aquella orden iba por mí. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla. Era pequeña, de madera, pero a mi me pareció la lanza de Abd el Krim.
«¿Cuál es su nombre?»
«Pardal.»
Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me golpeasen con latas en las orejas.
«¿Pardal?»
No me acordaba de nada. Ni de mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré hacia el ventanal, buscando con angustia los árboles de la Alameda. Y fue entonces cuando me meé. Cuando los otros chavales se dieron cuenta, las carcajadas aumentaron y resonaban como latigazos.
Huí. Eché a correr como un locuelo con alas. Corría, corría como sólo se corre en sueños cuando viene detrás de uno el Hombre del Saco. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mí. Podía sentir su aliento en el cuello, y el de todos los niños, como jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música y miré hacia atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba a solas con mi miedo, empapado de sudor y meos. El palco estaba vacío. Nadie parecía fijarse en mí, pero yo tenía la sensación de que todo el pueblo disimulaba, de que docenas de ojos censuradores me espiaban tras las ventanas y de que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarles la noticia a mis padres. Mis piernas decidieron por mí. Caminaron hacia el Sinaí con una determinación desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta Coruña y embarcaría de polizón en uno de esos barcos que van a Buenos Aires.
Desde la cima del Sinaí no se veía el mar, sino otro monte aún más grande, con peñascos recortados como torres de una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y melancolía lo que logré hacer aquel día. Yo solo, en la cima, sentado en la silla de piedra, bajo las estrellas, mientras que en el valle se movían como luciérnagas los que con candil andaban en mi busca. Mi nombre cruzaba la noche a lomos de los aullidos de los perros. No estaba impresionado. Era como si hubiese cruzado la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando apareció junto a mi la sombra recia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me cogió en brazos. «Tranquilo, Pardal, ya pasó todo.»
Aquella noche dormí como un santo, bien arrimado a mi madre. Nadie me había reñido. Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero de concha de vieira, tal como había sucedido cuando se murió la abuela.
Tenia la sensación de que mi madre no me había soltado la mano durante toda la noche. Así me llevó, cogido como quien lleva un serón, en mi regreso a la escuela. Y en esta ocasión, con el corazón sereno, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.
El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. «Me gusta ese nombre. Pardal.» Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano hacia su mesa y me sentó en su silla. Él permaneció de pie, cogió un libro y dijo:
«Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso.» Pensé que me iba a mear de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos. «Bien, y ahora vamos a empezar un poema. ¿A quién le toca? ¿Romualdo? Venga, Romualdo, acércate. Ya sabes, despacito y en voz bien alta.»
A Romualdo los pantalones cortos le quedaban ridículos. Tenía las piernas muy largas y oscuras, con las rodillas llenas de heridas.
Una tarde parda y fría…
«Un momento, Romualdo, ¿qué es lo que vas a leer?»
«Una poesía, señor.»
«¿Y cómo se titula?»
«Recuerdo infantil. Su autor es don Antonio Machado.»
«Muy bien, Romualdo, adelante. Con calma y en voz alta. Fíjate en la puntuación.»
El llamado Romualdo, a quien yo conocía de acarrear sacos de pinas como niño que era de Altamira, carraspeó como un viejo fumador de picadura y leyó con una voz increíble, espléndida, que parecía salida de la radio de Manolo Suárez, el indiano de Montevideo.
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo y muerto Abel,
junto a una mancha carmín…
«Muy bien. ¿Qué significa monotonía de lluvia, Romualdo?», preguntó el maestro.
«Que llueve sobre mojado, don Gregorio.»
«¿Rezaste?», me preguntó mamá, mientras planchaba la ropa que papá había cosido durante el día. En la cocina, la olla de la cena despedía un aroma amargo de nabiza.
«Pues sí», dije yo no muy seguro. «Una cosa que hablaba de Caín y Abel.»
«Eso está bien», dijo mamá, «no sé por qué dicen que el nuevo maestro es un ateo».
«¿Qué es un ateo?»
«Alguien que dice que Dios no existe.» Mamá hizo un gesto de desagrado y pasó la plancha con energía por las arrugas de un pantalón.
«¿Papá es un ateo?»
Mamá apoyó la plancha y me miró fijamente.
«¿Cómo va a ser papá un ateo? ¿Cómo se te ocurre preguntar esa bobada?»
Yo había oído muchas veces a mi padre blasfemar contra Dios. Lo hacían todos los hombres. Cuando algo iba mal, escupían en el suelo y decían esa cosa tremenda contra Dios. Decían las dos cosas: me cago en Dios, me cago en el demonio. Me parecía que sólo las mujeres creían realmente en Dios.
«¿Y el demonio? ¿Existe el demonio?»
«¡Por supuesto!»
El hervor hacía bailar la tapa de la cacerola. De aquella boca mutante salían vaharadas de vapor y gargajos de espuma y verdura. Una mariposa nocturna revoloteaba por el techo alrededor de la bombilla que colgaba del cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que planchar. La cara se le tensaba cuando marcaba la raya de las perneras. Pero ahora hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriese a un desvalido.
«El demonio era un ángel, pero se hizo malo.»
La mariposa chocó con la bombilla, que se bamboleó ligeramente y desordenó las sombras.
«Hoy el maestro ha dicho que las mariposas también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como el muelle de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que enviar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?»
«Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te ha gustado la escuela?»
«Mucho. Y no pega. El maestro no pega.»
No, el maestro don Gregorio no pegaba. Al contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos se peleaban durante el recreo, él los llamaba, «parecéis carneros», y hacia que se estrecharan la mano. Después los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como conocí a mi mejor amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro chaval, Eladio, que tenía un lunar en la mejilla, al que le hubiera zurrado con gusto, pero nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandase darle la mano y que me cambiase del lado de Dombodán. La forma que don Gregorio tenía de mostrarse muy enfadado era el silencio.
«Si vosotros no os calláis, tendré que callarme yo.»
Y se dirigía hacia el ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, descorazonador, como si nos hubiese dejado abandonados en un extraño país. Pronto me di cuenta de que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que él tocaba era un cuento fascinante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y la sístole y diástole del corazón. Todo conectaba, todo tenía sentido. La hierba, la lana, la oveja, mi frío. Cuando el maestro se dirigía hacia el mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminase la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez primera el relinchar de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomos de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchábamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras. Fabricábamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Incio. Escribíamos cancioneros de amor en la Provenza y en el mar de Vigo. Construíamos el Pórtico de la Gloria. Plantábamos las patatas que habían venido de América. Y a América emigramos cuando llegó la peste de la patata.
«Las patatas vinieron de América», le dije a mi madre a la hora de comer, cuando me puso el plato delante.
«¡Qué iban a venir de América! Siempre ha habido patatas», sentenció ella.
«No, antes se comían castañas. Y también vino de América el maíz.» Era la primera vez que tenía clara la sensación de que gracias al maestro yo sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos, mis padres, desconocían.
Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos. Las arañas de agua inventaban el submarino. Las hormigas cuidaban de un ganado que daba leche y azúcar y cultivaban setas. Había un pájaro en Australia que pintaba su nido de colores con una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me olvidaré. Se llamaba el tilonorrinco. El macho colocaba una orquídea en el nuevo nido para atraer a la hembra.
Tal era mi interés que me convertí en el suministrador de bichos de don Gregorio y él me acogió como el mejor discípulo. Había sábados y festivos que pasaba por mi casa e íbamos juntos de excursión. Recorríamos las orillas del río, las gándaras, el bosque y subíamos al monte Sinaí. Cada uno de esos viajes era para mí como una ruta del descubrimiento. Volvíamos siempre con un tesoro. Una mantis. Un caballito del diablo. Un ciervo volante. Y cada vez una mariposa distinta, aunque yo sólo recuerdo el nombre de una a la que el maestro llamó Iris, y que brillaba hermosísima posada en el barro o el estiércol.
Al regreso, cantábamos por los caminos como dos viejos compañeros. Los lunes, en la escuela, el maestro decía: «Y ahora vamos a hablar de los bichos de Pardal».
Para mis padres, estas atenciones del maestro eran un honor. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos: «No hace falta, señora, yo ya voy comido», insistía don Gregorio. Pero a la vuelta decía: «Gracias, señora, exquisita la merienda».
«Estoy segura de que pasa necesidades», decía mi madre por la noche.
«Los maestros no ganan lo que tendrían que ganar», sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. «Ellos son las luces de la República.»
«¡La República, la República! ¡Ya veremos adonde va a parar la República!»
Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia. Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero a veces los sorprendía.
«¿Qué tienes tú contra Azaña? Eso es cosa del cura, que os anda calentando la cabeza.»
«Yo voy a misa a rezar», decía mi madre.
«Tú si, pero el cura no.»
Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría tomarle las medidas para un traje.
«¿Un traje?»
«Don Gregorio, no lo tome a mal. Quisiera tener una atención con usted. Y yo lo que sé hacer son trajes.»
El maestro miró alrededor con desconcierto.
«Es mi oficio», dijo mi padre con una sonrisa.
«Respeto mucho los oficios», dijo por fin el maestro.
Don Gregorio llevó puesto aquel traje durante un año, y lo llevaba también aquel día de julio de 1936, cuando se cruzó conmigo en la Alameda, camino del ayuntamiento.
«¿Qué hay, Pardal? A ver si este año por fin podemos verle la lengua a las mariposas.» Algo extraño estaba sucediendo. Todo el mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban hacia delante, se daban la vuelta. Los que miraban para la derecha, giraban hacia la izquierda. Cordeiro, el recogedor de basura y hojas secas, estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca había visto a Cordeiro sentado en un banco. Miró hacia arriba, con la mano de visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros, era que se avecinaba una tormenta.
Oí el estruendo de una moto solitaria. Era un guardia con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del ayuntamiento y miró para los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: «¡Arriba España!». Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de explosiones.
Las madres empezaron a llamar a sus hijos. En casa, parecía que la abuela se hubiese muerto otra vez. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo de agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.
Llamaron a la puerta y mis padres miraron el pomo con desazón. Era Amelia, la vecina, que trabajaba en casa de Suárez, el indiano.
«¿Sabéis lo que está pasando? En Coruña, los militares han declarado el estado de guerra. Están disparando contra el Gobierno Civil.»
«¡Santo Cielo!», se persignó mi madre.
«Y aquí», continuó Amelia en voz baja, como si las paredes oyesen, «dicen que el alcalde llamó al capitán de carabineros, pero que éste mandó decir que estaba enfermo».
Al día siguiente no me dejaron salir a la calle. Yo miraba por la ventana y todos los que pasaban me parecían sombras encogidas, como si de repente hubiese llegado el invierno y el viento arrastrase a los gorriones de la Alameda como hojas secas.
Llegaron tropas de la capital y ocuparon el ayuntamiento. Mamá salió para ir a misa, y volvió pálida y entristecida, como si hubiese envejecido en media hora.
«Están pasando cosas terribles, Ramón», oí que le decía, entre sollozos, a mi padre. También él había envejecido. Peor aún. Parecía que hubiese perdido toda voluntad. Se había desfondado en un sillón y no se movía. No hablaba. No quería comer.
«Hay que quemar las cosas que te comprometan, Ramón. Los periódicos, los libros. Todo.»
Fue mi madre la que tomó la iniciativa durante aquellos días. Una mañana hizo que mi padre se arreglara bien y lo llevó con ella a misa. Cuando regresaron, me dijo: «Venga, Moncho, vas a venir con nosotros a la Alameda». Me trajo la ropa de fiesta y mientras me ayudaba a anudar la corbata, me dijo con voz muy grave: «Recuerda esto, Moncho. Papá no era republicano. Papá no era amigo del alcalde. Papá no hablaba mal de los curas. Y otra cosa muy importante, Moncho. Papá no le regaló un traje al maestro».
«Sí que se lo regaló.»
«No, Moncho. No se lo regaló. ¿Has entendido bien? ¡No se lo regaló!»
«No, mamá, no se lo regaló.»
Había mucha gente en la Alameda, toda con ropa de domingo. También habían bajado algunos grupos de las aldeas, mujeres enlutadas, paisanos viejos con chaleco y sombrero, niños con aire asustado, precedidos por algunos hombres con camisa azul y pistola al cinto. Dos filas de soldados abrían un pasillo desde la escalinata del ayuntamiento hasta unos camiones con remolque entoldado, como los que se usaban para transportar el ganado en la feria grande. Pero en la Alameda no había el bullicio de las ferias, sino un silencio grave, de Semana Santa. La gente no se saludaba. Ni siquiera parecían reconocerse los unos a los otros. Toda la atención estaba puesta en la fachada del ayuntamiento.
Un guardia entreabrió la puerta y recorrió el gentío con la mirada. Luego abrió del todo e hizo un gesto con el brazo. De la boca oscura del edificio, escoltados por otros guardias, salieron los detenidos. Iban atados de pies y manos, en silente cordada. De algunos no sabia el nombre, pero conocía todos aquellos rostros. El alcalde, los de los sindicatos, el bibliotecario del ateneo Resplandor Obrero, Charli, el vocalista de la Orquesta Sol y Vida, el cantero al que llamaban Hércules, padre de Dombodán… Y al final de la cordada, chepudo y feo como un sapo, el maestro.
Se escucharon algunas órdenes y gritos aislados que resonaron en la Alameda como petardos. Poco a poco, de la multitud fue saliendo un murmullo que acabó imitando aquellos insultos.
«¡Traidores! ¡Criminales! ¡Rojos!»
«Grita tú también, Ramón, por lo que más quieras, ¡grita!» Mi madre llevaba a papá cogido del brazo, como si lo sujetase con todas sus fuerzas para que no desfalleciera. «¡Que vean que gritas, Ramón, que vean que gritas!»
Y entonces oí cómo mi padre decía: «¡Traidores!» con un hilo de voz. Y luego, cada vez más fuerte, «¡Criminales! ¡Rojos!». Soltó del brazo a mi madre y se acercó más a la fila de los soldados, con la mirada enfurecida hacia el maestro. «¡Asesino! ¡Anarquista! ¡Comeniños!»
Ahora mamá trataba de retenerlo y le tiró de la chaqueta discretamente. Pero él estaba fuera de si. «¡Cabrón! ¡Hijo de mala madre!» Nunca le había oído llamar eso a nadie, ni siquiera al árbitro en el campo de fútbol. «Su madre no tiene la culpa, ¿eh, Moncho?, recuerda eso.» Pero ahora se volvía hacia mi enloquecido y me empujaba con la mirada los ojos llenos de lágrimas y sangre. «¡Grítale tu también, Monchiño, grítale tú también!»
Cuando los camiones arrancaron, cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrieron detrás, tirando piedras. Buscaba con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoy era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la Alameda, con los puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: «¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!».
RELATO 38.
LA MANO
Guy de Maupassant
Todos hacían corro en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su parecer sobre el misterioso suceso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, ese inexplicable crimen perturbaba París. Nadie entendía nada.
El señor Bermutier, en pie, de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía las pruebas, discutía las diversas opiniones, pero no concluía nada.
Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían en pie, los ojos clavados en los afeitados labios del magistrado, de los que salían graves palabras. Ellas se estremecían, vibraban, crispadas por su miedo curioso, por la ávida e insaciable necesidad de espanto que acosa sus almas, la tortura como un hambre.
Una de ellas, más pálida que las demás, pronunció durante un silencio:
-Es horroroso. Eso roza con lo “sobrenatural”. Nunca se sabrá nada.
El magistrado se volvió hacia ella:
-Sí, señora, es probable que nunca se sepa nada. En cuanto a la palabra “sobrenatural” que usted acaba de emplear, nada tiene que ver con esto. Estamos ante un crimen muy hábilmente concebido, muy hábilmente ejecutado, tan bien envuelto en el misterio que no podemos separarlo de las circunstancias impenetrables que lo rodean. Pero yo he tenido, yo mismo, en tiempos, que seguir un suceso en el que verdaderamente parecía mezclarse algo fantástico y por lo demás fue preciso abandonarlo, por falta de medios para aclararlo.
Varias mujeres pronunciaron al mismo tiempo, tan deprisa que sus voces sonaron como una sola:
-¡Oh! Cuéntenos eso.
El señor Bermutier sonrió gravemente, como debe sonreír un juez de instrucción. Y prosiguió:
-No vayan a creer, por lo menos, que pude, ni por un instante, suponer algo sobrehumano en esta aventura. Sólo creo en las causas normales. Pero si en vez de emplear la palabra “sobrenatural” para expresar lo que no entendemos, nos sirviéramos simplemente de la palabra “inexplicable” valdría más. En cualquier caso, en el asunto que voy a contarles, lo que me emocionó fueron las circunstancias que lo rodearon, las circunstancias que lo prepararon. En fin, ahí tienen los hechos.
* * *
Yo era entonces juez de instrucción en Ajaccio, una pequeña ciudad blanca, recostada al borde de un admirable golfo rodeado por doquier por altas montañas.
Las diligencias que más me ocupaban, allá, eran los asuntos de vendetta. Los hay soberbios, dramáticos a más no poder, feroces, heroicos. Allí encontramos los más hermosos temas de venganza que soñarse puedan, odios seculares, apaciguados un momento, jamás extinguidos, abominables astucias, asesinatos convertidos en matanzas y casi en acciones gloriosas. Desde hacía dos años no oía hablar más que del precio de la sangre, de ese terrible prejuicio corso que obliga a vengar cualquier injuria en la persona que la ha infligido, en sus descendientes y sus allegados. Había visto degollar viejos, niños, primos, tenía la cabeza llena de tales historias.
Ahora bien, un día me enteré de que un inglés acababa de alquilar para varios años un chalecito al fondo del golfo. Se había traído consigo un criado francés, contratado al pasar por Marsella.
Pronto todo el mundo se ocupó de aquel singular personaje, que vivía solo en su casa, y sólo salía a cazar y a pescar. No hablaba con nadie, nunca venía a la ciudad y, todas las mañanas, se ejercitaba durante una o dos horas con la pistola y la carabina.
Se forjaron leyendas a su alrededor. Se pretendió que era un alto personaje huido de su patria por motivos políticos; después se afirmó que se ocultaba tras haber cometido un crimen espantoso. Incluso se mencionaban circunstancias particularmente horribles.
Quise, en mi calidad de juez de instrucción, informarme sobre aquel hombre; pero me resultó imposible saber nada. Se hacía llamar sir John Rowell.
Me contenté, pues, con vigilarlo de cerca; pero nadie me señalaba, en realidad, nada sospechoso respecto a él.
Sin embargo, como los rumores sobre él continuaban, aumentaban, se hacían generales, resolví tratar de ver personalmente a aquel extranjero y empecé a cazar con regularidad por las cercanías de su finca.
Esperé durante mucho tiempo una ocasión. Se presentó al fin en forma de una perdiz a la que disparé y maté ante las narices del inglés. Mi perro me la trajo; pero, cogiendo al punto la pieza, fui a disculparme por mi inconveniencia y a rogarle a sir John Rowell que aceptase el ave muerta.
Era un hombretón de cabello rojo, barba roja, muy alto, muy ancho, una especie de hércules plácido y cortés. No tenía nada de esa rigidez llamada británica y me agradeció vivamente mi delicadeza en un francés con acento del otro lado de La Mancha. Al cabo de un mes, habíamos charlado cinco o seis veces.
Por fin, una noche, cuando pasaba ante su puerta, lo vi fumando en pipa, a horcajadas sobre una silla, en el jardín. Lo saludé, me invitó a entrar y a tomar una cerveza. No me lo hice repetir.
Me recibió con toda la meticulosa cortesía inglesa, habló elogiosamente de Francia, de Córcega, declaró que le gustaba mucho esta tierra y estas riberas.
Le hice entonces, con grandes precauciones y con fórmulas de un vivísimo interés, algunas preguntas sobre su vida y sus proyectos. Respondió sin dificultad, me contó que había viajado mucho, por África, por las Indias, por América. Y agregó riendo:
-He tenido muchas aventuras, ¡oh, yes!
Después me puse a hablar de caza, y él me dio los más curiosos detalles sobre la caza del hipopótamo, del tigre, del elefante, e incluso la caza del gorila.
Dije:
-Todos esos animales son temibles.
Sonrió:
-¡Oh, no! El más malo ser el hombre.
Se echó a reír a todo trapo, con una risa bondadosa de gordo inglés contento:
-Yo haber cazado mocho hombre también.
Después habló de armas, y me invitó a entrar en la casa para enseñarme escopetas de distintos sistemas.
Su salón estaba tapizado en negro, con seda negra bordada en oro. Grandes flores amarillas corrían por la tela oscura, brillaban como fuego.
Anunció:
-Ello era un tela japonesa.
Pero, en el centro del panel más ancho, una cosa extraña atrajo mi mirada. Sobre un cuadrado de terciopelo rojo, se destacaba un objeto negro. Me acerqué: era una mano, una mano humana. No una mano de esqueleto, blanca y limpia, sino una mano negra reseca, con uñas amarillas, músculos al descubierto y huellas de sangre antigua, de sangre que parecía roña, sobre los huesos cortados en seco, como de un hachazo, hacia el centro del antebrazo.
En torno a la muñeca, una enorme cadena de hierro, remachada, soldada a aquel sucio miembro, lo sujetaba a la pared con una argolla lo bastante fuerte para atar a un elefante.
Pregunté:
-¿Qué es eso?
El inglés respondió tranquilamente:
-Ser mejor enemigo mía. Lo traí de América. Fue cortado con sable, y arrancar la piel con una piedra afilada, y secar al sol durante ocho días. Aoh, muy buena para mí, ésta.
Toqué aquel despojo humano que había debido pertenecer a un coloso. Los dedos, desmesuradamente largos, estaban sujetos por enormes tendones que retenían tiras de piel en algunos lugares. Era una mano espantosa a la vista, así desollada, evocaba con toda naturalidad alguna venganza de salvaje.
Dije:
-Ese hombre debió de ser muy fuerte.
El inglés pronunció con suavidad:
-Aoh, yes; pero yo ser más fuerte que él. Yo haber puesto esa cadena para sujetarlo.
Creí que bromeaba. Dije:
-La cadena ya resulta muy inútil, la mano no se escapará.
Sir John Rowell prosiguió gravemente:
-Ella querer siempre irse. Esa cadena ser necesaria.
De un rápido vistazo escudriñé su cara, preguntándome:
“¿Está loco, o es una broma de mal gusto?”
Pero el rostro seguía impenetrable, tranquilo y benévolo. Hablé de otra cosa y admiré las escopetas.
Me fijé, sin embargo, en tres revólveres cargados colocados sobre los muebles, como si aquel hombre viviera con el temor constante de un ataque.
Volví varias veces por su casa. Después dejé de ir. Nos habíamos acostumbrado a su presencia; a todos les resultaba ya indiferente.
Transcurrió un año entero. Ahora bien, una mañana, a finales de noviembre, mi criado me despertó anunciándome que sir John Rowell había sido asesinado durante la noche.
Media hora después, entraba yo en casa del inglés con el comisario jefe y el capitán de la gendarmería. El sirviente, enloquecido y desesperado, lloraba delante de la puerta. Sospeché ante todo de aquel hombre, pero era inocente.
Jamás se pudo hallar al culpable.
Al entrar en el salín de sir John, vi a la primera ojeada el cadáver tendido de espaldad, en el centro de la pieza.
El chaleco estaba rasgado, colgaba una manga arrancada, todo anunciaba que se había producido una terrible lucha.
¡El inglés había muerto estrangulado! Su rostro negro e hinchado, espantoso, parecía expresar un abominable terror; sujetaba algo entre sus dientes apretados; y el cuello, perforado por cinco agujeros que se diría hechos con puntas de hierro, estaba cubierto de sangre.
Se nos unió el médico. Examinó un buen rato las huellas de los dedos en la carne y pronunció estas extrañas palabras:
-Diríase que ha sido estrangulado por un esqueleto.
Un escalofrío corrió por mi espalda, y alcé los ojos hacia la pared, el lugar donde había visto antaño la horrible mano desollada. Ya no estaba allí. La cadena, rota, colgaba.
Entonces me bajé hacia el muerto, y encontré en su boca crispada uno de los dedos de la mano desaparecida, cortado o mejor dicho serrado por los dientes hasta la segunda falange.
Después se procedió a las comprobaciones. No se descubrió nada. Ninguna puerta había sido forzada, ninguna ventana, ningún mueble. Los dos perros guardianes no se habían despertado.
He aquí, en pocas palabras, la explicación del criado:
<<Desde hacía un mes, su amo parecía agitado. Había recibido muchas cartas, que iba quemando.
>>A menudo, cogiendo un látigo, con una cólera que parecía demencial, había golpeado con furia esa mano seca, anclada en la pared y desaparecida, no se sabe cómo, a la misma hora del crimen.
>>Se acostaba muy tarde y se encerraba con cuidado. Tenía siempre armas al alcance de la mano. Con frecuencia, de noche, hablaba en voz alta, como si estuviera discutiendo con alguien.>>
Esa noche, se daba la casualidad de que no había hecho el menor ruido, y sólo al ir a abrir las ventanas el sirviente encontró a sir John asesinado. No sospechaba de nadie.
Comuniqué lo que sabía del muerto a los magistrados y a los funcionarios de la fuerza pública, y se hizo una minuciosa investigación en toda la isla. No se descubrió nada.
Ahora bien, una noche, tres meses después del crimen, tuve una espantosa pesadilla. Me pareció que veía la mano, la horrible mano, correr como un escorpión o como una araña a lo largo de mis cortinas y de mis paredes. Tres veces me desperté, tres veces volví a dormirme, tres veces volví a ver el repugnante despojo galopando alrededor de mi cuarto mientras movía los dedos como si fueran patas.
Al día siguiente me la trajeron; la habían encontrado en el cementerio, sobre la tumba de sir John Rowell, enterrado allí porque no se había podido averiguar nada de su familia. Le faltaba el índice.
Y ahí tienen, señoras, mi historia. No sé nada más.
* * *
Las mujeres, estremecidas, estaban pálidas, temblorosas. Una de ellas exclamó:
-Pero eso no es un desenlace, ¡ni una explicación! No vamos a poder dormir si no nos dice lo que ocurrió, en su opinión.
El magistrado sonrió con severidad:
-¡Oh! Lo que es yo, señoras, voy a estropearles, con toda seguridad, sus terribles sueños. Pienso simplemente que el legítimo propietario de la mano no estaba muerto, que vino a buscarla con la que le quedaba. Pero no pude saber cómo lo hizo, por ejemplo. Se trata de una especie de vendetta.
Una de las mujeres murmuró:
-No, no debe ser así.
Y el juez de instrucción, sin dejar de sonreír, concluyó:
-Ya les había dicho que mi explicación no les convendría.
RELATO 39
¡DILES QUE NO ME MATEN!
JUAN RULFO
-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y é, y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
“Y me mató un novillo.
“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”
Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. ” Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
-Mi coronel, aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre? -preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.
-¡Ey, tú ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
-Ya sé que murió -dijo- Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:
-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!
-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.
-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
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